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Abraza a tu niño interior, pero no le confíes tu vida

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Niña pequeña
Hay que aprender a escuchar a nuestro niño interior, pero sin dejarnos absorber. [Foto libre: Pexels]

“Abraza a tu niño interior”. Es probable que en más de una ocasión hayas escuchado esa frase, una idea que reconforta y anima a ser más comprensivos con uno mismo. De hecho, varias corrientes psicológicas han insistido – y con razón – en la importancia de mirar hacia atrás para entender el origen de nuestras heridas emocionales y hacer las paces con esa parte más vulnerable de nosotros que aprendió a defenderse como buenamente pudo.

Sin embargo, cuando este consejo se interpreta mal – algo que suele suceder a menudo – acabamos dejándole el volante a nuestro niño interior. Pero una cosa es comprenderlo y prestarle atención y otra muy diferente es dejar que conduzca nuestra vida. Por desgracia, traspasamos esa línea demasiado a menudo, y muchas veces sin darnos cuenta.

Las señales que indican que tu “niño interior” ha tomado el mando

En Psicología, la “teoría de los yos” propone que nuestra personalidad no es homogénea, sino que está fragmentada en una multiplicidad de yos que toman el mando según sea necesario, ya sea para protegernos de los peligros, garantizar nuestra supervivencia o lograr que seamos menos vulnerables.

El problema es que muchas veces perdemos el contacto con esos yos y campan a sus anchas, por debajo del radar de nuestra conciencia, empujándonos en direcciones que no siempre son las mejores. Básicamente, lo problemático no es que tengamos un niño interior vulnerable, sino permitir que gobierne desde esas heridas, con estrategias que son desadaptativas para el mundo adulto.

Algunas señales que indican que tu niño interior podría estar al mando en tu vida son:

  • Reaccionas de manera desproporcionada ante una leve incomodidad.
  • Te sientes ignorado con facilidad.
  • Necesitas validación externa constantemente.
  • Tienes dificultades para tolerar la frustración.
  • Tomas decisiones de manera impulsiva de las que luego te arrepientes.

En esos momentos, es probable que no esté actuando tu “yo adulto”, esa versión de ti más reflexiva y autocontrolada, sino tu parte más infantil, el niño interior que, en su momento, aprendió a sobrevivir con las escasas herramientas que tenía y que probablemente arrastra un fardo emocional que te impide ver la realidad tal cual es.

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La infancia como explicación y excusa

La infancia cuenta – y mucho. Cuando miramos atrás con ojos curiosos nos damos cuenta de que muchas de nuestras inseguridades, miedos, patrones relacionales, hábitos e incluso moldes de pensamiento provienen de esos primeros años. El niño que fuimos puede explicar por qué nos cuesta confiar en los demás, por qué nos anticipamos al rechazo o por qué nos enfadamos más de la cuenta cuando creemos que no nos escuchan o nos ignoran.

Sin embargo, explicar no es lo mismo que justificar parapetándonos detrás de eso como excusa para no cambiar. Entender de dónde proviene un miedo, una creencia irracional o un disparador emocional no lo convierte automáticamente en algo válido en el presente. De hecho, en esa toma de conciencia es donde inicia la verdadera madurez.

Durante la infancia, no tenías poder de elección. No podías decidir tu entorno, ni las dinámicas a las que te exponías y ni siquiera las respuestas emocionales que aprendías de quienes te rodeaban. Te limitabas a adaptarte.

Si creciste en un hogar donde no te escuchaban, quizá aprendiste a gritar para hacerte valer. Si sufriste negligencia emocional, tal vez desarrollaste una hipervigilancia constante y temas que los demás te abandonen. Si tus emociones eran invalidadas continuamente, puede que ahora te cueste identificarlas y gestionarlas. Todo eso tiene sentido y es sumamente coherente. Pero ya no estás ahí ni eres la misma persona, lo que significa que no tienes que seguir reaccionando como si fueras un niño desvalido.

No obstante, muchas personas, con el pretexto de abrazar a su “niño interior”, se permiten conductas que en realidad son estrategias de evitación: estallidos emocionales, dependencia afectiva, victimismo crónico, incapacidad para asumir errores o tendencia a rehuir responsabilidades. Piensan que su pasado les da carta blanca para no hacerse cargo del presente. Pero no es así. Y nunca lo ha sido.

El arte de cuidar a tu niño interior sin diluirte en él

Para empezar, dentro de ti no hay una sola versión. Está el niño herido, pero también el adolescente rebelde y el adulto que intenta organizar su vida. Está la parte que quiere crecer y explorar el mundo y la parte que tiene miedo y evita el riesgo. La clave radica en escucharlos a todos, comprender sus necesidades y dejar que actúen cuando sea necesario.

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Eso significa que puedes escuchar y validar a tu “niño interior”, pero desde tu versión adulta. Esa parte de ti necesita que le digas: “entiendo por qué te sientes así”, pero, al igual que los niños, también necesita límites y alguien lo conforte diciéndole: “a partir de ahora, me encargo yo”.

Porque hay cosas que un niño no puede gestionar, como una relación de pareja, conflictos complejos o decisiones vitales importantes. Si dejas que tome el mando, es probable que te sientas aliviado a corto plazo, pero con el tiempo llegará el caos y la insatisfacción, no solo debido a la inmadurez, sino porque estarás reaccionando desde un andamiaje psicológico del pasado.

Hacerte cargo de tu niño interior no significa compadecerlo y dejar que haga lo que le venga en gana, sino asumir que ahora eres responsable de lo que haces con lo que te pasó. Tus heridas no desaparecerán solas, pero tampoco son una excusa permanente para no crecer.

Probablemente sientas que la vida es injusta porque no elegiste muchas de las cosas que te marcaron. Y puede que sea cierto, pero puedes elegir lo que haces con ellas a partir de ahora. Puedes elegir no repetir los patrones que tu niño interior mantenía activos y aprovechar la ternura, curiosidad o confianza que tenía y había perdido por el camino.

Por eso, conviene abrazar al niño interior, darle espacio y reconocer su dolor, pero no permitir que dirija tu vida. Porque probablemente lo que necesita esa parte de ti es un adulto que lo apoye, no que se diluya o se esconde detrás de él.

Madurar no es traicionar al niño que hay en ti, sino aprender a cuidarlo mejor. Y eso, a veces, implica hacer justo lo contrario de lo que él haría.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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