
En los últimos tiempos se ha difundido una idea que casi nadie cuestiona: deberíamos amar todo lo que hacemos. Amar nuestro trabajo, amar nuestras rutinas, amar el proceso (de lo que sea), amar el esfuerzo… Si algo no nos entusiasma, parece que estamos haciendo algo mal o que vamos por el camino equivocado.
Obviamente, la promesa implícita es seductora: si eliges bien, deberías sentir que todo fluye, es ligero, motivador y gratificante.
Pero la vida real no suele funcionar así.
En realidad, muchas de las cosas que construyen una vida significativa no siempre resultan agradables en el momento en que las realizamos. Tenemos que lidiar con tareas tediosas, decisiones incómodas, esfuerzos repetitivos y obligaciones inevitables.
Sin embargo, si creemos que todo debería gustarnos, podemos empezar a ver esos momentos perfectamente normales como señales de fracaso o insatisfacción vital. Paradójicamente, pensar que debemos amar todo lo que hacemos puede hacer que nos sintamos peor.
El mito que nos “obliga” a disfrutarlo todo
El discurso motivacional en boga ha promovido la idea de que la clave del bienestar radica en encontrar aquello que nos apasiona y entregarnos a ello. Por ende, si algo no te entusiasma, el mensaje implícito es claro: cambia de rumbo.
Obviamente, el problema no es la búsqueda de significado o satisfacción y ni siquiera del placer o el disfrute. Eso es perfectamente legítimo. El problema surge cuando transformamos la pasión en una exigencia constante.
En ese momento comenzamos a alimentar una expectativa irreal porque pensamos que cada actividad debería motivarnos, entusiasmarnos o ser disfrutable. No obstante, una parte considerable de nuestras acciones cotidianas no producen un placer inmediato, sino que apuntalan objetivos a largo plazo, son hábitos a los que nos hemos acostumbrado o se basan en nuestro sentido de la responsabilidad. Eso es completamente normal (a menos que quieras llevar una vida hedónica y presentista).
De hecho, si miramos con honestidad nuestro día a día notaremos que muchas de las actividades que más impacto pueden tener en nuestra vida no nos resultan particularmente agradables. Basta recordar todas las horas que dedicamos al estudio durante la carrera. Cuando nos obligamos a entrenar incluso estando cansados. O cuando tenemos que resolver trámites aburridos y estresantes.
Incluso actividades que valoramos profundamente, como cuidar a nuestros hijos o construir un proyecto personal, vienen con su carga de tareas monótonas, incómodas o que simplemente no nos apetece hacer. Y eso no significa que estemos en el sendero equivocado, sino que el camino al que queremos llegar incluye partes que no son tan divertidas o que no disfrutamos.
En otras palabras, el hecho de que algo no te guste no implica necesariamente que no valga la pena.
El efecto psicológico de enfocarse en lo que no nos gusta
Cuando creemos que todo debería gustarnos, cualquier incomodidad se vuelve más visible porque empezamos a enfocarnos más en lo desagradable. En vez de pensar: “esto forma parte del proceso”, cambiamos el chip y empezamos a preguntarnos: “¿por qué estoy haciendo algo que no me gusta?”.
Ese cambio de perspectiva aparentemente intrascendente suele amplificar el malestar. La forma en que interpretamos una experiencia determina en gran medida su impacto emocional. Cuando prestamos atención constante a lo desagradable, el malestar subjetivo aumenta, aunque la actividad en sí no haya cambiado.
De hecho, un estudio realizado en la Universidad de Stirling constató que el sesgo atencional hacia estímulos negativos predice el malestar psicológico. Centrar la atención repetidamente en pensamientos o estímulos negativos aumenta la probabilidad de experimentar mayor angustia emocional con el tiempo.
En otro experimento llevado a cabo en la Universidad de Varsovia también se comprobó que las personas que tienden a fijarse más en las palabras negativas o amenazantes tenían niveles más elevados de rumiación y les costaba más adaptarse.
Algo parecido ocurre cuando nos repetimos mentalmente lo incómoda, estresante o frustrante que nos resulta una tarea. Ese foco mental tiene el poder de transformar una molestia moderada en una experiencia mucho más difícil de sobrellevar, hasta el punto que genera frustración.
Por desgracia, la popularización – y a menudo malinterpretación – de la Psicología Positiva también alimenta la idea de que debemos amar todo lo que hacemos, volviéndonos excesivamente analíticos con nuestras emociones.
En vez de simplemente hacer lo que tenemos que hacer, empezamos a analizar constantemente cómo nos sentimos. ¿Me gusta? ¿Debería disfrutarlo más? ¿Estoy perdiendo el tiempo en algo que no me entusiasma?
Ese monitoreo emocional constante genera lo que se conoce como hiperreflexividad, una tendencia a observar nuestras propias experiencias con demasiada intensidad. Y cuando analizamos demasiado cada emoción, es más probable que detectemos incomodidad, aburrimiento o falta de motivación.
Algo que en condiciones normales pasaría desapercibido, empieza a ocupar más espacio mental. Por tanto, a veces no es tanto la actividad lo que nos hace sentir peor, sino la forma en que la asumimos e interpretamos.
El alivio que proviene de aceptar que no todo tiene que gustarte
Curiosamente, muchas personas experimentan una sensación de alivio cuando abandonan la idea de que todo debería apasionarlas. Dejan de interpretar ciertas experiencias como señales de insatisfacción o fracaso.
Así un trámite aburrido deja de ser un drama, un día duro de trabajo ya no desata una crisis existencial y una tarea pesada se convierte simplemente en… una tarea pesada.
Aceptar que algunas cosas forman parte del proceso reduce la fricción psicológica. Y cuando dejamos de luchar contra la idea de que algo debería gustarnos, a veces incluso puede volverse más llevadero.
Un enfoque más realista consistiría en cambiar ligeramente la perspectiva. En vez de preguntarnos constantemente: “¿me gusta esto?”, puede ser más útil que nos preguntemos:“¿esto tiene sentido para lo que quiero construir en mi vida?”.
Esta perspectiva cambia el foco de la emoción inmediata a la meta más a largo plazo. Nos enseña que no todo tiene que ser placentero, porque la clave no es disfrutar a lo largo de todo el proceso, sino que exista coherencia entre lo que hacemos y lo que queremos conseguir.
Cuando existe esa coherencia, dejamos de percibir muchas actividades como obstáculos o incordios y empezamos a verlas simplemente como parte del camino. Al final, una vida satisfactoria no se construye necesariamente disfrutando de cada paso (aunque eso no suene tan bien escrito en una taza motivacional).
A veces la vida se construye simplemente avanzando, incluso cuando el camino no es especialmente emocionante. Pero, curiosamente, cuando dejamos de exigirnos sentir pasión constantemente, la vida suele volverse un poco más ligera.
Referencias:
Holas, P. et. Al. (2019) Attention to negative words predicts daily rumination among people with clinical depression: evidence from an eye tracking and daily diary study. Cogn Emot; 33(6): 1277-1283.
Morrison, R. & O’Connor, R. C. (2008) The role of rumination, attentional biases and stress in psychological distress. Br J Psychol; 99(2): 191-209.



Deja una respuesta