
Encuentras un vídeo de alguien bailando la enésima coreografía viral. Le echas un vistazo.
Luego saltas al vídeo viral del momento, que te saca una sonrisa o te provoca un enfado monumental.
Al vídeo del gatito tampoco puedes resistirte.
Ves a la influencer de moda llorando porque atropelló a su planta.
Otra te enseña su desayuno ideal.
Un coach promete cambiarte la vida en 3 pasos y 1 minuto.
Una persona arenga a favor o en contra del político de turno.
Un vídeo de un «desastre» hecho con Inteligencia Artificial te deja dudando.
Y en medio de todo eso, ves desfilar mil frases motivadoras de dudosa procedencia.
Pasan veinte minutos. O cuarenta. O una hora. Ya ni te acuerdas qué viste, pero sigues haciendo scroll, como hipnotizado.
Las redes sociales, que deberían ser un escaparate al mundo y una vía para conectar con nuestros amigos, se han convertido en un espejo deformante donde todo lo profundo se aplasta, todo lo interesante se simplifica y todo lo humano se mide en “me gusta”.
No es casualidad, es el resultado de un sistema diseñado precisamente para eso: para que no pienses demasiado y pases el mayor tiempo posible en ese estado soporífero de estimulación banal.
El negocio de la distracción
El periodista Cory Doctorow resumió en una palabra el fenómeno de decadencia que están viviendo las redes sociales: “enshittification” – que podría traducirse como “mierdificación”.
Doctorow explica que las plataformas digitales empiezan siendo positivas para los usuarios, luego se optimizan para los creadores de contenido y finalmente acaban sirviendo solo a los intereses de los accionistas. Es decir: todo lo que era útil, divertido o humano, se va al retrete en nombre de la rentabilidad.
En un primer momento las redes nos atraen con la promesa de visibilidad, conexión y comunidad. Pero muy pronto comienzan a exprimir a los creadores limitando su alcance para empujarlos a pagar por anuncios o hacer vídeos cada vez más extremos con los que llegar a su público.
El resultado es inevitable: el contenido se vuelve banal y decadente porque el objetivo ya no es comunicar y conectar con las personas, sino sobrevivir en el algoritmo.
De hecho, no es que la gente se haya vuelto tonta de repente. Es que el algoritmo se ha vuelto más listo. Aprendió que la atención humana es un recurso finito y, por tanto, valiosísimo. Por eso, premia los vídeos, historias y publicaciones que pueden mantenernos enganchados un poquito más.
No le interesa nuestro bienestar ni proporcionar un servicio que nos ayude a conectar, crecer o aprender, sino tan solo mantenernos conectados porque mientras miramos el enésimo video, alguien está ganando mucho dinero.
De tanto mirar, dejamos de ver
Nos dicen que las redes conectan. Pero en realidad lo que hacen es anestesiarnos con contenidos cada vez más banales que acaban silenciando las noticias verdaderamente relevantes, los dramas realmente importantes o la información desarrolladora.
Llega un punto en el que la saturación sensorial se convierte en anestesia emocional. Y ese es el verdadero problema. No tanto la banalidad de lo que consumimos, sino lo que vamos perdiendo por el camino.
De tanto mirar, dejamos de ver lo que cuenta.
De tanto indignarnos por trivialidades, perdemos la fuerza para luchar por lo importante.
De tanto buscar conexión, terminamos más desconectados que nunca.
De tanto opinar, dejamos de pensar.
De tanto compartir todo, nos quedamos sin nada propio.
De tanto entretenernos en la pantalla, se nos escapa la vida fuera.
Porque cuando pasamos demasiado tiempo mirando pantallas donde todo brilla y parece sumamente intenso, la vida real – con sus silencios, sus esperas, sus contratiempos y sus descocidos – empieza a parecernos aburrida. Y en ese punto, ya nos hemos enganchado a la puerilidad, nos hemos acostumbrado a vivir en «modo scroll”.
La banalidad de la banalidad de la banalidad… ad infinitum
Lo peligroso de la banalidad es que se expande. Las redes no se quedan dentro de la pantalla, se filtran. Se cuelan en nuestra forma de hablar, matizan lo que valoramos, distorsionan lo que pensamos y cambian la forma de relacionarnos.
Al principio parece solo un entretenimiento inocente, pero poco a poco ese consumo pasivo de contenidos pueriles va permeando nuestra vida. Empezamos a pensar en formato corto, a sentir en formato breve y a vivir como si la realidad fuera un vídeo de TikTok.
Y sin darnos cuenta, la banalidad digital se convierte en una especie de virus psicológico que nos «lobotomiza». Infecta la atención, distorsiona las prioridades y atrofia la capacidad de profundizar. Lo que antes nos conmovía ahora nos aburre. Lo que antes nos escandalizaba ahora apenas nos hace arquear una ceja. Lo que antes nos hacía reflexionar ahora solo nos distrae.
El resultado es una especie de ligereza emocional crónica: sentimos mucho, pero de manera superficial. Saltamos de una emoción a otra como quien cambia de canal. La tristeza, la rabia o la empatía ya no maduran, solo se activan y se desactivan al ritmo del scroll.
Psicológicamente, eso tiene un coste enorme. Vivir rodeados de estímulos constantes nos deja exhaustos. Nuestra atención, ese recurso que antes sostenía la reflexión y la paciencia, se atrofia. Queremos todo ya, pero nada nos llena. Lo inmediato nos estimula, pero no nos nutre. Nos mantiene distraídos, pero no nos permite crecer.
Porque cuando todo se convierte en un espectáculo, lo profundo se vuelve invisible. De hecho, un estudio realizado en el SRM Institute of Science and Technology comprobó que los contenidos efímeros en la red estimulan un procesamiento superficial, lo que afecta a su vez nuestra capacidad para retener la información.
Estos investigadores explican que la exposición a esa cantidad de narrativas banales también genera una carga cognitiva elevada, lo cual nos empuja a simplificar la tarea y prestarle menos atención. Por transitividad, comenzamos a aplicar esa mentalidad superficial a otras noticias o contenidos que realmente merecen nuestra atención.
Neurocientíficos de la Universidad de Stanford le dan la razón. Constataron que tras utilizar las redes sociales, no solo tenemos que hacer un esfuerzo cognitivo mayor para resolver las tareas, sino que zonas clave para la memoria y la inhibición de respuestas funcionan peor.
Salir del bucle
Desintoxicarse no es fácil, simplemente porque las redes están diseñadas para ser irresistibles. Pero hay una diferencia entre usarlas y dejar que nos usen. Y esa diferencia pasa por recuperar algo tan preciado como nuestra atención.
Ahora la banalidad tiene altavoces, por lo que quizá la mayor forma de resistencia sea impedir que nos arrastre el río de la inmediatez. Vivir con conciencia en un mundo que nos quiere distraídos. Pasar de largo por el contenido basura y recuperar aquello que nos puede aportar valor. Usar las redes con propósito, pausa y criterio. Con conciencia.
Referencias:
Aitken, A. et. Al. (2024) The Effect of Social Media Consumption on Emotion and Executive Functioning in College Students: an fNIRS Study in Natural Environment. Res Sq; 5604862.
Maran, A. & Raj, J. (2024) Memory Retention and Cultural Resonance: Exploring the Impact of Ephemeral Digital Narratives. Studies in Media and Communication; 12(3): 277-291.



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