
Hay noticias que parecen sacadas de una parodia grotesca. Y esta es una de ellas. No es la primera de su tipo y, desgraciadamente tampoco será la última, pero ha sido la gota que ha colmado mi vaso.
«Profesionales» de la salud de una clínica en Santa Bárbara posando sonrientes y bromeando en TikTok sobre los fluidos corporales que algunos pacientes dejaban en el sillón de exploración (como si alguien quisiera que se le escapara el pis a posta).
No estamos hablando de un error ni de un mal día. Estamos hablando de ocho “profesionales” a los que les ha parecido una buena idea mostrar su profunda falta de sensibilidad, una ausencia total de empatía y unos niveles de humanidad en mínimos.
Estamos hablando de “profesionales” que, supuestamente, deberían ser empáticos con personas que se encuentran en una situación de extrema vulnerabilidad y que, al contrario, decidieron grabar un vídeo titulado “Adivina la sustancia” para añadir una capa extra de vergüenza y humillación a quienes, por causas completamente ajenas a su voluntad, sufren escapes involuntarios en situaciones que suelen ser altamente estresantes de por sí.
La burla que hiere por partida doble
Cuando vamos al médico, generalmente nos sentimos asustados y vulnerables. Quizá estemos enfermos, tengamos dolor o sintamos miedo.
Los fluidos corporales que se mencionan no son simples manchas: son huellas de fragilidad, marcas de un cuerpo que no siempre responde como quisiéramos. Convertir esa vulnerabilidad en un espectáculo, en un meme, en un vídeo para el “entretenimiento”, es un acto que hiere dos veces: primero al paciente y en segundo lugar a la propia profesión sanitaria.
Porque la confianza en el personal de la salud no se basa solo en su competencia técnica, sino en la certeza de que podemos mostrar nuestro cuerpo – con todo lo que eso implica – sin temor a que nos ridiculicen. Esa confianza es sagrada. Y lo que hicieron estos trabajadores fue dinamitarla para conseguir unos segundos de risa barata.
¿Quién puede entrar ahora en una clínica sin preguntarse si sus gestos, sus miedos o sus fluidos no se convertirán en objeto de mofa? La confianza se construye lento, pero se pierde rápido. Si un médico, enfermero o asistente no entiende eso, no está preparado para vestir una bata blanca y no debería hacerlo.
La epidemia de estupidez digital
Los trabajadores han sido despedido – aunque no me queda claro si la administración entendió la gravedad de lo que hicieron o simplemente se sintió presionada ante la repulsa social que generó el vídeo (que ya ha sido eliminado).
En cualquier caso, eso nos conduce a otro punto: cada vez hay más personas con una falta de empatía total aquejadas de una profunda estupidez digital.
Reírse de algo así ya es lo suficientemente denigrante en privado, como para también cometer la insensatez de exhibirlo y compartirlo en busca de “me gusta”. El vídeo, las fotos posando, el tono burlón… todo apunta a la misma epidemia que se extiende como la pólvora: la necesidad de llamar la atención, aunque sea a costa de la dignidad ajena.
No se piensa, no se reflexiona, no se pone nadie en el lugar del otro…
Todo vale con tal de conseguir un “me gusta”. Y en esa carrera desenfrenada, hasta el dolor humano y la vulnerabilidad se transforman en un medio ¿válido? para ganar unos segundos de visibilidad.
Hoy ha sido un vídeo de “Adivina la sustancia”. Mañana, ¿qué será? ¿Un meme con la cara de un paciente vulnerable? ¿Un TikTok con alguien que se desploma en la sala de espera? La pendiente es resbaladiza y el riesgo es evidente: deshumanizar lo que debería ser un espacio sagrado de cuidado.
Lo ocurrido en Santa Bárbara es un recordatorio de lo que pasa cuando se pierde el respeto y la empatía. Es un recordatorio de lo que pasa cuando nos instalamos en la indolencia y la superficialidad.
Me gustaría pensar que ha sido un simple desliz, una equivocación sin más trascendencia, pero en realidad parece más una muestra del degrado social en el que nos estamos sumergiendo poco a poco a medida que confundimos diversión con humillación y nos alejamos de lo que nos hace humanos.
Al final, la mancha más grave no está en ese sillón, sino en la conciencia. Porque los pacientes no dejan “regalos”. Dejan rastros de su fragilidad y de su humanidad. Y nuestra tarea es tratarlos con la dignidad, el respeto y la empatía que todos, tarde o temprano, vamos a necesitar cuando estemos sentados en ese sillón o acostados en una cama del hospital.



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