
Adolescencia. – Dícese de esa etapa temida por los padres en la que sus hijos ya no son niños, pero tampoco son adultos, fase de búsqueda y exploración marcada por una barahúnda de cambios físicos, emocionales y sociales que muchas veces confunden a los propios adolescentes y les hacen sentir que nadie los entiende. Sin embargo, detrás de todas esas transformaciones suele haber un proceso más profundo y sistemático: la construcción de la identidad.
No hay que dramatizar, pero tampoco tomárselo a la ligera ya que los estudios han demostrado que la formación de una identidad más estable y sólida durante esta etapa se asocia con un mejor funcionamiento psicosocial, un mayor bienestar y una mejor salud mental más adelante. O sea, que clarificar quiénes son les allana el camino para sentirse mejor consigo mismos después.
Valores personales: descubrir lo que realmente importa
Los valores se van desarrollando desde la infancia, pero en la adolescencia inicia un proceso de selección más consciente y proactivo. Los adolescentes comienzan a preguntarse con qué valores se identifican más y qué causas quieren defender. Ya no aceptan a pies juntillas los valores familiares, sino que exploran diferentes perspectivas para entender qué hace eco en ellos.
Este proceso no es lineal, algo que suele volver locos a los padres. Es probable que hoy tu hijo adolescente defienda una causa y al día siguiente otra. Y se toma ambas muy a pecho, como si en ello le fuera la vida.
Quizá ese proceso genere conflictos con el marco ético que has intentado transmitirle, pero en vez de llevarle la contraria, es importante que promuevas la reflexión. Los valores personales actúan como una brújula, por lo que son una especie de escudo protector ante las malas influencias que puede ejercer el grupo de coetáneos.
En una etapa marcada por la comparación constante y la necesidad de encajar, tener un código ético de referencia reduce la dependencia emocional del entorno y aporta más autonomía y seguridad a la hora de tomar decisiones.
Creencias y cosmovisión, el acto de darle sentido al mundo
La visión infantil del mundo suele estar mediada por la de los adultos, que son quienes determinan qué es correcto o incorrecto, lo que es importante o incluso qué cosas son seguras y cuáles son peligrosas. No es una visión propia, sino más bien heredada de la familia. En esa etapa, el niño acepta relatos, normas y creencias sin cuestionarlas por dos razones: no tiene la madurez cognitiva suficiente y su prioridad emocional no es comprender el mundo, sino sentirse protegido.
La adolescencia pone todo eso patas arriba, introduciendo una ruptura silenciosa con ese marco heredado. Aparecen los primeros actos de rebeldía y preguntas como: ¿por qué es así?, ¿qué sentido tiene lo que me han enseñado?, ¿estoy de acuerdo con estas reglas? o ¿qué creo yo realmente?
En ese proceso, el adolescente comienza a elaborar su propia cosmovisión, que incluye su forma de interpretar la vida, el éxito, el sufrimiento, las relaciones, la justicia o el futuro. Va integrando experiencias, lecturas, conversaciones, referentes culturales y vivencias emocionales en un relato interno que le permite dar cierta coherencia al mundo que lo rodea. A veces este relato es frágil, contradictorio o cambiante, pero cumple una función esencial: ofrecer una sensación mínima de orden y sentido en medio de la incertidumbre.
Por tanto, los padres deben entender que esas reacciones no son “rebeldía gratuita”, sino que nacen de una profunda necesidad psicológica: empezar a pensar por sí mismos y entender el mundo.
Intereses y pasiones: explorar qué los mueve
La curiosidad es un motor potentísimo que se manifiesta desde muy temprano. Desde pequeños, los niños muestran inclinaciones hacia ciertos juegos, actividades o temas, pero con la adolescencia esos intereses se vuelven más complejos, variopintos y relevantes. Ya no se limitan a juegos o pasatiempos, sino que abarcan los deportes, la música, el arte, las ciencias, el activismo o cualquier otra cosa que les genere curiosidad o conecte con su mundo interior.
Explorar diferentes pasiones los ayuda a descubrir distintas facetas de ellos mismos, identificar fortalezas y poner a prueba sus límites, además de ofrecerles oportunidades para relacionarse con personas que comparten intereses similares.
A través de las pasiones el adolescente empieza a definir quién quiere ser y qué tipo de vida desea llevar. Esa exploración no siempre es lineal. El camino suele estar matizado por cambios, abandonos o descubrimientos inesperados, pero cada experiencia le aporta información sobre sí mismo, consolidando una narrativa personal que luego determinará sus decisiones, relaciones y metas en la vida.
Roles sociales, encontrar su lugar entre los demás
Desde muy pequeños, los niños comienzan a explorar el universo social encarando roles básicos (hijos, hermanos o compañeros de juego), lo cual les permite ir comprendiendo las normas, responsabilidades y expectativas del mundo adulto. A través de estas interacciones sencillas comienzan a compartir, reconocer las emociones ajenas y situarse en un sistema de relaciones que, aunque limitado, ya refleja los patrones de comportamiento y la jerarquía social.
A medida que se acercan a la adolescencia, esos roles se multiplican y se vuelven más complejos. La familia va perdiendo su rol protagónico para dejar paso a los amigos, grupos escolares, clubes, equipos deportivos e incluso las primeras relaciones románticas. Explorar esos roles permite al adolescente probar diferentes formas de ser y de relacionarse, lo que contribuye directamente a la construcción de su identidad.
Este proceso es, de cierta forma, un laboratorio para la autoimagen. Al asumir distintos roles, el adolescente empieza a preguntarse cómo lo ven los demás y qué imagen quiere proyectar. Cada interacción le ofrece información sobre fortalezas, límites y preferencias, convirtiéndose en un espejo de distintas facetas del “yo” que deberá integrar en una identidad coherente que va ganando habilidades sociales en diferentes contextos.
Identidad de género y sexualidad, el despertar del cuerpo
En la adolescencia se abren de par en par las puertas a la exploración de la sexualidad. El cuerpo se transforma bruscamente y las hormonas se disparan, por lo que es natural que esos cambios generen preguntas sobre su identidad de género, los animen a explorar diferentes estilismos para descubrir cómo se sienten más cómodos con ese “nuevo” cuerpo y comiencen a sentir atracción romántica y sexual por otra persona.
Algunos adolescentes se identificarán con los roles de género tradicionales, pero otros empezarán a cuestionarlos o a explorar identidades más fluidas. Esta etapa puede ser emocionante, pero también puede convertirse en fuente de dudas, inseguridades y ansiedad, por lo que es importante que tengan acceso a información clara.
Es fundamental que comprendan, por ejemplo, la diferencia entre sexo, orientación sexual e identidad de género y que sepan que “any and all combinations of sexual orientations and gender identities are possible and unique to each individual”, como explica la línea 2SLGBTQI+ de Kids Help Phone, una servicio gratuito y confidencial dee-mental health que ofrece support to help all young people in Canada.
¿Cuál es el rol de los padres? Acompañar y apoyar sin imponer
Los padres desempeñan un papel fundamental en la construcción de la identidad de sus hijos. Sin embargo, la evidencia y la práctica sugiere que es mejor acompañar y facilitar que imponer. Un estudio realizado en la Universidad de California constató que cuando los padres apoyan la autonomía de sus hijos, los jóvenes y adolescentes prestan más atención a sus consejos, incluso a los no solicitados.
Como padre o madre, lo mejor que puedes hacer es escuchar a tu hijo, validar sus emociones y ofrecer espacios seguros para que pueda explorar y descubrir cosas que le interesan, en lugar de intentar imponer ideas o soluciones.
La clave radica en una especie de “libertad vigilada”. Debes irle dando más libertad para que tome sus propias decisiones y vaya construyendo su vida (siempre en correspondencia con su nivel de madurez), pero sin desentenderte completamente. Por muy difícil que te resulte, tienes que dejar que se equivoque, cambie de rumbo o profundice en lo que le genera curiosidad porque solo así podrá crecer y encontrarse a sí mismo.
Esa guía atenta y discreta fortalece su autoestima, refuerza su identidad y desarrolla la capacidad de tomar decisiones autónomas. Cuando tu hijo o hija sabe que le apoyas y que puede contarte cualquier cosa, no solo le estás ayudando a transitar por la adolescencia, sino que estás construyendo una relación sólida de cara al futuro. No es casual que una investigación desarrollada en la Universidad de Utrech comprobara que el compromiso, el apoyo parental y la exploración profunda predicen relaciones familiares más sólidas.
A fin de cuentas, recuerda que la adolescencia no es simplemente un período de confusión a superar, sino una fase deconstrucción de la identidad. Explorar valores, creencias, roles, intereses o incluso la identidad de género permite a los adolescentes descubrir quiénes son.
Referencias:
Newman, M. & Davis, E. L. (2023) A Helping Hand Isn’t Always So Helpful: Parental Autonomy Support Moderates the Effectiveness of Interpersonal Emotion Regulation for Emerging Adults. Emerging Aduthood; 12(2): 10.1177.
Tamm, A. & Tulviste, T. (2022) Children’s values in early childhood: Age differences in structure and priorities. Personality and Individual Differences; 184: 111196.
Topolewska-Siedzik, E. & Cieciuch, J. (2018) Trajectories of Identity Formation Modes and Their Personality Context in Adolescence. J Youth Adolescence; 47: 775–792.
Crocetti, E. et. Al. (2017) Identity Processes and Parent–Child and Sibling Relationships in Adolescence: A Five-Wave Multi-Informant Longitudinal Study, Child Development; 88(1): 210–228.



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