
Somos hijos de una cultura que idolatra la coherencia. Nos enseñaron que debemos ser coherentes, mantenernos firmes en nuestras ideas y no contradecirnos. Admiramos a quien defiende a capa y espada sus convicciones y a quien no cambia de rumbo. Asociamos la coherencia con la madurez, la estabilidad y la credibilidad.
Sin embargo, todo eso tiene un “efecto secundario” del que no se suele hablar: nos ata. Nos hace sentir que cambiar de opinión es sinónimo de fallar, quedar mal o perder autoridad. Como si evolucionar fuera una traición. Entonces nos debatimos entre seguir siendo fieles a lo que dijimos en algún momento… o ser honestos con lo que pensamos ahora.
¿Por qué valoramos tanto la coherencia?
La coherencia es tan importante que, de cierta forma, la llevamos incorporada de serie. No es solo un valor cultural sino que cumple una función adaptativa básica. A fin de cuentas, como seres sociales, necesitamos saber en quién podemos confiar.
Durante siglos, nuestra supervivencia, tanto a nivel físico como emocional y social, ha dependido en gran medida de esa capacidad. No es casualidad que diferentes estudios hayan revelado que empezamos a detectar las mentiras e incoherencias bastante temprano en la vida: alrededor de los 5 o 6 años.
Aunque no seamos plenamente conscientes de ello, nuestro cerebro trabaja en un segundo plano detectando posibles señales de inconsistencia en nuestro interlocutor para saber si nos está mintiendo. Analiza gestos, contradicciones, cambios en el tono de la voz, incongruencias entre lo que dice y lo que hace, pequeñas señales que nos permitan detectar si algo no encaja o si la persona realmente está siendo sincera. (Como nota curiosa, añado que a ese proceso solemos llamarle intuición.)
Esa vigilancia tiene una función valiosa: protegernos. Si detectamos que alguien es imprevisible, inconsistente o poco fiable, podemos distanciarnos o ajustar nuestras expectativas para ser menos vulnerables. En cambio, cuando percibimos coherencia entre palabras, actos y emociones, nos sentimos más seguros, bajamos la guardia y confiamos.
Por ese motivo, la coherencia es un valor social tan preciado, no solo se refiere a la integridad moral, como solemos pensar, sino a la previsibilidad, la estabilidad y la seguridad en las relaciones. La incoherencia, en cambio, nos pone en alerta porque aumenta la probabilidad de que nos engañen, manipulen o dañen.
Rehenes de la congruencia a ultranza
La necesidad de coherencia, sin embargo, también puede convertirse en una cárcel invisible. Podemos sentirnos cautivos de nuestras opiniones pasadas, convicciones con las que ya no nos identificamos o incluso metas que han ido perdiendo su razón de ser, ya sea porque las condiciones han cambiado o porque hemos cambiado nosotros mismos.
En ese punto, la presión social que genera la coherencia es tal que podríamos mantenernos apegados a ese viejo “yo” solo para no contradecir la imagen pública que los demás se han formado de nosotros. Nos volvemos enfermizamente fieles a una versión antigua que en cierto momento defendió una postura, eligió un camino o se comprometió con algunas ideas.
Paradójicamente, la presión por parecer coherentes nos empuja a ser incoherentes y deshonestos porque nos sentimos obligados a transmitir una imagen que ya no se corresponde con lo que somos. Así mantenemos discursos con los que ya no nos identificamos, defendemos opiniones que ya no compartimos y nos adscribimos a ideas que ya no nos representan. Y eso, es traicionarse a uno mismo.
El derecho a cambiar (de opinión, de metas o de cualquier otra cosa)
Como comentaba anteriormente, tienes derecho a cambiar, aunque los demás no cambien. Tienes derecho a cambiar tus costumbres, ideas y hábitos. También tienes derecho a cambiar de opinión, replantearte tus planes y tomar decisiones que se ajusten mejor a la persona que eres hoy.
La vida es movimiento y aprendizaje. Quedarnos anclados a un “yo” antiguo nos limita porque implica negarnos la posibilidad de seguir creciendo. Aceptar que podemos cambiar y que eso no nos convierte en personas menos fiables nos libera de la presión por mantener una imagen inmutable y amoldarnos a las expectativas externas.
De hecho, a la larga incluso nos permitirá relacionarnos de manera más auténtica, mostrando quiénes somos realmente en cada momento, con nuestras incongruencias, dudas y cambios. En vez de comprender la coherencia como una condena a cadena perpetua, podemos convertirla en una brújula que nos guía y que recalibramos cada vez que haga falta.
En última instancia, la verdadera coherencia no radica en aferrarse a una versión del pasado que ya no existe, sino en alinear nuestra vida con lo que somos, pensamos y sentimos en cada etapa.
¿Cómo cambiar y seguir siendo fiable?
Aclaración necesaria para despistados: cambiar no significa defender hoy una idea, mañana exactamente lo contrario y al día siguiente algo diferente. No significa volvernos imprevisibles ni romper nuestros compromisos sin previo aviso.
Cambiar implica un proceso de reflexión y madurez en el que ganamos claridad sobre quiénes somos y qué queremos en la vida.
Dicho esto, es importante recordar que la confianza que generamos en nuestras relaciones interpersonales no depende únicamente de la coherencia; o sea, de mantenernos fieles a las mismas ideas o hábitos, sino más bien de cómo nos comunicamos. Las personas confían más en quienes son sinceros y auténticos, aunque eso implique rectificar o cambiar a lo largo del camino.
Por ende, la clave no radica tanto en la coherencia como en la transparencia. Explicar por qué pensamos diferente, compartir lo que hemos ido aprendiendo y reconocer que hemos cambiado proyecta una imagen más auténtica y sincera. Al fin y al cabo, aunque el cambio introduzca cierta dosis de incertidumbre en la relación, también la vuelve más auténtica pues lo normal es ir cambiando a lo largo de la vida.
A la larga, comunicar nuestras decisiones, ajustes de planes o cambios de opinión sin escondernos detrás de una imagen rígida es una muestra de respeto por los demás y una manera de construir relaciones más realistas siendo más honestos con nosotros mismos. Y ese es un cambio que vale la pena.
Referencia:
Tay, C. et. Al. (2024) Detecting lies through others’ eyes: Children use perceptual access cues to evaluate listeners’ beliefs about informants’ deception. Journal of Experimental Child Psychology; 241: 105863.



Deja una respuesta