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Que quieras cerrar un ciclo no significa que estés preparado para hacerlo

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Ilustración de una mano dejando ir unas mariposas

Siempre he considerado que es importante cerrar los círculos de la vida. Cuando no logramos pasar página y nos quedamos atrapados en el pasado, nos perdemos el presente y no logramos mirar hacia el futuro. Sin embargo, que queramos cerrar un ciclo no significa, necesariamente, que estemos preparados para hacerlo.

A veces, lo decimos con la voz de la razón, somos conscientes de que necesitamos poner ese punto final, pero el «corazón» aún está atrapado en otra parte. Pero así no lograremos cerrar ese capítulo, simplemente porque las emociones no se olvidan por decreto.

El deseo de cerrar un ciclo: cuando la mente va más rápido que el corazón

Muchas veces queremos cerrar un ciclo porque estamos cansados. Cansados de sufrir, de darle vueltas a las cosas, de estar atascados o de sentirnos vulnerables. Anhelamos alivio y paz, deseamos dejar de cargar con algo que nos pesa demasiado.

Ese deseo es perfectamente válido y comprensible. Llegados a cierto punto, nuestro cerebro, harto del malestar, intenta reducirlo. El problema es que ser conscientes de que necesitamos cerrar un ciclo no significa que estemos emocionalmente preparados para hacerlo.

La sanación emocional tiene sus propios tiempos, un poco como las heridas físicas. Si te has roto una pierna, quizá llegue un punto en el que estés harto de estar en casa y no veas la hora de salir a correr, pero eso no significa que puedas hacerlo. Tendrás que esperar.

En el universo afectivo ocurre algo similar. Quizá queramos dejar atrás lo que nos dolió, pero mientras sigamos sintiendo un nudo en el estómago al recordarlo o se nos llenen de lágrimas los ojos, no estaremos preparados para seguir adelante.

Las consecuencias de tener prisa por sanar

Últimamente se habla mucho de resiliencia, pero la mayoría de las personas la confunden con una especie de “olvido exprés” porque nuestra capacidad para lidiar de manera madura con el dolor y el sufrimiento ha disminuido a ojos vistas. En práctica, lo que llaman resiliencia es realmente una forma sofisticada de negación, como esconder el polvo debajo de la alfombra y fingir que no existe. De esa mentalidad surgen frases como “tienes que ser fuerte”, “pasa página” o “debes seguir adelante”.

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Así, cuando notamos que nuestro malestar incomoda a los demás, empezamos a preguntarnos si no estaremos exagerando y nos obligamos a cerrar el ciclo. Entonces empezamos a exigirnos estar bien antes de tiempo, como si el sufrimiento emocional fuera un yogurt con fecha de caducidad.

El problema es que violentar ese proceso a menudo es contraproducente. No sanaremos más rápido, sanaremos peor, porque como decía Freud: “las emociones reprimidas nunca mueren, son enterradas vivas y saldrán de la peor manera”. Lo que no nos permitimos sentir, acaba enquistándose.

Quizá sigamos adelante, actuemos con normalidad y aparentemos estar bien, pero como la herida no ha sanado adecuadamente, se reabrirá a la primera de cambio. De hecho, la reactividad emocional suele ser una de las señales de que nos hemos apresurado demasiado en cerrar un capítulo. En ese caso, un comentario inocente, una discusión mínima o una pequeña decepción provocan una respuesta desproporcionada. Obviamente, no reaccionamos a lo que está pasando, sino a todo lo que quedó pendiente.

Otra señal es la desconexión con uno mismo. Para cerrar el ciclo, muchas personas aprenden a anestesiarse, lo que significa que dejan de prestar atención a lo que sienten, minimizan sus necesidades y se vuelven excesivamente racionales o hiperproductivas. Aparentan ser fuertes, pero pierden sensibilidad. Con el paso del tiempo, se van desconectando de sí mismas para no escuchar ese eco del pasado.

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Sin embargo, debemos comprender que sanar deprisa no nos hace más fuertes, al contrario, puede dejarnos más frágiles porque debilita nuestras estructuras emocionales, de manera que cualquier sacudida, por mínima que sea, puede hacer que nuestro andamio emocional se tambalee.

¿Cómo saber si estás preparado para cerrar un ciclo?

Ya sea una ruptura de pareja, la muerte de un ser querido o incluso el fracaso de un proyecto profesional, cuando llegue el momento, lo sabrás. Generalmente no es algo espectacular, no es una iluminación ni una epifanía, sino más bien una sensación de calma cuando finalmente logras:

Pensar sin obsesionarte.

Recordar sin ahogarte.

Sentir sin desbordarte.

Y no es que ya no te importe, sino que lo que te sucedió deja de doler tanto. Eso es un cierre real y saludable, un cierre que te permite abrirte de verdad a las nuevas oportunidades que depara el futuro.

Obviamente, querer cerrar un ciclo es una señal positiva de crecimiento. Indica que quieres sentirte mejor y seguir adelante de manera más consciente y ligera. Y eso es perfectamente normal. Pero no te castigues si aún no puedes ni te apresures demasiado.

A veces, no todo lo que quieres soltar, está listo para soltarte. Y no todo lo que entiendes racionalmente se ha integrado emocionalmente en tu historia vital. Y eso también es normal. Ve dando pequeños pasos, a tu ritmo. No te fuerces a cerrar un capítulo si todavía no estás preparado solo porque los demás te digan que es hora de hacerlo.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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