Las consecuencias del perfeccionismo son variadas y enormes. Dejan un rastro de frustración, decepción y la insatisfacción a su paso que termina afectando nuestra calidad de vida. Por desgracia, en las sociedades competitivas el perfeccionismo se enaltece como un valor mientras las redes sociales ensalzan la imagen perfecta, de manera que podemos terminar rechazando todo lo que se aleje de esos cánones mientras buscamos obsesivamente la perfección en todo lo que hacemos o incluso en lo que somos. Sin embargo, como dijera Voltaire, “lo mejor es enemigo de lo bueno”.
¿Cuáles son las principales consecuencias del perfeccionismo a largo plazo?
Solemos pensar en el perfeccionismo como un valor o incluso lo convertimos en el emblema del éxito. No obstante, cada vez más psicólogos se están cuestionado esa tendencia a percibir el perfeccionismo como un objetivo deseable por el que vale la pena luchar.
Un estudio realizado en las Universidad de Bath y la York St John University a lo largo de casi dos décadas no encontró evidencias que respalden la idea de que las personas perfeccionistas tienen más éxito. Más bien al contrario. La mayoría de los perfeccionistas se sienten descontentos e insatisfechos consigo mismos y con lo que hacen, consumidos por una sensación permanente de no ser suficientes.
Otra investigación llevada a cabo en el Netanya Academic College comprobó que las personas perfeccionistas suelen estar más motivadas y comprometidas en el trabajo – algo positivo – pero también presentan niveles más elevados de agotamiento, estrés, adicción al trabajo, ansiedad y depresión.
De hecho, existe un vínculo profundo entre el perfeccionismo y varios trastornos psicológicos, entre ellos la depresión, la ansiedad, la anorexia, la bulimia e incluso las ideas suicidas. Investigadores de la la Trinity Western University descubrieron que el perfeccionismo reduce la esperanza de vida mientras que el optimismo y la percepción de autoeficacia pueden alargarla.
El principal problema es que el perfeccionismo nos sume en un bucle de frustración e insatisfacción que afecta nuestro estado de ánimo y, a la larga, nuestra calidad de vida. Las personas perfeccionistas pueden albergar expectativas poco realistas y fijarse objetivos demasiado rígidos asumiendo una mentalidad del todo o nada; es decir, piensan que si no logran la perfección, no vale la pena.
Las consecuencias del perfeccionismo son tan desastrosas precisamente porque nos obligan a enfocarnos en los resultados. Quienes buscan la perfección se centran fundamentalmente en el destino, olvidándose del viaje. Al enfocarse de manera casi obsesiva en la meta, olvidan disfrutar durante el trayecto, por lo que pierden gran parte del placer de la vida y, si el resultado final no satisface sus elevadas expectativas, el desencanto está asegurado.
¿Cómo se origina el perfeccionismo?
Buscar la perfección nos hace más infelices. Pero no nacemos siendo perfeccionistas, nos volvemos perfeccionistas. Eso significa que la sociedad y la manera en que está configurada desempeña un rol esencial en ese deseo y búsqueda de perfección. De hecho, escapar de la impronta perfeccionista puede ser particularmente difícil puesto que nos la inculcan desde pequeños.
De cierta forma, la presión de padres y los profesores por obtener mejores calificaciones comienzan a plantar la semilla del perfeccionismo. Esa presión hace que muchos niños, en vez de sentirse contentos por haber conseguido una buena calificación, se sientan decepcionados por no haber alcanzado la mejor calificación o la nota más alta de la clase.
De hecho, el principal problema de los perfeccionistas es que nunca es suficiente. En el fondo, el perfeccionismo realmente versa sobre el deseo de perfeccionar un “yo” que se percibe como imperfecto. Es un deseo de demostrar a los demás o a sí mismo la valía a través de esa perfección. Por tanto, se establece una asociación entre la ausencia de fallos y la valía personal.
La compasión como antídoto al perfeccionismo
Una de las cosas más importantes que debemos aprender en la vida es a dejar de lado la búsqueda de la perfección y tratarnos de manera más compasiva. No hay nada malo en esforzarnos por convertirnos en nuestra mejor versión, pero necesitamos evitar caer en el perfeccionismo patológico.
Podemos dar lo mejor de nosotros mismos, pero tenemos que estar dispuestos a renunciar al deseo de que todo encaje en su lugar sin problemas. Una vez que nos hemos esforzado al máximo, necesitamos aprender a fluir. Eso no significa conformarse o resignarse a la mediocridad, sino ser conscientes de que no podemos controlar todas las variables que inciden en un resultado.
Necesitamos reconocer que somos vulnerables e imperfectos. Y sentirnos cómodos con esa imagen de nosotros mismos, una imagen que es mucho más realista y nos ayuda a reducir la presión innecesaria y dañina que nosotros mismos añadimos cada día. Tratarnos con compasión no implica ser permisivos o laxos sino ser comprensivos.
Necesitamos comprender que las imperfecciones no son deficiencias. Son recordatorios de que somos humanos. Las imperfecciones no disminuyen nuestra valía, al contrario, cada vez que fallamos, crecemos. Cuando nos arriesgamos y nos equivocamos, aprendemos algo nuevo. Cuando caemos y nos levantamos, nos volvemos más resilientes.
A fin de cuentas, las personas significativas – esas a las que realmente les importamos y que nos importan – nos amarán incondicionalmente más allá de nuestros éxitos o fallos. Y nosotros deberíamos hacer lo mismo.
Fuentes:
Curran, T. & Hill, A. P. (2019) Perfectionism Is Increasing Over Time: A Meta-Analysis of Birth Cohort Differences From 1989 to 2016. Psychological Bulletin; 145(4): 410 – 429.
Tziner, A. & Tanamil, M. (2013) Examining the links between attachment, perfectionism, and job motivation potential with job engagement and workaholism. Journal of Work and Organizational Psychology; 29: 65-74.
Fry, P. S. et. Al. (2009) Perfectionism and the Five-factor Personality Traits as Predictors of Mortality in Older Adults. J Health Psychol; 14(4):513-24.
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