
Si alguna vez has pasado horas (o días) con dolor de espalda, sabrás lo incómodo y frustrante que puede ser. Es una molestia física. No cabe duda. Pero también es una carga emocional. El dolor constante empeora tu estado de ánimo, disminuye tu capacidad de concentración y te impide disfrutar de los placeres más simples de la vida.
Y es que cuando levantarse de la cama se vuelve una misión imposible y caminar se siente como escalar el Everest, es difícil poner buena cara y concentrarse. Y con cada día que pasa sin encontrar remedio, la sensación de agotamiento se acrecienta. Así es fácil caer en un bucle que se autoalimenta del malestar y la irritabilidad.
Pero no está todo en tu mente y no es tan fácil controlarlo recurriendo simplemente a la fuerza de voluntad. Las Neurociencias confirman que el dolor de espalda crónico puede cambiar la estructura de tu cerebro.
La amígdala, el epicentro del dolor
Investigadores de la Universidad Jiao Tong de Xi’an sometieron a 33 pacientes con dolor lumbar crónico, y otros 33 sanos, a una resonancia magnética para evaluar tanto el volumen como la superficie de su cerebro. Comprobaron que el tamaño de la amígdala era “significativamente menor en el grupo con dolor lumbar crónico”.
No encontraron una relación entre las características psicológicas del dolor o la depresión, lo que significa que la atrofia estaba directamente relacionada con los aspectos físicos del dolor.
La amígdala es una estructura compleja del cerebro que desempeña un papel fundamental en la gestión emocional, la memoria y los trastornos afectivos, como la ansiedad. También forma parte de lo que se conoce como la “matriz del dolor”, una serie de áreas cerebrales implicadas en el procesamiento de los estímulos dolorosos, como la corteza prefrontal y el tálamo.
De hecho, un estudio anterior de la Universidad de Harvard había constatado que durante el dolor crónico se produce una gran activación de la amígdala, pero con algunos matices importantes.
Estos neurocientíficos vieron que el dolor “inducido” en laboratorio, como cuando te pinchas o quemas un dedo, activa una región superficial de la amígdala. En cambio, el dolor crónico activa la región basolateral, lo que significa que tiene una dimensión emocional más compleja ya que se percibe como más amenazante o angustioso debido a su carácter recurrente.
Más dolor = Menos sustancia gris
El impacto del dolor de espalda crónico en el cerebro no se limita a la amígdala. Otra investigación realizada en la Northwestern University comprobó que también reduce el volumen de la sustancia gris, sobre todo en regiones como la corteza prefrontal y la ínsula. Una vez más, estas áreas no solo participan en la percepción física del dolor, sino también en su interpretación emocional y en la modulación de la respuesta.
Al mismo tiempo, la pérdida de sustancia gris altera varias funciones importantes. Por un lado, disminuye la capacidad del cerebro para procesar y discriminar estímulos nociceptivos, lo que puede amplificar la sensación de dolor o hacerla más difusa. Por otro lado, afecta la regulación emocional, dificultando controlar la ansiedad, la frustración o la sensación de amenaza asociadas al dolor crónico.
También tiene un impacto en la memoria y la atención, lo que explica por qué muchas personas con dolor persistente reportan dificultades para concentrarse, planificar o pensar con claridad. “Esos cambios podrían estar relacionados con el deterioro de las capacidades de procesamiento cognitivo-afectivo y emocional, así como con la condición de dolor crónico más persistente”, señalaron los investigadores.
¿Cómo proteger el cerebro del dolor crónico?
En conjunto, estos cambios estructurales muestran que el dolor de espalda crónico no es solo un problema físico que afecta la movilidad, sino una condición que reconfigura la forma en que el cerebro percibe, interpreta y responde al sufrimiento.
Las transformaciones en la estructura cerebral pueden generar un círculo vicioso: más dolor provoca más atrofia cerebral que, a su vez, nos vuelve más incapaces de modular nuestra reacción emocional ante el dolor, lo que acaba amplificándolo.
La buena noticia es que podemos entrenar la atención y aprender estrategias de afrontamiento activas ante el dolor para decirle al cerebro que no todo el dolor debe amplificarse.
Técnicas como la meditación mindfulness, los ejercicios de respiración consciente o incluso las técnicas de regulación emocional permiten romper ese ciclo para reducir la ansiedad que genera el dolor e incluso moderan su percepción, haciendo que sea más llevadero. En otras palabras, aprender a gestionar psicológicamente el dolor no solo calma la espalda, también protege el cerebro.
Referencias:
Gu, S. et. Al. (2024) Altered volume of the amygdala subregions in patients with chronic low back pain. Front. Neurol.; 15: 10.3389.
Mao, C. P. & Yang, H. J. (2015) Smaller Amygdala Volumes in Patients With Chronic Low Back Pain Compared With Healthy Control Individuals. J Pain; 16(12): 1366-1376.
L.E. Simons, et. Al. (2014) The human amygdala and pain: evidence from neuroimaging. Hum Brain Mapp; 35: 527-538.
Baliki, M. N. et. Al. (2011) Brain morphological signatures for chronic pain. PLoS One; 6(10): e26010.



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