
¿Hay días en los que no has hecho nada particularmente exigente pero, aun así, te sientes agotado? Quizá no estés cansado físicamente sino drenado mentalmente. Y quizá se deba a un culpable insospechado: las decisiones pendientes. Dícese de conversaciones difíciles que llevas tiempo postergando, cambios que sabes que deberías hacer, pero no te atreves, o elecciones vitales que estás posponiendo ad infinitum y más allá.
Todo eso, sin darte cuenta, se acumula en un segundo plano y consume energía psicológica, de manera que, sin darte cuenta, te pasas todo el día cargando con un peso invisible. De hecho, el filósofo Bertrand Russell lo expresó con una claridad meridiana en su libro “La conquista de la felicidad”: “no hay nada tan agotador como la indecisión, ni nada tan estéril”. Es una descripción bastante precisa de lo que nos ocurre cuando nos quedamos atrapados entre el “sí” y el “no”.
El costo silencioso de no decidir
En los años 1920 la psicóloga Bluma Zeigarnik observó algo curioso en una cafetería de Viena: los camareros recordaban con precisión los pedidos que no habían servido, pero olvidaban rápidamente los que ya habían entregado. Se preguntó si eso le pasaba a todo el mundo y diseñó una serie de experimentos en los que comprobó que las tareas incompletas se mantienen activas en la mente.
La explicación es sencilla: cuando algo queda sin cerrar, el cerebro se mantiene en una especie de “tensión cognitiva” que conserva ese proceso activo en segundo plano hasta que lo resuelva. Lo mismo ocurre con las decisiones.
De hecho, cuando pensamos en el desgaste mental, solemos asociarlo a hacer demasiadas cosas, no solemos vincularlo a lo que no hacemos. Sin embargo, cuando debemos tomar una decisión y la postergamos, no nos sumergimos simplemente en una pausa neutra, sino que activamos el mismo proceso mental de fondo de los camareros con sus órdenes pendientes.
En práctica, cada vez que dejas algo en el aire, tu cerebro no puede archivarlo, sino que lo mantiene abierto, como una pestaña en el ordenador que nunca cierras. Obviamente cuantos más frentes tengas abiertos, más recursos cognitivos consumirán y más te costará todo.
Eso significa que las decisiones que no tomas siguen contigo. No hacer nada no elimina el problema, sino que lo convierte en carga, un recordatorio difuso que tiene la molesta costumbre de aparecer en los momentos más inapropiados, como cuando intentas dormir, estás distraído o quieres relajarte y olvidarte del mundo. Eso también forma parte del costo de lo no resuelto.
Como resultado, es normal que te cueste concentrarte cuando tienes una decisión pendiente o que te sientas irritable sin motivo claro y reacciones exageradamente ante el menor contratiempo. O que incluso las pequeñas decisiones, desde qué cenar hasta cuándo responder a un mensaje, se vuelvan más pesadas de lo normal. No es pereza, sino saturación.
De hecho, Russell estaba convencido de que no necesitamos grandes cosas para ser un poco más felices y productivos, basta simplemente “cultivar una mente ordenada, que piense en las cosas adecuadamente en el momento adecuado, y no inadecuadamente a todas horas”.
El bucle de la indecisión
La indecisión tiene vocación de perdurar porque suele alimentarse a sí misma. Cuanto más dudas, más información buscas. Y cuanta más información tienes, más variables aparecen. Y cuantas más variables aparezcan, más difícil será elegir. Así entras en un bucle porque cada paso que das para “aclararte”, en realidad te aleja de la decisión. En ese punto, ya no estás eligiendo, sino que has entrado en una parálisis por análisis.
En esos casos, incluso elegir mal puede ser mejor que quedarte atrapado en el bucle de la indecisión. Si escoges un camino y te equivocas, al menos habrás:
- Cerrado una posibilidad y liberado espacio mental.
- Salido del plano de las hipótesis recabando retroalimentación en el mundo real.
- Dado el primer paso para salir de la zona de confort.
En cambio, cuando no eliges:
- Todas las posibilidades permanecen abiertas, generándote la misma ansiedad o temor.
- No aprendes nada nuevo, sino que sigues dándole vueltas a todo en tu mente.
- El desgaste psicológico avanza implacablemente.
Elegir “mal” no es lo ideal. En eso coincidimos todos, pero la indecisión genera un desgaste pasivo que no te llevará a ningún sitio. Y en eso, creo que también coincidimos todos.
¿Cómo salir del limbo de la indecisión?
No existe una fórmula mágica, pero puedes ir dando pequeños pasos. El primero es aceptar que decidir implica lidiar con cierta dosis de incomodidad e incertidumbre. Es inevitable, por lo que esperar a estar 100% seguro o creer que todo será fácil y cómodo solo hará que postergues innecesariamente la decisión.
El segundo paso consiste en limitar el tiempo que dedicas a decidir. No todas las decisiones merecen horas de cavilación o días de análisis. Piensa en el impacto de cada decisión en tu vida y proponte un tiempo máximo consecuente para elegir uno u otro camino. En este sentido, Russell aconsejaba que “cuando hay que tomar una decisión difícil o preocupante, en cuanto se tengan todos los datos disponibles, hay que pensar en la cuestión de la mejor manera posible y tomar la decisión. Una vez tomada, no hay que revisarla a menos que llegue a nuestro conocimiento algún dato nuevo”.
El tercer paso es, probablemente, el más útil porque le resta tensión al acto de decidir. Consiste en cambiar la típica pregunta que solemos hacernos: “¿cuál es la mejor opción?” por un: “¿qué opción es suficientemente buena para avanzar?”. Eso te libera del perfeccionismo y de gran parte del miedo a equivocarte. De hecho, no se trata de contentarte con cualquier cosa, sino de empezar a moverte en la dirección deseada. A fin de cuentas, la inmensa mayoría de las decisiones no son irreversibles, son solo un paso sujeto a ulteriores ajustes.
Recuerda que la indecisión no suele hacer ruido, pero va desgastando por dentro. Quedarte instalado en el “ya veré qué hago” tiene un precio. Y, a veces, es más alto de lo que imaginas.
Referencias:
Russell, B. (2003) La conquista de la felicidad. Random House Mondadori: Barcelona.
Zeigarnik, B. (1938) On finished and unfinished tasks. In W. D. Ellis (Ed.), A source book of Gestalt psychology (300–314). Kegan Paul, Trench, Trubner & Company.



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