
Con el auge de las redes sociales y la popularización de conceptos como la “marca personal”, dedicamos una ingente cantidad de tiempo a gestionar nuestra imagen y nos preocupamos cada vez más por lo que piensen los demás. Por supuesto, es perfectamente normal que deseemos causar una primera buena impresión, pero Marco Aurelio proponía exactamente lo contrario. Este emperador romano, representante de la filosofía estoica, decía que es un gran error preocuparnos más por nuestra reputación que por nuestro carácter.
La gestión de impresiones
Hace casi dos mil años, Marco Aurelio planteó que quizá estamos protegiendo la parte equivocada de nosotros mismos. En Meditaciones, insistió una y otra vez en una idea sencilla: lo verdaderamente importante no es la imagen que los demás se forman de nosotros, sino el carácter que desarrollamos.
Una de sus frases más conocida resume esa filosofía: “no pierdas más tiempo discutiendo sobre cómo debe ser un hombre bueno. Sé uno”. Aunque fue escrita hace mucho tiempo, parece describir con precisión una de las grandes trampas psicológicas de nuestro tiempo: vivimos obsesionados con gestionar nuestra imagen, elegimos cuidadosamente qué fotografías publicar, revisamos varias veces los mensajes antes de enviarlos y actuamos más pensando en cómo seremos percibidos que guiándonos por lo que realmente desearíamos hacer.
Los psicólogos llaman a este fenómeno gestión de impresiones, un concepto desarrollado por el sociólogo Erving Goffman para explicar cómo intentamos controlar la imagen que proyectamos. Explicó que cada persona realiza una interpretación de sí misma con el objetivo de crear impresiones específicas en la mente de los demás. Antes de relacionarnos, preparamos un rol para causar la impresión deseada.
Hasta cierto punto, es completamente normal ya que somos seres sociales y (lo queramos o no) dependemos de la aceptación del grupo. El problema surge cuando esa necesidad de aprobación empieza a dirigir nuestras decisiones y dedicamos más tiempo a parecer una buena persona que a convertirnos realmente en una.
Entonces dejamos de preguntarnos si estamos actuando según nuestros valores para empezar a guiarnos por el qué pensarán de nosotros. Parece un cambio sutil, pero mueve por completo el centro de gravedad de nuestra vida psicológica.
El carácter es estable, la imagen no
Solemos pensar que tanto nuestra imagen como nuestra reputación están en nuestras manos, pero en realidad nunca están del todo bajo nuestro control porque dependen de las personas con quienes nos encontramos, las cuales tienen experiencias, intereses, prejuicios y expectativas diferentes.
Marco Aurelio lo comprendió con extraordinaria lucidez al escribir que “todo lo que vemos es una perspectiva, no la verdad”. Se refería a la subjetividad humana y al hecho de que la reputación siempre pasa a través de los ojos de quien nos ve. Por tanto, una misma acción puede interpretarse de maneras diferentes. Eso significa que, por mucho que nos esforcemos por controlar nuestra imagen, nunca podremos controlar al 100% la interpretación que otros hagan de ella.
El carácter, en cambio, depende más de nuestras decisiones. Podemos elegir ser honestos incluso cuando nadie nos observa, actuar con integridad aunque nadie nos felicite o ayudar sin esperar nada a cambio.
Y eso era lo que Marco Aurelio consideraba realmente valioso porque la autoestima frágil depende de los aplausos y el reconocimiento pero un “yo fuerte” no necesita aprobación externa porque se guía por sus principios.
Curiosamente, cuanto más intentamos controlar nuestra reputación, menos control tenemos sobre ella. En cambio, cuanto más nos esforzamos por forjar nuestro carácter, más aumentan las probabilidades de construir una buena reputación como una consecuencia natural, simplemente porque seremos mucho más coherentes en nuestros actos, pensamientos y emociones.
Marco Aurelio recomendaba: “mira dentro de ti. En tu interior está la fuente del bien”. No proponía encerrarse en uno mismo ni ignorar a los demás, sino que invitaba a buscar el criterio en nuestro interior y preocuparnos más por convertirnos en la persona que nos gustaría ser, que por cómo nos ven los demás.
A fin de cuentas, el bienestar eudaimónico nace de vivir de acuerdo con uno mismo. Es una satisfacción profunda que surge de seguir nuestros valores, actuar con autenticidad y encontrar el propósito de nuestra vida.
Marco Aurelio nos anima a cambiar el foco e invertir menos energía en intentar controlar lo que otros pensarán de nosotros y más en decidir quién queremos ser. Porque la reputación siempre pertenece, en parte, a quienes nos miran. El carácter, en cambio, sigue siendo uno de los pocos territorios que continúan bajo nuestro gobierno. Y, curiosamente, también es uno de los factores que más influye en una vida psicológicamente plena.
Fuente:
Marco Aurelio (1977) Meditaciones. Madrid: Editorial Gredos.



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