
Si vives en el mismo mundo que yo, es probable que hayas crecido martilleado por la idea de que hay que ir siempre hacia adelante, “para atrás, ni para coger impulso”, he escuchado siempre. Es el típico mensaje que, a fuerza de oírlo prácticamente desde que estamos en la cuna, lo archivamos en esa zona del cerebro donde se acumulan las creencias sociales que no cuestionamos porque asumimos que, si todos lo dicen, deben ser ciertas.
Y, sin embargo, no lo es – o al menos no siempre. Muchas veces, lo más inteligente es dar un paso atrás.
Avanzar, ¿hacia dónde?
Vivimos con la idea de que avanzar es, por definición, algo bueno, deseable y positivo. No solemos detenernos para preguntarnos: ¿avanzar hacia dónde?
En la práctica, muchas personas se mueven (supuestamente hacia adelante), solo por inercia. Van con el piloto automático del progreso activado, lo cual implica hacer más, ir más rápido, llegar antes, cosechar éxitos… Lo paradójico es que, cuanto más invertimos en una dirección, más difícil se vuelve cuestionarla. No porque sea la correcta, sino porque empezamos a creer que retroceder es perder, una falacia que lo que los psicólogos conocemos muy bien y que se denomina costos hundidos.
Sin embargo, ¿qué sentido tiene ascender en el trabajo si no te queda tiempo para ti o no te gusta lo que haces? ¿Qué sentido tiene comprar una casa más grande si no puedes disfrutarla? ¿Qué sentido tiene llegar “más alto” si el precio es dejar de tener una vida propia?
El progreso, desde una perspectiva más filosófica, no debería medirse solo en términos de acumulación o velocidad, sino de alineación. ¿Lo que estamos haciendo se corresponde con la vida que queremos construir? ¿O simplemente nos limitamos a seguir expectativas externas, hábitos adquiridos o decisiones que nunca cuestionamos?
Lo cierto es que avanzar sin cuestionarnos la dirección puede convertirse en una forma muy sofisticada de evasión. Nos mantenemos ocupados y en movimiento, convenciéndonos de que estamos haciendo lo “correcto”, cuando en realidad lo que estamos haciendo es evitar detenernos a pensar si ese camino sigue teniendo sentido para nosotros. Dar un paso atrás, en estos casos, no es retroceder, sino recuperar la capacidad de elección.
¿Cuándo conviene hacer una pausa?
Avanzar se asocia con el progreso, la fortaleza y el éxito mientras que detenernos o retroceder suele interpretarse como una señal de debilidad o fracaso. Sin embargo, la vida no es lineal, suele tener el curioso capricho de sorprendernos a cada vuelta de esquina, por lo que hay momentos (quizá muchos más de los que nos gustaría), en los que la decisión más sensata no es insistir ni acelerar, sino hacer algo aparentemente contraintuitivo: dar un paso atrás.
Dar un paso atrás no implica rendirse ni perder el rumbo. Es, en realidad, una pausa deliberada e imprescindible para salir del piloto automático, interrumpir la inercia de la vida cotidiana y recuperar la perspectiva, algo que solemos perder cuando las circunstancias nos sobrepasan.
De hecho, hay varias situaciones en las que hacer esa pausa puede ser muy beneficioso:
- En las crisis, cuando lo conocido se vuelve extraño y sentimos que estamos en arenas movedizas. Una ruptura de pareja, un cambio profesional, un problema de salud o incluso una decepción importante pueden generar esa sensación de desorientación en la que lo que era predecible, deja de serlo. Si perdemos los puntos cardinales que nos guiaban para tomar buenas decisiones, lo mejor es hacer un alto en el camino.
- En situaciones inciertas, cuando no tenemos toda la información necesaria para decidir, el camino no nos queda claro o sentimos que cualquier decisión que tomemos será errónea porque la presión por hacer algo nos empuja a elegir precipitadamente, deberíamos dar un paso atrás.
- En los conflictos, ya sea una discusión puntual, una diferencia de larga data que está erosionando la relación o incluso un conflicto interno. Las situaciones conflictivas tienen el poder de desestabilizarnos emocionalmente, empujándonos en direcciones que no habríamos tomado desde la calma, por lo que es mejor ponernos en stand-by.
Un paso atrás para ver el cuadro global
Persistir en una estrategia que no funciona o tomar decisiones precipitadas para no dar la impresión de debilidad o incluso por miedo a perder lo invertido es, desgraciadamente, mucho más común de lo que pensamos. Llevamos la idea de avanzar tan grabada en el subconsciente que a veces ni siquiera contemplamos otro escenario.
Sin embargo, dar un paso atrás nos permite asumir una distancia psicológica para ganar perspectiva. Cuando estamos demasiado involucrados en una situación, nuestra percepción se distorsiona. Las emociones se intensifican, el campo de atención se estrecha y nuestra capacidad de análisis se reduce considerablemente.
Detenernos a menudo nos ayuda a ver el cuadro global. Podremos detectar matices que antes pasaban desapercibidos, cuestionar nuestras interpretaciones e incluso considerar alternativas que no habíamos contemplado. En otras palabras, dar un paso atrás nos ayuda a pensar mejor.
Ir atrás para ganar serenidad
Otro beneficio, a menudo ignorado, de dar un paso atrás, es la paz interior que puede aportarnos. Cuando nos sentimos presionados o confundidos, dar un paso atrás actúa como una especie de freno de mano que reduce la activación fisiológica. Nos ayuda a encontrar nuestro baricentro para decidir desde la calma y la serenidad.
De cierta forma, la decisión consciente de hacer un alto nos permite construir una “burbuja de seguridad” en la que resguardarnos cuando todo nos empuja en una dirección que no tenemos del todo clara. Y desde ese espacio en el que nos sentimos más tranquilos y confiados nos resultará infinitamente más fácil tomar buenas decisiones.
De hecho, dar un paso atrás puede devolvernos la sensación de control. Y no me refiero al control que nos empuja a querer manejarlo todo, sino a un tipo de control más flexible que nace de la autoconfianza y la autoeficacia. Elegir no reaccionar de inmediato, mantenernos a un lado y esperar u observar todo el tiempo que sea necesario antes de actuar refuerza la idea de que no estamos a merced de nuestras emociones o de las circunstancias. Y eso genera mucha paz mental.
La flexibilidad de saber cuándo detenerse
Curiosamente, dar un paso atrás también puede hacernos avanzar más rápido, al menos a largo plazo, porque evita errores costosos, reduce el desgaste interno y nos permite invertir nuestros recursos de manera más inteligente. No es casual que un estudio realizado en la Universidad Goethe de Fráncfort del Meno constatara que la flexibilidad cognitiva y afectiva es un pilar de la resiliencia en la vida cotidiana.
Quienes saben cuándo insistir y cuándo detenerse, cuándo ir a por todas y cuándo es mejor dar un paso atrás, suelen tomar decisiones más sabias y gestionan mejor el estrés. La clave, por tanto, no radica en avanzar siempre, sino en saber cómo y cuándo hacerlo.
Por supuesto, en un mundo que premia la velocidad, la inmediatez y el movimiento constante, detenerse puede parecer un lujo o incluso una amenaza por el miedo a perder oportunidades, pero en realidad es una habilidad muy poderosa que nos permite navegar mejor, más tranquilos y con más sentido por las complejidades de la vida.
Referencia:
Rademacher, L. et. Al. (2023) Individual differences in resilience to stress are associated with affective flexibility. Psychological Research; 87: 1862–1879.



Deja una respuesta