
A lo largo de la vida tenemos que afrontar muchas conversaciones difíciles. Nos vemos obligados a abordar temas de los que preferiríamos no hablar, reconocer verdades incómodas o incluso sacar a colación antiguos conflictos latentes que siguen generando fricciones para intentar solucionarlos.
No existe una varita mágica para afrontar esas conversaciones, aunque muchas veces nos generan tanta desazón que buscamos soluciones rápidas en manuales de comunicación asertiva o en vídeos de gurús que prometen tener el “remedio infalible” para abordar esos temas complicados sin que todo se desmadre.
Sin embargo, aunque existe un sinfín de técnicas para ser más asertivos, hay una verdad esencial que a menudo olvidamos: para llegar a un acuerdo, primero debemos aceptar que el otro tiene derecho a ser un «obstáculo» para nuestros deseos. Y es que respetar a otra persona pasa por comprender y asumir que tiene derecho a negarse.
El mito de la asertividad todopoderosa
La difusión (y a menudo malinterpretación) del concepto de comunicación asertiva nos ha hecho creer que si no llegamos a un acuerdo es porque no somos lo suficientemente convincentes. Nos han vendido (y nosotros hemos comprado de buena gana) la ilusión de que existe un “camino seguro” hacia el acuerdo, de manera que solo tendríamos que aprender a estructurar mejor nuestras frases, mantener la calma o hablar en primera persona y todo saldrá bien.
Obviamente, todas esas herramientas pueden ayudar, sobre todo para quienes suelen tener un estilo de comunicación agresivo o no son capaces de expresar con claridad sus necesidades, pero creer que la comunicación asertiva es la llave maestra que abre todas las puertas es un error (y de los grandes).
El problema radica en asumir la asertividad como un acto personal, como si hablar claro y defender nuestra postura fuera suficiente. En ese caso, la asertividad se convierte en un gesto egocéntrico, un espejo donde solo nos reflejamos nosotros mismos para reafirmar nuestra importancia, ignorando que la comunicación es un fenómeno diádico.
Y es que puedes elegir cuidadosamente cada una de tus palabras y mantener una actitud positiva, pero eso no basta si no eres capaz de ponerte en el lugar del otro. Y por ponerse en el lugar del otro entiendo reconocer que cuando hablas con alguien entras en un terreno compartido en el que las necesidades, los límites y los egos pueden divergir.
Suponer que, como somos asertivos, el otro también se comportará de manera asertiva implica partir con unas expectativas demasiado altas que, probablemente, conduzcan a la frustración y hagan derrapar cualquier posibilidad de acuerdo. A fin de cuentas, solo podemos controlar nuestro comportamiento, no podemos prever las reacciones de los demás. Como recomendaba Marco Aurelio hace siglos: «tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos. Date cuenta de esto y encontrarás la fuerza”.
Acepta que los demás pueden torpedear tus mejores intenciones
Cuando creemos que nuestras palabras y límites deberían ser aceptados o comprendidos automáticamente, solo porque los expresamos de manera asertiva, pasamos por alto la inevitable existencia del otro como sujeto autónomo, con su libertad para disentir. La ilusión de control que ofrece la asertividad se revela como un acto de autoexaltación en el que intentamos imponernos sobre la realidad ajena, más que dialogar con ella.
En cambio, aceptar que el otro puede ser un obstáculo para tus objetivos o que puede negarse es un primer paso extremadamente liberador. Si internalizas esa idea, la conversación deja de ser un campo de batalla donde ganar significa persuadir al otro y empieza a convertirse más en un espacio de exploración donde ambas partes pueden expresar lo que sienten y piensan, aunque no coincidan en muchos puntos.
La otra persona tiene derecho a resistirse, molestarse o incluso no ceder en absoluto si considera que lo que le pides va contra sus valores o sus creencias más profundas o si simplemente no está convencida. Así como tú tienes derecho a pedir o preguntar, el otro tiene derecho a negarse y callar.
Aceptar eso no implica resignarse, sino tan solo ser realista, reconocer la individualidad del otro y asumir que, por muy asertivos que seamos, las conversaciones no siempre llegarán a buen puerto. Cuando internalizamos que la resistencia de los demás forma parte del proceso de negociación, dejamos atrás las expectativas irrealistas y empezamos a abrir realmente un espacio para la comunicación y el entendimiento mutuo.



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