
Vivimos en la era de la eficiencia. Le rendimos pleitesía al rendimiento y nos postramos ante la productividad. Todo está pensado para que hagamos más en menos tiempo. Tenemos aplicaciones que nos recuerdan hasta cuándo debemos beber agua, algoritmos que optimizan lo que vemos y leemos y, por supuesto, infinitos videotutoriales que nos enseñan desde cómo doblar una camisa hasta cómo empacar una maleta “perfecta” (incluso hay alguno sobre cómo usar una huevera – sí es increíble, pero cierto).
Con la llegada de la IA, las palabras «eficiencia» y «productividad» resuenan cada vez más, como un eco que a fuerza de ser repetido termina siendo ensordecedor. Y claro, cuando todo el mundo a tu alrededor grita “eficiencia”, termina convenciéndote de que tienes que hacerlo todo perfecto en el menor tiempo posible. Pero… ¿y si ese culto a la eficiencia nos estuviera robando la posibilidad de experimentar, equivocarnos, descubrir, aprender y sentirnos orgullosos y seguros de nosotros mismos?
El origen del mito de la eficiencia y la paradoja de la productividad
Hace tiempo, muchísimo tiempo, cuando la industrialización todavía no existía, había una legión de hilanderas y tejedores que se encargaban de vestir a la sociedad. Eran hombres y mujeres orgullosos de su trabajo. Artesanos que, aunque les venía bien ser más eficientes para cobrar más, priorizaban la calidad.
Cuenta Brian Merchant en su libro “Sangre en las máquinas” que cuando se introdujeron los primeros telares, aquellos artesanos se escandalizaron por el corte del tejido, algo totalmente impensable en sus manos. Con la mecanización, surgió la necesidad de producir más, más rápido y con menos errores. Las fábricas introdujeron líneas de producción, cronómetros y supervisores con un objetivo claro: maximizar el rendimiento de cada trabajador y de cada máquina.
Eso generó una mentalidad en la que el tiempo se medía en productividad y una sociedad en la que la eficiencia se convirtió en una obligación.
A finales del siglo XIX y principios del XX, Frederick Taylor, considerado el padre de la gestión científica, formalizó la eficiencia como disciplina. Taylor proponía estudiar cada tarea, cronometrar los movimientos y eliminar cualquier gesto “innecesario” del trabajador. La idea era simple: si se podía optimizar cada acción, se aumentaba la producción con menos esfuerzo – al menos en teoría.
Su filosofía no solo transformó la industria, también empezó a penetrar en la cultura laboral y social. Se popularizó la creencia de que si algo se podía hacer más rápido o mejor, había que hacerlo. Y si no lo hacías, estabas “perdiendo tiempo”, o peor aún, eras tachado de ineficiente.
Poco a poco, a eficiencia se fue convirtiendo en un estándar moral: no solo producimos más, sino que “debemos” producir más con menos esfuerzo, menos recursos y más rápido. Pero irónicamente, cuanta más tecnología y métodos de optimización tenemos a nuestro alcance, más ineficientes o insuficientes nos sentimos.
Caemos en una paradoja: cuanto más intentamos ser eficientes en todo, más tiempo y energía gastamos en perfeccionar los métodos y minimizar los pequeños errores, y menos tiempo tenemos para disfrutar, experimentar o aprender de manera auténtica. La eficiencia nos promete tiempo extra, pero en realidad muchas veces solo nos deja con la amarga sensación de que “nunca es suficiente”.
Aprendizaje experiencial, curiosidad y autoeficacia, lo que sacrificamos por la eficiencia
El buen aprendizaje, ese que deja huella y no se olvida, rara vez se produce siguiendo los pasos que otros han marcado. Es cierto que las instrucciones pueden servirnos de guía y orientación, sobre todo cuando afrontamos una tarea compleja (no para hacer las maletas, aclaración necesaria en los tiempos que corren). Pero también es cierto que la vida no es un algoritmo. La vida exige una gran dosis de flexibilidad, improvisación, tenacidad y resiliencia.
La eficiencia, llevada al extremo, puede convertirse en una trampa porque nos enseña a seguir pasos y procedimientos, pero no a resolver problemas ni a adaptarnos a lo inesperado. La eficiencia nos arrebata el aprendizaje experiencial, ese que se produce cuando probamos algo, fallamos, analizamos qué salió mal y lo intentamos de nuevo.
Ese proceso, aunque parezca menos “eficiente” que seguir un manual paso a paso, fortalece nuestra autoeficacia: la confianza en nuestra capacidad para enfrentar desafíos y encontrar soluciones por nuestra cuenta.
Un estudio desarrollado en la Universidad de Turku demostró que los métodos activos de aprendizaje (incluyendo la experimentación, el error y la iteración) contribuyen a desarrollar una “mentalidad flexible” y una mayor resiliencia. Por otra parte, psicólogos de la Universidad de Pittsburgh constataron que los estudiantes que aprenden a detectar sus errores antes de recibir instrucciones desarrollan un nivel de reflexión más profundo que transfieren al aprendizaje.
La eficiencia nos otorga rapidez, pero nos roba la experiencia, nos resta autonomía y, sobre todo, nos arrebata el placer del proceso o el aprendizaje.
A eso se le suma que cuando intentamos ser eficientes en todo, matamos nuestra curiosidad. Si todo tiene un atajo, ¿por qué explorar? Si todo tiene una receta exacta, ¿para qué improvisar? La eficiencia extrema nos empuja a la repetición, la uniformidad y la comodidad. Nos vuelve consumidores de instrucciones, más que creadores de experiencias.
La curiosidad se despierta cuando nos permitimos explorar sin una ruta fija. Sin miedo a equivocarnos. Y esa cualidad no solo enriquece nuestra vida, también aumenta la capacidad de resolución de problemas y nos mantiene flexibles.
¿Cómo recuperar la libertad de equivocarse?
No necesitamos ser más eficientes, necesitamos vivir más, experimentar más y equivocarnos más. La eficiencia extrema nos ofrece rapidez y control, pero a costa de nuestra curiosidad, creatividad y confianza en nosotros mismos. Equivocarse no es perder el tiempo: es aprender, adaptarse y, finalmente, disfrutar del logro conseguido.
- Redefine el significado de “éxito”. No todo tiene que ser rápido o perfecto. El éxito no siempre se traduce en un “terminado” o “optimizado”, sino en haber aprendido algo nuevo, disfrutado el proceso o descubierto una manera distinta de hacer las cosas. A veces, el verdadero logro radica en resistirse a la prisa y permitirse hacer algo simplemente por curiosidad. Además, no todo debe servir para algo, algunas cosas solo sirven para sentirnos vivos. Y eso, aunque no se pueda poner en un gráfico de productividad y Frederick Taylor lo desapruebe, también cuenta.
- Permítete cometer errores. Siempre que sea posible, experimenta e improvisa. Cocina sin seguir la receta al milímetro o monta un mueble sin mirar YouTube. El error es el gimnasio de la mente porque te obliga a parar, observar, ajustar y volver a intentar. Al fin y al cabo, nadie aprendió a caminar leyendo un manual de pasos.
- Olvídate – aunque sea un poco – de los tutoriales. En la era del “cómo hacer de todo en 5 minutos”, nos hemos vuelto dependientes de los videotutoriales para hacer cualquier cosa. Pero hay algo de mágico en lanzarse a la improvisación. Antes de buscar el video de “cómo doblar una sábana bajera en 3 movimientos”, hazlo a tu manera: quizás no quede perfecta, pero al menos habrás usado tu creatividad. Y si sale mal, tendrás una anécdota divertida que contar (o una sábana hecha un ovillo, lo cual también tiene su mérito).
- Celebra los intentos, no solo los resultados. Aplaude el hecho de haberlo intentado, aunque hayas terminado con un bizcocho que parece una piedra o un mueble que cojea. Cada intento fallido te acerca a un resultado mejor. Además, ese “lo hice yo” tiene un efecto psicológico mucho más profundo que seguir un tutorial y hacerlo bien a la primera. Cuando te atreves a experimentar, refuerzas la idea de que puedes aprender cualquier cosa, aunque tropieces en el camino. Como decía Samuel Beckett: “Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
- Aprende de la frustración. Esa sensación incómoda que experimentamos cuando algo no nos sale, no es un signo de incapacidad, sino una señal de que nuestro cerebro está reestructurando conexiones para adaptarse a algo nuevo. Básicamente, es el equivalente mental a las agujetas después de hacer ejercicio. La frustración es, de hecho, una señal de crecimiento porque nos indica que somos conscientes de nuestros fallos. Así que la próxima vez que te desesperes montando una estantería, recuerda que estás ganando habilidades. Y eso vale más que cualquier medalla por la eficiencia.
La vida, en definitiva, no es una hoja de Excel que debamos optimizar. Es más bien un laboratorio de ensayo y error, donde algunos experimentos salen mal y otros simplemente… nos sorprenden. Quizá la verdadera revolución no consista en hacerlo todo más rápido, sino en volver a disfrutar del proceso, aunque no sea perfecto.
Así que la próxima vez que te encuentres intentando empacar la maleta “perfecta” siguiendo un vídeo, recuerda: puede que pierdas diez minutos más, pero ganarás experiencia, creatividad y una experiencia única. Quizá lo mejor que podamos hacer sea dejar de obsesionarnos con ser eficientes y empezar, sencillamente, a vivir y explorar.
Referencias:
Heljakka, K. (2023) Building playful resilience in higher education: Learning by doing and doing by playing. Front. Educ.; 8: 10.3389.
Mason, A. et. Al. (2009) Self-Diagnosis, Scaffolding and Transfer: A Tale of Two Problems.
Physics Education; 1179: 27-30.



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