
¿Alguna vez has pensado que tienes un talento especial para elegir mal? Como si hubiera una especie de imán invisible que te empujara, una y otra vez, en la misma dirección para cometer el mismo error. Cambian las caras, los trabajos, los escenarios… pero el guion se repite. Y tú acabas preguntándote: “¿Por qué siempre me pasa lo mismo?” Quizá la respuesta no está fuera, en el azar o en la mala suerte, sino dentro: en lo que, en el fondo, crees merecer.
El mérito imaginado, ese juez desconocido e implacable
Todos funcionamos con modelos operativos internos, que no son más que mapas cognitivos, representaciones, esquemas o guiones que construimos en base a las figuras de apego y la relación que entablamos con ellas.
Desde que nacemos, vamos creando y organizando una serie de representaciones internas de los aspectos más relevantes de las relaciones que hemos mantenido con las figuras de apego (generalmente nuestros padres, abuelos o hermanos).
Las experiencias repetidas van generando ciertas expectativas sobre nuestras relaciones, que terminan generalizándose, guiando y modelando nuestra relación con los demás e incluso con nosotros mismos. Dentro de esos modelos operativos internos se encuentra el mérito imaginado; o sea, la percepción íntima de cuánto cariño, atención, respeto o bienestar “nos corresponde” o merecemos.
Obviamente, no es que vayamos por la vida diciendo o pensando: “creo que solo merezco parejas indiferentes y jefes que no me valoran” o “me merezco un trabajo mediocre”. Pero lo cierto es que muchas veces actuamos así (aunque sea sin darnos cuenta) y tomamos decisiones en base a lo que creemos merecer – o no.
El mérito imaginado funciona como una especie de termostato interno. Así, cuando algo es demasiado bueno y supera nuestro nivel interno de merecimiento, puede llegar a incomodarnos o incluso aparece el típico pensamiento “es demasiado bueno para ser verdad”.
En cambio, cuando algo negativo encaja mejor con nuestras expectativas sobre lo que merecemos, lo toleramos mejor. Sin ser conscientes de ello, acabamos repitiendo un patrón: no elegimos lo óptimo o lo que es mejor para nosotros, sino lo que nos resulta familiar, aquello que creemos merecer y que encaja en la narrativa interna que hemos construido y que nos sirve de guía.
El sesgo de autoverificación, la trampa para validar nuestro autoconcepto
Si creciste escuchando que eras “difícil”, “demasiado sensible”, “demasiado intenso”, o si tus primeras relaciones invalidaron tus necesidades afectivas, es probable que más adelante interpretes la disponibilidad emocional como una rareza, casi como un lujo que quizá no puedas costearte.
Así, la mente diseña elecciones que sean coherentes con esa expectativa de “no demasiado”. No demasiado afecto, no demasiada atención, no demasiada estabilidad, no demasiado bien…
En este sentido, un experimento clásico reveló que somos víctimas de lo que se conoce como sesgo de autoverificación. Estos psicólogos constataron que:
- Usamos las interacciones sociales como oportunidades para verificar y confirmar nuestro autoconcepto.
- Buscamos más retroalimentación social cuando creemos que esta confirmará nuestro autoconcepto.
- Tendemos a recordar la retroalimentación social que confirma nuestro autoconcepto.
Y eso vale incluso cuando tenemos una imagen negativa de nosotros mismos, porque lo familiar simplemente nos resulta más «seguro» que lo desconocido, aunque eso que no conocemos pueda ser mejor.
El problema no es la autoestima, sino el guion que seguimos
Sería simplista achacar todas esas malas decisiones a una autoestima baja. La autoestima no es un interruptor que se enciende y se apaga, sino que se parece más a un guion que te repites en tu mente. Es un patrón narrativo que puede recrear una y otra vez escenas de sacrificio, salvación, abandono, lucha, entrega, reparación…
Hay quienes han asumido que solo son merecedores cuando son útiles; otros cuando ceden; otros únicamente cuando son brillantes o se sacrifican. Así, sin darse cuenta, buscan situaciones y toman decisiones que les permitan actuar según ese guion mental.
Desde esa perspectiva, el problema no es tanto elegir “mal”, como elegir desde un personaje antiguo y desfasado. O sea, tomar decisiones importantes parapetados en un rol que probablemente ya no encaja con nuestra vida actual.
Cambiar ese guion mental no es tan sencillo como cambiar de pareja, de trabajo o de ciudad. Implica cambiar la lente a través de la cual miramos el mundo y a nosotros mismos.
Otro camino es posible
Una falacia ampliamente extendida consiste en creer que primero hay que amarse y “sentirse digno” para luego tomar mejores decisiones. En realidad también puede ser al revés. La percepción de merecimiento se construye a partir de pequeñas acciones de autoafirmación, pequeñas decisiones que vamos tomando cada día y que nos empoderan demostrándonos nuestro valor.
Rechazar algo que nos hace daño, o al contrario, atrevernos a aceptar lo que nos hace bien. Detenerse antes de comenzar a justificar lo injustificable. Pedir claridad. Establecer límites a tiempo, aunque nos tiemble la voz. Elegir el gesto amable y el camino que nos permita crecer y explorar nuestro verdadero potencial.
Cada una de estas decisiones y acciones tienen un efecto acumulativo y van reconfigurando lo que consideramos “normal”. Van cambiando los modelos operativos internos, de manera que lo que antes podía parecerte “demasiado para ti” empieza a ser simplemente digno.
Porque, al final, no es cierto que siempre elijas mal, es que casi siempre eliges desde un “yo antiguo” que te empuja hacia lo que crees merecer. Por tanto, recuerda que aceptar lo que encuentras en tu camino no es un acto neutral. Todas las decisiones que tomas revelan algo sobre lo que crees merecer, lo que eres capaz de soportar y qué trato consideras razonable.
Referencia:
Swann, W. B. & Read, S. J. et. Al. (1981) Self-verification processes: How we sustain our self-conceptions. Journal of Experimental Social Psychology; 17(4): 351-372.



Deja una respuesta