
Encontrarse a uno mismo suena profundo, espiritual e inspirador. De hecho ha animado a más de uno a abandonar todo y emprender una aventura en la búsqueda de ese “yo” oculto que muchas veces permanece elusivo.
Sin embargo, esta idea tan popular en realidad es una trampa porque parte del supuesto de que estás perdido en algún lugar, escondido en lo más profundo de una especie de mapa existencial esperando que un día alguien – tú mismo – te descubra. Es como si tu identidad fuese un tesoro enterrado en la playa, oculto bajo capas de arena que pueden adoptar la forma de responsabilidades, expectativas sociales, inseguridades…
El mito del “yo verdadero”
La idea de que existe un “yo verdadero” nos atrae porque promete estabilidad. Quizá no nos gustemos como somos ahora mismo, pero nos gusta pensar que bajo todas esas capas hay una esencia pura y auténtica, algo fijo e inmutable que, una vez hallado, nos brindará la claridad y la paz interior que tanto ansiamos.
Sin embargo, los últimos estudios psicológicos van en otra dirección y muestran una realidad muy diferente: no hay un “yo verdadero” entendido como una esencia inmutable, sino que cambiamos constantemente. La persona que eras hace cinco años ya no existe y la que serás dentro de cinco tampoco existe todavía.
En este sentido, un estudio realizado en la Universidad de Warwick constató que cuando cambian las condiciones a nuestro alrededor, sobre todo aquellas más significativas, nuestra personalidad también cambia para adaptarse a ese nuevo entorno. Otra investigación del Instituto Nacional del Envejecimiento en Baltimore reveló que también cambiamos después de un divorcio.
De hecho, ese proceso de transformación es completamente normal. Lo raro sería que fueras exactamente la misma persona que a los 15 años porque eso significaría que las experiencias de vida no te han enseñado absolutamente nada. Eso significaría que no has madurado y aprendido.
Por tanto, si tus gustos, tus metas, tus prioridades e incluso tu forma de ver el mundo evolucionan constantemente, ¿qué significa “encontrarse” si ese «yo» que buscas cambia todo el tiempo?
La identidad no es una especie de excavación arqueológica. No hay ruinas ocultas esperando ser desenterradas. Hay, en cambio, un terreno en construcción permanente. Cada decisión que tomas, cada error que cometes, cada límite que aceptas o superas, va levantando andamios, muros y ventanas. Construirte es un proceso continuo, no un hallazgo súbito.
Lo peligroso de la mentalidad de descubrir ese «yo inmutable» es que alimenta la idea de que hasta que no te encuentres, no podrás vivir plenamente. Como si tu vida estuviera en una pausa indefinida a la espera de la revelación definitiva. Pero la vida no espera. Y mientras buscas, lo que realmente estás haciendo, aunque no suene tan glamuroso, es construirte.
La búsqueda de uno mismo puede conducir a la parálisis, convirtiéndose en una forma sofisticada de procrastinación existencial. Puede hacerte pensar: «no voy a tomar decisiones hasta saber quién soy”. Pero la paradoja es que solo sabrás quién eres cuando vas dando pasos y tomando decisiones porque en ese proceso te vas construyendo.
El “yo” como proyecto en evolución
Imagina tu vida como una obra arquitectónica, solo que no hay planos fijos. Tus materiales son tus talentos, tu historia, tu entorno, tus relaciones… Y con ellos vas levantando estructuras. Algunas serán firmes, otras se derrumbarán, otras tendrás que reformarlas varias veces. Ese proyecto nunca está terminado, sino que está en continua evolución, y ahí reside su riqueza.
Obviamente, hablar de construcción también significa aceptar que no todo depende de ti. Tus recursos, tu biología, tu historia y tu contexto marcan límites. No puedes inventar cualquier versión de ti mismo, del mismo modo que un arquitecto no puede construir un rascacielos solo con barro y tablas de madera.
Pero sí puedes decidir qué hacer con lo que tienes. La construcción no es infinita, pero es lo suficientemente flexible para permitirte crecer. Y aceptar límites no es rendirse: es ser consciente del terreno sobre el que edificas.
Lo que ocurre es que confundimos conectar con uno mismo con encontrarse. Conectar implica escucharnos, darnos espacio, observar lo que sentimos. Construirse no suena tan inspirador como “encontrarse”. Suena más a trabajo que a revelación. Pero es mucho más honesto. Porque lo que estás buscando en realidad no se encuentra: se crea.
Cada vez que dices sí o no, cada vez que eliges con quién relacionarte, en qué trabajar, qué hábitos mantener o abandonar, estás añadiendo ladrillos a la persona que eres. Y esa construcción nunca termina. No porque estés incompleto, sino porque vivir es un proceso inacabado por definición.
Por supuesto, en ese proceso de construcción también hay cosas que permanecen a lo largo del tiempo. Hay patrones que nos acompañan, rasgos de personalidad, tendencias emocionales y valores que persisten a lo largo del tiempo. Pero incluso esos elementos se reinterpretan. No eres el mismo con tu miedo a los 15 que con tu miedo a los 40. No amas igual, no sufres igual, no eliges igual.
La continuidad existe, pero no como esencia estática, sino más bien un hilo conductor que atraviesa versiones distintas de ti. Lo que permanece no es un “yo inmutable y verdadero”, sino una narrativa que vas reescribiendo continuamente.
Por tanto, aunque la idea de que necesitas encontrarte puede sonar tentadora, lo cierto es que no estás perdido. Probablemente no necesites hacer retiro espiritual, un viaje más lejos, una terapia más larga, meditar más o incluso sufrir más… Probablemente lo que necesitas es conectar contigo y tomar decisiones. Eres una persona en continua evolución. Aceptar eso te alejará de la mística y te devolverá el poder de crear, de moldear y de rehacer tu vida.
Referencias Bibliográficas:
Boyce, C. J. et. Al (2013) Is Personality Fixed? Personality Changes as Much as “Variable” Economic Factors and More Strongly Predicts Changes to Life Satisfaction. Social Indicators Research; 111(1): 287-305.
Costa, P. T. et. Al. (2000) Personality at Midlife: Stability, Intrinsic Maturation, and Response to Life Events. Assessment; 7(4): 365-378.



Deja una respuesta