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El mito de escuchar siempre al corazón: cuando las emociones te sabotean

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Mujer con corazón rosa en mano
Las emociones pueden jugarnos malas pasadas. [Foto libre: Pexels]

Durante mucho tiempo nos han vendido una idea tan romántica como peligrosa: si no sabes qué hacer, solo tienes que escuchar a tu corazón. Lo dicen en las películas, los poemas, las canciones y hasta en los discursos motivacionales. De hecho, suena bien, tiene fuerza y hasta transmite una sensación reconfortante porque, en el fondo, nos dice que en nuestro interior existe una especie de brújula emocional que siempre sabe cuál es el camino correcto.

El problema (siempre hay uno), es que las emociones no siempre son buenas consejeras. Son mensajeros extraordinarios para informarnos sobre nuestro estado interno porque nos señalan qué nos importa, nos duele, nos asusta o deseamos. Pero de ahí a convertirlas automáticamente en una guía para tomar decisiones hay un largo camino.

La gran confusión entre los sentimientos y la realidad

Una de las trampas más frecuentes de la mente consiste en confundir la fuerza de una emoción con la validez de una conclusión. Muchas emociones son tan intensas que nos hacen creer que son la realidad.

Así, sacamos conclusiones precipitadas. Por ejemplo, podemos pensar que si nos sentimos inseguros, es porque no estamos preparados. Si experimentamos miedo, es porque existe un peligro real y si sentimos culpa es porque hicimos algo terrible.

Pero las emociones no son detectores de verdad, sino señales internas, lo que significa que están sujetas a diferentes interpretaciones. El hecho de que tengamos miedo no significa, objetivamente, que exista algo a lo cual temer.

Imaginemos una alarma de incendios. Su función es avisarnos de que podría haber un fuego, pero que suene no significa que haya un incendio en curso necesariamente, primero deberíamos comprobar qué ocurre.

Con las emociones deberíamos hacer algo parecido. La culpa no siempre significa responsabilidad y la inseguridad no siempre es sinónimo de falta de capacidad o de preparación. Así como el entusiasmo tampoco garantiza que una decisión sea buena o que llegue a buen puerto.

Las emociones son para sobrevivir, no para acertar

La parte emocional de nuestro cerebro no evolucionó para ayudarnos a tomar buenas decisiones, sino tan solo para mantenernos vivos y a salvo. Y no es lo mismo. Desde una perspectiva meramente evolutiva, resulta mucho más seguro detectar riesgos donde no los hay que ignorar una amenaza real. O sea, es mejor pasarnos de precavidos.

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Por eso, nuestro sistema emocional tiende a ser exageradamente sensible. La ansiedad, por ejemplo, suele comportarse como un vigilante hiperactivo que prefiere lanzar diez falsas alarmas antes que pasar por alto un peligro auténtico.

Si escucháramos siempre lo que nos dice, probablemente rechazaríamos excelentes oportunidades laborales, evitaríamos conversaciones importantes, no nos involucraríamos en relaciones sentimentales y terminaríamos viviendo en una zona de confort cada vez más pequeña.

Paradójicamente, muchas de las experiencias que más nos ayudan a crecer producen emociones incómodas al principio, como mudarse a otro sitio, cambiar de trabajo, poner límites o cortar una relación tóxica. En todos esos casos, escuchar exclusivamente al corazón podría conducirnos exactamente en la dirección contraria a la que necesitamos avanzar.

Cuando las emociones se ponen al volante

El neurocientífico Antonio Damasio demostró que las emociones son imprescindibles para tomar decisiones. A través del mecanismo que denominó marcadores somáticos, las emociones nos indican a través del cuerpo si algo nos gusta o disgusta.

Pero una cosa es que participen en la decisión y otra muy distinta es que la dicten por completo. Imaginemos que la mente es un coche. Las emociones deberían ocupar un asiento relevante dentro de ese vehículo porque aportan información valiosa sobre la carretera.

El problema surge cuando dejamos que se pongan al volante porque las emociones pueden describir nuestras vivencias presentes, pero son mucho menos fiables para anticipar consecuencias futuras. La ira quiere actuar ahora. La ansiedad quiere evitar lo que sea que nos dé miedo ahora. La tristeza quiere retirarse del mundo ahora. La euforia quiere lanzarse ahora. Todas comparten la misma característica: nos empujan a vivir el instante.

De hecho, un estudio realizado en el University College de Londres reveló que solemos sobrestimar el impacto emocional que los hechos tendrán sobre nuestra vida. O sea, pensamos que sufriremos más o que nos alegraremos más de lo que finalmente ocurre. La reflexión, en cambio, nos permite incorporar una dimensión temporal más amplia. Es vital para anticipar qué podría ocurrir mañana, dentro de una semana o al cabo de un año.

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El corazón también tiene sesgos

Las emociones también están llenas de distorsiones. A menudo lo que sentimos está influenciado por el cansancio, el estrés, las experiencias pasadas, nuestras viejas heridas emocionales, los prejuicios o los estados de ánimo temporales.

Una persona que ha sufrido varias traiciones puede ver señales de abandono donde no existen. Alguien que creció sintiendo que era insuficiente puede percibir rechazo incluso en situaciones neutrales. Una persona agotada emocionalmente puede concluir que ha dejado de amar algo, cuando lo que le falta es la energía para disfrutar.

En todos esos casos, el corazón habla, pero a través de filtros que no siempre reflejan la realidad ni nos llevan a tomar la mejor decisión. Por eso, es importante que comprendamos que escuchar las emociones no significa obedecerlas.

Escuchar una emoción significa prestarle atención y comprender que su mensaje es útil, pero su propuesta quizá no tanto. Las emociones deberían ser consultoras, no directoras generales. Su trabajo consiste en aportar información, pero la decisión final requiere algo más: perspectiva, reflexión, valores y contexto.

La verdadera sabiduría emocional

Las personas emocionalmente inteligentes no son las que siguen siempre su corazón sino las que son capaces de mantener un diálogo fluido entre la emoción y la razón. Esa sabiduría emocional les permite escuchar lo que sienten sin convertirse en esclavas de ello. Reconocen sus impulsos sin actuar automáticamente y aceptan sus emociones sin confundirlas con los hechos.

Porque, al final, el corazón puede señalar aquello que importa, pero no siempre puede decir cuál es el mejor camino para llegar hasta allí. Y la verdadera madurez psicológica consiste precisamente en eso: aprender a escuchar nuestras emociones, sin entregarles las llaves de nuestra vida.

Referencia:

Sevdalis, N. & Harvey, N. (2007) Biased forecasting of postdecisional affect.Psychological Science; 18: 678-681.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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