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Estrés, el cajón de sastre donde escondes tus traumas

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Mujer estresada
¿Y si el estrés no fuera el problema, sino el síntoma de algo más profundo? [Foto libre: Pexels]

“Estoy estresado” es, probablemente, una de las frases más repetidas y representativas de nuestro tiempo. Y no es para menos puesto que, al decir del filósofo Byung-Chul Han, vivimos en la sociedad del cansancio.

Sin embargo, el estrés se ha convertido en una especie de explicación universal, un cajón de sastre donde cabe casi todo: el cansancio, el mal humor, la irritabilidad, la falta de motivación, la desconexión emocional, el miedo… Si algo no encaja del todo, nos sentimos agotados, explotamos sin razón aparente o estamos más irritables que de costumbre, lo atribuimos al estrés. Y con eso, de cierta forma, cerramos el asunto.

El problema es que esa explicación, aunque cómoda, a menudo es incompleta.

El estrés como explicación externalizante

Cuando atribuimos todo (o casi todo lo que nos ocurre o lo que sentimos) al estrés, muchas veces lo que estamos haciendo es externalizar la responsabilidad emocional. Cuando decimos que estamos estresados por el trabajo, por las obligaciones o incluso por una relación tóxica, desplazamos el foco hacia fuera, como si el malestar fuera una consecuencia inevitable de circunstancias externas.

El origen parece estar en la agenda, en el jefe, en las reuniones, en la falta de tiempo… Y sí, todo eso contribuye. No hay dudas de que vivimos en entornos exigentes, sobrecargados de estímulos, con una enorme presión por rendir y una falta de descanso real. Sin embargo, el estrés no es tanto la causa como el resultado. Es más bien una señal, un síntoma de algo que está ocurriendo por debajo del radar, la expresión de cómo nuestro sistema psicológico está gestionando (o dejando de gestionar) lo que nos ocurre.

En ese sentido, me preocupa un fenómeno que estoy notando cada vez más: usar el estrés como una etiqueta para simplificar lo complejo y evitar mirar hacia dentro. El problema es que de esa forma, podemos eliminar temporalmente el estrés, pero el malestar de fondo se mantiene irresuelto y saldrá otra vez a la luz cuando el estrés vuelva.

El cerebro bajo estrés

El estrés es fundamentalmente una respuesta neurofisiológica diseñada para prepararnos para responder rápidamente a las amenazas. La liberación de cortisol y adrenalina tienen el objetivo de empujarnos a actuar, no a pensar.

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Cuando se mantiene de forma crónica a lo largo del tiempo, afecta a las áreas del cerebro implicadas en la regulación emocional y el pensamiento reflexivo, especialmente la corteza prefrontal. Esta región es clave para reinterpretar lo que sentimos, ponerlo en perspectiva y modular las respuestas impulsivas.

Cuando su funcionamiento se ve comprometido, perdemos parte de esa “capa racional” que normalmente amortigua el impacto emocional de las situaciones. Entonces, lo que antes gestionábamos relativamente bien, como el miedo, la frustración, la tristeza o la inseguridad, aparece con más intensidad en nuestra vida.

Desde fuera lo llamamos estrés. Pero desde dentro, muchas veces, es una mezcla de emociones que ya estaban ahí, esperando la ocasión para expresarse. En práctica, el estrés solo hace saltar el filtro racional de la autorregulación.

Una forma sencilla de entenderlo es imaginar que el estrés es como un sacacorchos. Cuando estamos bien, recurrimos a diferentes mecanismos de regulación emocional para mantener el equilibrio. De cierta forma, esos mecanismos actúan como un “tapón” que nos ayuda a sonreír aunque no tengamos ganas o a responder asertivamente aunque estemos enfadados por dentro.

El estrés retira ese “tapón” y permite que todo el contenido emocional salga con más fuerza. De hecho, no es casual que muchas personas lo describan como un estado que las desborda. No se debe únicamente al exceso de tareas u obligaciones, sino a que pierden el control emocional.

En condiciones de estabilidad, muchas de esas emociones se mantienen contenidas o suavizadas por nuestras rutinas, roles sociales y mecanismos de control interno. Pero cuando el sistema se sobrecarga, esa estructura de regulación se debilita. Lo que emerge no es necesariamente nuevo, probablemente es algo que ya existía, pero que habíamos reprimido en nuestro interior. Por eso el estrés puede sentirse tan intenso y confuso. No es solo la situación actual, sino todo lo que saca a flote en términos de regulación emocional.

El coste de no mirar hacia dentro

El problema de usar el estrés como explicación única es que nos impide afinar la comprensión de lo que nos pasa. Recurrir al estrés como etiqueta universal socava la granularidad emocional. Si todo es estrés, no necesitamos preguntarnos qué parte de lo que sentimos tiene que ver con el miedo al fracaso, la necesidad de control, la autoexigencia excesiva o con las dificultades para poner límites o zanjar conflictos latentes.

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Y sin esa exploración introspectiva, la solución también se simplifica. Podríamos convencernos de que bastará con cambiar de trabajo, delegar más tareas, desconectar unos días o terminar una relación. Y quizá todo eso sea necesario para reequilirarnos, pero a veces no aborda el núcleo del problema.

Porque si lo que hay debajo es una dificultad para tolerar la incertidumbre o una tendencia a la autoexigencia constante, el estrés volverá a aparecer en otro contexto. Ergo, nos pasaremos gran parte de la vida achacando al estrés lo que realmente es un problema emocional más complejo cuya solución .

Escuchar el mensaje del estrés

Quizá la clave radique en no obsesionarnos tanto con el estrés y, en vez de buscar formas de aliviarlo, preguntarnos: “¿qué está dejando de controlar mi sistema interno?”. De esta forma, el estrés ya no será tanto un enemigo a combatir como un indicador de lo que pasa dentro. Será una señal de que algo en la regulación emocional se ha desbordado o se ha vuelto insuficiente.

A veces el estrés señala un cansancio real. Otras veces revela miedo acumulado. O una vida que se rige demasiado por las expectativas externas. O tal vez una desconexión progresiva de las propias necesidades. No hay una única respuesta. El estrés solo nos dice que existe una distancia creciente entre lo que vivimos y lo que somos capaces de procesar internamente.

Por consiguiente, debemos entender que el estrés no es el final de la historia, sino el punto donde el sistema emocional empieza a hablar más alto y más claro. Y si escuchamos con un poco más de atención, podremos entendernos mejor, sacar a la luz viejos problemas emocionales y resolverlos. Curiosamente, cuando lo hacemos, es probable que el estrés también se reduzca, como una consecuencia natural.

Referencia:

Arnsten, A. (2009) Stress signalling pathways that impair prefrontal cortex structure and function. Nat Rev Neurosci; 10: 410–422.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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