
Cada vez que se acerca la Navidad, ocurre algo “extraño”. Las calles se iluminan, los villancicos resuenan por doquier y, de repente, se espera que todos sintamos alegría, gratitud, amabilidad y calidez.
Como resultado, la Navidad se convierte en una especie de teatro gigante donde a cada persona se le asigna un guion con reglas emocionales predeterminadas que debe seguir sin mucho margen para la improvisación.
Sin embargo, la presión por expresar emociones positivas durante la Navidad y fingir que todo está bien no es solo una norma social un tanto peculiar, sino que tiene consecuencias psicológicas muy reales.
Fingir que somos felices empeora nuestro estado de ánimo
En 2011, un grupo de psicólogos de la Universidad Estatal de Michigan dio seguimiento durante dos semanas a 58 conductores de autobuses, quienes debían completar dos encuestas al día reportando sus estados afectivos.
Los investigadores descubrieron que aquellos que realizaban más acciones superficiales, como fingir la sonrisa, comunicaban un empeoramiento del estado de ánimo. Cuando regresaban a casa se sentían más irritables, enfadados o tristes.
Durante las fiestas, solemos decir cosas como “¡Qué alegría verlos a todos!”, aunque en realidad estamos tan agotados que preferiríamos habernos quedado tumbados en el sofá de casa. O “agradezco pasar tiempo en familia”, cuando en realidad tememos que la cena vuelva a convertirse en un campo de batalla como el año anterior.
Ese esfuerzo por interpretar un papel y proyectar emociones que en realidad no sentimos termina siendo agotador. Y nos pasa una factura elevada. Por eso, no es extraño que algunas personas después de las fiestas navideñas se sientan más irritables, enfadadas, tristes o vacías.
Ocultar las emociones también afecta a los demás
Tener que seguir un guion emocional durante la Navidad no solo afecta a quien se siente obligado a esconder lo que siente. En 2003, psicólogos de la Universidad de Stanford pidieron a parejas de personas que no se conocían que debatieran sobre un tema controvertido.
Sin embargo, una de ellas debía ocultar lo que sentía para transmitir una imagen más positiva o neutral. Los investigadores comprobaron que fingir las emociones durante las interacciones sociales:
- Aumenta el estrés cardiovascular de ambos interlocutores.
- Reduce la compenetración e inhibe la formación de vínculos.
En otras palabras, esconder las emociones, fingir que estamos bien y que todo va estupendamente no solo es agotador, sino que tiene efectos mensurables en el cuerpo e incluso afecta a quienes nos rodean, erosionando la calidad del vínculo.
Durante la Navidad, ese esfuerzo emocional se hace evidente en situaciones cotidianas. En las cenas familiares, cuando sonríes ante momentos incómodos o finges entusiasmarte con regalos que no te gustan. O en las fiestas de la oficina, cuando te ríes de chistes que no tienen sentido, solo porque todos los demás se rieron.
Todas esas pequeñas “actuaciones” van sumando.
Cambiar la forma de ver y vivir la Navidad
Desde la infancia, absorbemos los mensajes culturales sobre la Navidad: grandes sonrisas, armonía familiar, momentos mágicos… Las películas los refuerzan. La publicidad los refuerza. Las redes sociales, sin duda, los refuerzan.
Esos mensajes se convierten en una especie de guion emocional que se supone que debemos recitar con fluidez. Pero la vida no es una obra de teatro. No se puede pasar de la tristeza a la alegría solo porque el calendario marque el 25 de diciembre.
En su lugar, podríamos replantearnos nuestra visión de estas fechas.
La Navidad es un momento para conectar – pero eso también puede significar reconectar contigo mismo. Con lo que sientes y deseas.
La Navidad es un momento para compartir – pero eso también puede implicar contarles a los demás cómo te sientes. Decirles qué necesitas y cómo te pueden ayudar.
La Navidad es un momento para dar – pero eso también puede servir para dejar de exigirte más de lo que puedes ofrecer. Empezar a ahorrar tu energía y respetar tus ritmos.
Algunas personas sienten una felicidad genuina en estas fechas y se contagian fácilmente de lo que llamamos «espíritu navideño». Pero muchas otras experimentan estrés, fatiga, tristeza o incluso entumecimiento emocional. Y eso también es perfectamente válido. Lo importante es que no te sientas obligado a interpretar un papel con el que no te sientes cómodo.
Tal vez el gesto más saludable – y el mejor regalo – por estas fechas no sea reunirnos más ni esforzarnos por esbozar nuestra mejor sonrisa, sino escucharnos con menos juicio. Aceptar que no todos vivimos la Navidad del mismo modo y que eso, lejos de alejarnos, puede servir para unirnos más.
Referencias:
Scott, B. A. & Barnes, C. M. (2011) A Multilevel Field Investigation of Emotional Labor, Affect, Work Withdrawal, and Gender. Academy of Management Journal; 54(1): 116-136.
Butler, E. A. et.Al. (2003) The social consequences of expressive suppression. Emotion; 3(1): 48-67.



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