
Todos hacemos gaslighting. La diferencia estriba en que algunos lo hacen a propósito, con alevosía y mala intención, para manipular. Y otros lo hacemos sin darnos cuenta. Se produce en una conversación de pareja, una discusión entre amigos o un recuerdo compartido que no encaja del todo con la memoria de la otra persona.
Cuando alguien dice: “eso no fue así” y el otro le rebate: “te equivocas, fue tal cual”, nadie piensa en manipulación. Nadie se ve a sí mismo como la persona que distorsiona la realidad del otro. Y, sin embargo, lo cierto es que hay dos versiones del mismo hecho compitiendo por imponerse.
Y es que cuando hablamos de gaslighting, solemos imaginar situaciones extremas como las que se producen en las relaciones tóxicas, la manipulación deliberada o el abuso emocional, pero existe una forma mucho más sutil y extendida que rara vez se nombra: el gaslighting involuntario. Ese no nace de la intención de dañar, sino de algo más humano y quizá hasta mucho más incómodo de admitir: nuestra tendencia natural a interpretar, reconstruir y, a veces, hasta querer imponer nuestra versión de la realidad.
No recordamos, reconstruimos lo que vivimos
Solemos pensar que nuestra memoria funciona como un almacén fidedigno al que recurrimos cuando necesitamos recuperar un recuerdo. Pero en realidad no es así, o al menos no del todo. La memoria tiene un carácter más reconstructivo.
Cada vez que recordamos algo, no accedemos a un «archivo» intacto, sino que lo reinterpretamos a partir de nuestras creencias, emociones y contexto actual. De hecho, estudios recientes han confirmado que cada vez que recuperamos un recuerdo, lo actualizamos con nueva información en la memoria, un mecanismo conocido como reconsolidación.
Ya en 1979, la psicóloga Elizabeth Loftus había mostrado que la memoria no es tan fiel a los hechos como pensábamos y que se puede manipular con relativa facilidad. En uno de sus experimentos, hizo que 45 personas vieran vídeos de accidentes de coche y les pidió que estimaran las velocidades usando diferentes palabras. Constató que cuando usaba verbos como “aplastar” en vez de “golpear”, los participantes reportaban velocidades más altas e incluso recordaban haber visto cristales rotos que no existían en el vídeo.
En otros experimentos posteriores, incluso logró que las personas recordaran eventos que nunca ocurrieron o alteraran detalles clave de experiencias reales. No es que quisieran mentir, es que su memoria se había reconfigurado. El problema es que no eran conscientes de ese cambio.
Eso significa que cuando dices “eso no pasó así”, probablemente no estás mintiendo, solo estás defendiendo una versión que, para ti, es completamente real – aunque quizá no lo sea.
La necesidad de tener razón
Más allá de la buena o mala memoria, hay otro factor en juego que nos conduce al gaslighting: la necesidad psicológica de coherencia. Y es que a nadie le gusta sentirse confundido o, peor aún, equivocarse.
Nuestro cerebro está diseñado para buscar consistencia, de manera que lo que pensamos, recordamos y sentimos encaje en una narrativa coherente a lo largo del tiempo. Por eso, cuando colisionan dos versiones de un mismo hecho, no solemos adoptar una posición neutral, sino que tendemos a defender nuestra versión con más ahínco del necesario, como si en ello nos fuera la vida.
¿Por qué lo hacemos? Debido a la disonancia cognitiva. Cuando algo contradice nuestra percepción o nuestras creencias, nos sentimos incómodos. Y para aliviar esa incomodidad psicológica, nuestra mente hace lo que mejor se le da: reorganiza la realidad. Ajustamos recuerdos, reinterpretamos intenciones, suavizamos detalles o directamente descartamos aquello que no encaja. Lo hacemos de forma automática, sin mala intención y, en la mayoría de los casos, incluso sin ser conscientes de ello.
El problema es que, en ese intento de reencontrar nuestro equilibrio, podemos invalidar la experiencia del otro. No porque queramos manipularle, sino simplemente porque intentamos proteger nuestra coherencia interna a como dé lugar. No nos damos cuenta de que, defender nuestra versión no solo implica afirmar lo que creemos que ocurrió, sino, muchas veces, cuestionar la vivencia ajena.
Entonces aparece la fricción en las relaciones. Sin percatarnos, convertimos una diferencia de perspectiva y recuerdos en una lucha por la validez, de manera que alguien tiene que estar equivocado (preferentemente no nosotros).
Gaslighting sin villanos, pero con consecuencias
A diferencia del gaslighting patológico, donde hay una intención clara de manipular, el gaslighting involuntario carece de un “villano”. Es más difuso, ambiguo y automático, y precisamente por eso, más difícil de detectar.
De hecho, puede producirse en relaciones sanas, entre personas que se quieren y se respetan. Adopta la forma de correcciones constantes, negaciones categóricas o reinterpretaciones insistentes. Sin embargo, el hecho de que se haga sin mala intención no significa que no tenga consecuencias.
El riesgo está en la acumulación, no en los episodios aislados. Cuando alguien nos pone continuamente en tela de juicio, nos dice repetidamente que nuestra percepción es incorrecta o nos hace dudar de lo que hemos vivido, empieza a erosionarse la confianza en uno mismo.
Poco a poco, podemos dejar de fiarnos de nuestras vivencias y empezar a buscar validación externa para interpretarlas. Nos preguntamos constantemente: “¿y si estoy exagerando?” o “¿y si lo recuerdo mal?”. Y ahí es donde el gaslighting empieza a calar y a hacer daño.
Es un cambio sutil, pero con el tiempo genera inseguridad, indecisión y una creciente dependencia de la mirada del otro para confirmar qué es “real” y qué no. Cuando aprendemos a desconfiar de lo que sentimos o recordamos, nuestra identidad también se resiente. Es probable que empecemos a inhibirnos: hablamos menos, nos cuestionamos más y evitamos entrar en conflicto por miedo a estar equivocados.
A largo plazo, eso puede traducirse en una baja autoestima, una sensación de confusión permanente y una dificultad creciente para tomar decisiones. Y lo más paradójico es que todo eso puede producirse sin deseo de dañar, simplemente a base de pequeños “desmentidos” cotidianos.
¿Cómo evitar caer en el gaslighting involuntario?
Lo primero, y más importante, es comprender que la realidad no es subjetiva, pero nuestra percepción de la realidad sí lo es. Este juego de palabras significa que no vemos la realidad tal cual, sino filtrada a través de nuestra historia, emociones y expectativas. Y tampoco recordamos los hechos tal como pasaron, sino que los reconstruimos en nuestra memoria para que encajen con nuestra narrativa vital (una narrativa que, dicho sea de paso, también va cambiando).
Por si fuera poco, tendemos a sobreestimar nuestra objetividad. Creemos que nuestra versión es la más cercana a los hechos, cuando en verdad es tan solo una interpretación más. Por tanto, no tiene sentido discutir para imponer una realidad.
En segundo lugar, conviene cambiar el enfoque. O sea, en vez de discutir por qué ocurrió “de verdad”, podría ser más productivo centrarnos en cómo lo vivió el otro. Quizá no estemos de acuerdo con su versión, pero al menos podemos reconocer su experiencia.
A fin de cuentas, para la relación es mucho más beneficioso saber cómo experimentó esa persona los hechos, más que intentar imponer una narrativa. Cuando compartimos nuestras experiencias y puntos de vista, lo que estamos haciendo es poner en común sentimientos que refuerzan la conexión.
En tercer y último lugar, también ayuda incorporar matices en el lenguaje. En vez del categórico: “no fue así”, vale la pena probar con un “yo lo recuerdo de otra manera”. Ese pequeño cambio reduce la confrontación y abre espacio al diálogo y a diferentes perspectivas.
Obviamente, la idea de que todos podemos manipular la realidad de los demás, aunque sea sin querer, no es especialmente reconfortante porque cuestiona nuestra idea de que somos personas justas, racionales y objetivas. Sin embargo, también abre la puerta a una comprensión más profunda y compleja de nuestra memoria y las relaciones interpersonales. Asumir que todos podríamos hacer gaslighting involuntario nos permitirá escuchar mejor, matizar más e imponer menos. Y a fin de cuentas, eso es más importante que imponer una narrativa.
Referencias:
Lee, J. L. C. et. Al. (2017) An Update on Memory Reconsolidation Updating. Trends Cogn Sci; 21(7): 531-545.
Loftus, E. F. (1979) The Malleability of Human Memory: Information introduced after we view an incident can transform memory. American Scientist; 67(3): 312-320.



Deja una respuesta