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¿Por qué guardas cosas que ya no usas? Estas son las 5 razones psicológicas

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Chica con cajas
Las cosas que deciden guardar hablan de tus miedos, apegos y negaciones. [Foto libre: Pexels]

¿Tienes en tu armario ropa que no usas desde hace años? ¿O quizá alguna caja sin abrir de la última mudanza? ¿O tal vez guardas regalos que nunca te han gustado? Todos esos objetos que conservas, pero nunca utilizas, cuentan una historia psicológica mucho más profunda.

A fin de cuentas, nuestras posesiones no son simples objetos, les atribuimos significados y están ligadas a recuerdos y emociones, por lo que en muchos casos incluso forman parte de lo que se denomina el “yo extendido”. Según Russell Belk, nuestra identidad no se limita a nuestro cuerpo o nuestra mente, también se extiende a algunas posesiones, por lo que todas esas cosas que guardas “por si acaso”, pueden ofrecer pistas sobre tus miedos, apegos o incluso ciertas cosas que te niegas a reconocer.

1. La ropa que ya no usas, sinónimo de una identidad pasada

Todos tenemos alguna prenda que lleva años ocupando espacio en el armario inútilmente. Puede ser un pantalón de cuando teníamos 20 años, una camiseta de la universidad completamente descolorida, un traje de gala que hace siglos no usamos… Básicamente, ropa de una etapa en la que éramos bastante diferentes.

¿Por qué cuesta tanto desprenderse de ella?

En muchos casos, porque no estamos guardando simplemente ropa, estamos intentando conservar una identidad. Esa ropa representa una versión de nosotros que quizá fue feliz, exitosa, más delgada, más joven o simplemente distinta. Por eso, deshacernos de ella puede sentirse, inconscientemente, como renunciar a esa parte de nuestra historia.

Sin embargo, madurar emocionalmente implica aceptar que no todas nuestras versiones tienen que acompañarnos para siempre. Algunas simplemente cumplieron su función y ya no nos sirven. Por tanto, si una prenda ya no refleja quién eres ni hacia dónde te diriges, quizá haya llegado el momento de dejar que otra persona le dé una nueva vida.

2. Los libros que nunca lees, la representación de la persona que querías ser

Las estanterías también cuentan historias. Hay libros que compramos con mucha ilusión y los leemos y releemos. Otros también los compramos con mucha ilusión, pero nunca pasamos de la tercera página. Puede ser un clásico de la filosofía, un manual para aprender japonés, un libro de crecimiento personal o incluso una novela de moda que nunca llegó a encajar con nuestros gustos.

Todos esos libros que no leemos, pero que tampoco tiramos, representan a la persona que nos gustaría ser. Los compramos movidos más por una aspiración que por un interés real. Quizá en su momento nos entusiasmó la idea de aprender japonés o leer a Jung para afrontar nuestras sombras, pero ese interés se desinfló rápidamente y los libros se han quedado como mudos testigos de lo que no fue.

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El problema es que tirarlos significaría, por una parte, asumir que hemos hecho una mala inversión y, por otra, renunciar a esa versión más profunda, curiosa, conocedora o idealizada de nosotros mismos. Eso explica por qué los libros que nunca lees siguen acumulando polvo en tu biblioteca.

Si es tu caso, el mejor ejercicio que puedes hacer consiste en preguntarte con honestidad: ¿todavía quiero leerlos o solo quiero pensar que algún día los leeré?

3. Los regalos que no te gustan, el emblema de la culpa

Parece contradictorio, pero los objetos más difíciles de desechar suelen ser los que nunca quisimos tener. Puede ser un jarrón que no encaja para nada con nuestra decoración, la taza que solo usamos cuando nos visita quien nos la regaló o el suéter navideño que no nos ponemos ni siquiera en Navidad.

¿Por qué siguen ahí?

La respuesta es sencilla: muchas personas vinculan el acto de guardar ese regalo con el afecto. Creen que deshacerse del objeto es una especie de traición o muestra de desagradecimiento. Como resultado, acaban convirtiendo su casa en un almacén de objetos que ni disfrutan ni usan.

Conservar algo únicamente por miedo a decepcionar a otra persona también puede ser una forma silenciosa de anteponer constantemente las necesidades ajenas a las propias o una expresión de fidelidad extrema.

Obviamente, no se trata de ser malagradecidos, pero tampoco de ocupar espacio en casa con regalos que no te resultan útiles ni te representan. En esos casos, permitir que tengan una segunda vida donándolos suele ser la mejor opción.

4. Los objetos duplicados, una expresión de miedo a la carencia

Dos linternas. Tres cafeteras. Cuatro cargadores. Tres tijeras… Todo “por si acaso”. Muchas personas acumulan objetos o no se atreven a tirar los que tienen, aunque estén viejos y prácticamente inservibles, porque están convencidas de que algún día serán imprescindibles.

De cierta forma, es un comportamiento normal ya que nuestro cerebro está diseñado para anticipar riesgos y evitar quedarnos sin recursos. Sin embargo, cuando acumular cosas se convierte en una estrategia permanente de búsqueda de seguridad, puede estar reflejando un miedo más profundo: la sensación de que el futuro será impredecible y de que no tendremos suficientes recursos para afrontarlo.

Este patrón suele ser habitual tras épocas de incertidumbre económica o en personas que han vivido experiencias de escasez. Obviamente, no se trata de eliminar cualquier reserva razonable, pero es importante distinguir entre una previsión útil y la acumulación impulsada por el miedo porque esta última incluso puede conducir a la acumulación compulsiva.

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5. Las cajas que llevan años cerradas, símbolo de decisiones congeladas

¿Todavía tienes cajas sin abrir de la última mudanza que llevan tiempo acumulando polvo en un sótano o en el desván? Es más común de lo que parece y no siempre es por pereza, procrastinación o falta de tiempo. En realidad, esas cajas pueden encerrar las decisiones pendientes.

Pueden contener proyectos que nunca empezamos, material para una afición que abandonamos hace mucho tiempo o recuerdos de una etapa de nuestra vida que no sabemos si conservar o dejar atrás. Lo curioso es que mientras la caja permanezca cerrada, todas esas posibilidades siguen vivas (al menos en nuestra mente).

En cambio, abrirla nos obliga a decidir el destino de esas cosas. Y decidir siempre implica renunciar a algo que tal vez en algún momento nos hizo ilusión o que todavía no somos capaces de dejar ir. Por eso, muchas personas prefieren mantener esas posibilidades suspendidas, en vez de enfrentarse a la realidad.

Sin embargo, mantener en suspenso esas decisiones solo consume energía mental porque, aunque no pienses en ello a diario, las elecciones que no se toman en realidad se mantienen activas en el subconsciente, generando tensión. Por eso, lo mejor suele ser darte un plazo para decidir qué hacer con esas cosas. Al final, te sentirás más ligero.

¿Y si el cambio empezara por vaciar un cajón?

Normalmente pensamos que primero debemos sanar o pasar página para después ordenar nuestra casa y desprendernos de ciertas cosas, pero a veces ocurre justo al revés. Los estudios muestran que el exceso de desorden visual aumenta la carga cognitiva, dificulta la concentración e incluso incrementa la sensación subjetiva de estrés.

Cuando reducimos ese “ruido ambiental” podemos experimentar una mayor sensación de control y claridad mental. Obviamente, eso no significa que vaciar un armario vaya a resolver nuestros problemas emocionales, pero puede ser un pequeño acto simbólico de cambio.

Cada objeto que decidimos conservar debe responder a la pregunta: “¿esto puede seguir formando parte de la vida que quiero construir?”. De la misma forma, los objetos de los que podríamos deshacernos representan una parte de nosotros que ya no necesitamos o un pedazo de nuestra historia vital que ha quedado atrás.

Quizá por eso tantas personas experimentan una inesperada sensación de alivio después de vaciar un armario o una habitación. Y es que no están simplemente tirando cosas, sino soltando expectativas, culpas, miedos o identidades que llevaban demasiado tiempo ocupando espacio mental. Porque, a fin de cuentas, nuestra casa y nuestra identidad mantienen un diálogo constante.

Referencias:

Woody, S. R. et. Al. (2021) Effect of environmental clutter on attention performance in hoarding. Journal of Obsessive-Compulsive and Related Disorders; 31: 100690.

Belk, R. W. (1989) Extended Self and Extending Paradigmatic Perspective. Journal of Consumer Research; 16(1): 129-132.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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