
Imagina la siguiente situación: llevas años haciendo algo de cierta manera. Te funciona. Quizá no sea perfecto, pero cumple su función y ya lo dominas. Entonces aparece alguien que te muestra una alternativa mejor: más rápida, más eficiente o más sencilla. ¿Qué haces?
La mayoría de las personas respondería que cambiaría. ¡Obviamente! Sin embargo, lo cierto es que muy pocas lo hacen realmente porque tenemos una fuerte tendencia a aferrarnos a lo conocido, incluso cuando existe una alternativa objetivamente mejor.
Psicólogos de la Universidad de Australia Occidental descubrieron que las personas más inteligentes también son las más dispuestas a abandonar una estrategia cuando aparece una mejor. Puede parecer que han descubierto el agua tibia, pero su estudio revela que quizá la inteligencia no consista únicamente en buscar soluciones, sino también en la capacidad para saber cuándo es momento de dejar atrás ciertos hábitos.
El experimento que puso a prueba la flexibilidad mental
Para investigar este fenómeno, los investigadores diseñaron una serie de tareas bastante ingeniosas. Básicamente, más de 300 participantes debían resolver dos problemas: recorrer un laberinto o abrir un candado.
La clave radicaba en que les enseñaron la forma concreta de resolver los problemas, pero una vez que las personas habían aprendido y puesto a prueba la solución inicial, los científicos les mostraban una alternativa novedosa. Pero había trampa: a veces la solución nueva era mejor, otras veces igual de eficaz y, en algunos casos, peor.
La pregunta que se plantearon los investigadores era sencilla: ¿las personas cambiarían de estrategia cuando tenían una mejor o seguirían utilizando la que ya conocían y dominaban?
Los resultados fueron reveladores.
El hábito que distingue a las personas más inteligentes
Los investigadores constataron que la mayoría de las personas preferían quedarse con la solución conocida que ya les había funcionado para resolver los problemas. En otras palabras, el cerebro mostraba una clara preferencia por lo familiar.
Hasta aquí nada especialmente sorprendente. Lo interesante apareció cuando analizaron las diferencias individuales. Entonces descubrieron dos excepciones: las personas más abiertas a la experiencia y aquellas que habían tenido puntuaciones más altas en los test de inteligencia.
Sin embargo, las personas más abiertas a la experiencia (un rasgo de personalidad que describe la tendencia a la curiosidad, imaginación e interés por nuevas ideas y experiencias) solían cambiar de solución, pero a menudo a elegían las que planteaban caminos similares o peores.
Las personas inteligentes, en contraposición, no perseguían cualquier novedad, sino que evaluaban la calidad de la nueva información y solo la adoptaban si consideraban que era mejor. O sea, abrazaban las nuevas soluciones, dejando atrás la vieja, pero solo cuando esta era evidentemente superior. Si las nuevas soluciones no aportaban ventajas reales, eran menos propensas a dejarse seducir por ellas.
Eso revela que las personas inteligentes
- Están menos atadas a sus costumbres y hábitos
- Son más propensas a abrazar los cambios
- Evalúan cuidadosamente las ventajas y desventajas de la novedad
De hecho, este estudio desmonta un mito muy extendido según el cual las personas inteligentes son más innovadoras, rebeldes o disruptivas. Todo parece indicar que la inteligencia no consiste en buscar constantemente la novedad, sino en la capacidad para reconocer cuándo lo nuevo es realmente mejor.
Básicamente, la curiosidad nos empuja a explorar, pero la inteligencia nos ayuda a discriminar. La curiosidad nos anima preguntarnos qué hay fuera mientras que la inteligencia nos hace cuestionarnos si realmente merece la pena cambiar. Por supuesto, ambas cualidades son importantes, pero cumplen funciones distintas en la vida.
El verdadero aliado del aprendizaje
La mayoría de las personas piensa que aprender consiste en añadir más información, pero en ocasiones es justo lo contrario. Para aprender y avanzar, muchas veces necesitamos desprendernos de ciertos conocimientos, hábitos o creencias que ya no resultan útiles o que incluso pueden estar obstaculizando nuestra evolución.
El psicólogo Alvin Toffler expresó esta idea de forma brillante cuando escribió que los analfabetos del siglo XXI no serían quienes no supieran leer o escribir, sino quienes no fueran capaces de aprender, desaprender y volver a aprender.
El estudio apunta en esa dirección. La inteligencia no solo nos ayuda a adquirir nuevos conocimientos y solucionar problemas, también nos permite discernir y despojarnos de lo que se ha quedado obsoleto para abrazar algo nuevo que realmente pueda aportarnos algo interesante.
No es la novedad por la novedad. Las personas más inteligentes parecen poseer una especie de humildad intelectual que les permite salir de sus propios marcos de pensamiento. No se aferran a una idea simplemente porque les resulte familiar, pero tampoco adoptan una nueva solo porque sea diferente. Lo que hacen es evaluar, comparar y, si la evidencia lo justifica, cambiar de opinión.
Referencia:
Burtenshaw, T. et. Al. (2026) Individual differences in intelligence and personality guide human social learning. Personality and Individual Differences; 253: 113639.



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