
En un mundo cada vez más globalizado, millones de personas reciben terapia en una segunda lengua. Migrantes, expatriados, estudiantes internacionales o profesionales que viven en otro país suelen recurrir a terapeutas que hablan el idioma local. Sin embargo, elegir el idioma para hacer terapia no es precisamente una cuestión baladí.
Ya en la década de 1940, el propio Freud notó, tras la migración de muchos psicoanalistas de Alemania y Europa central a países de habla no alemana, que tratar a pacientes que hablaban un idioma diferente suponía ciertos desafíos adicionales e influía en los resultados del tratamiento.
No es para menos puesto que la psicoterapia transcurre fundamentalmente a través del lenguaje, por lo que cuando las palabras cambian, también puede cambiar la forma en que sentimos, recordamos y sanamos.
Las emociones nacen en un idioma
La lengua materna no es simplemente el primer idioma que aprendemos. Es también el idioma en el que nos consolaron cuando llorábamos, en el que experimentamos nuestras primeras emociones y en el que recibimos afecto o críticas. Es el idioma en el que solemos darle vueltas a nuestras preocupaciones y a través del cual nos transmitieron ciertas normas y valores.
Por eso, las emociones profundas suelen estar estrechamente ligadas a la lengua en la que las vivimos. Diversos estudios han encontrado que los recuerdos autobiográficos suelen recuperarse con más intensidad emocional cuando se evocan en el idioma en el que fueron codificados originalmente. O sea, si una experiencia importante ocurrió en español, recordarla en español suele hacer que se sienta más cercana, vívida y emocionalmente significativa que si la contamos en inglés, alemán o francés.
La clave radica en que el aprendizaje del lenguaje y el desarrollo de las emociones van de la mano. Por ejemplo, podemos asociar la palabra “madre” a la seguridad y el apego mientras que la palabra “saudade” representa para los portugueses una mezcla de amor, pérdida y deseo por algo o alguien que ya no está, pero sigue emocionalmente presente.
Los circuitos lingüísticos no se desarrollan al margen de las emociones, por lo que muchas palabras de la lengua materna terminan teniendo una carga afectiva mayor. Al margen de que algunas ni siquiera tienen una traducción precisa en otros idiomas. Y eso tiene implicaciones terapéuticas evidentes.
La distancia emocional en una lengua aprendida
Una persona puede contar perfectamente un episodio doloroso de su vida en una segunda lengua y, sin embargo, sentirse relativamente desconectada de él. No porque esté evitando conscientemente la emoción, sino porque el propio idioma genera cierta distancia psicológica.
De hecho, en 1950 el psicoanalista y psiquiatra Ralph R. Greenson sugirió que hablar en otro idioma en la terapia podía equipararse a un mecanismo de defensa, una forma de racionalización o intelectualización de la experiencia.
En realidad, el hipocampo, una estructura clave para la memoria autobiográfica, guarda los recuerdos junto con el contexto lingüístico, de manera que cuando recuperamosuna vivencia del pasado usando las mismas claves que durante el aprendizaje original, la recuperación suele ser más rica y completa.
Por ejemplo, si tus padres se divorciaron cuando tenías diez años y todo ese proceso ocurrió en español, recordar esa experiencia en ese mismo idioma activa más pistas asociadas al recuerdo original que en inglés. De cierta forma, el idioma funciona como una “clave de acceso” a la memoria.
No es casual. Se ha constatado que laamígdala responde con mayor intensidad a la lengua materna. Al medir lasrespuestas fisiológicas de personas bilingües que escuchaban palabras con una gran carga emocional, desde insultos hasta expresiones culturales, así como recuerdos traumáticos en su lengua materna, estas mostraban:
- Mayor conductancia de la piel (indicador de activación emocional)
- Aumento de la frecuencia cardíaca
- Respuestas neurovegetativas más intensas.
En cambio, esas mismas expresiones en una segunda lengua generan una reacción emocional más débil. Obviamente, no es que la persona no entienda las palabras, sino que su sistema afectivo responde con menor intensidad.
No cabe dudas de que ese distanciamiento puede ser útil en ciertos momentos ya que permite hablar de experiencias difíciles sin sentirse completamente desbordado. Pero también puede convertirse en una barrera cuando el objetivo es procesar emocionalmente lo ocurrido. Porque una cosa es contar una historia. Otra muy distinta es sentirla.
Cuando volver al idioma de origen desbloquea la terapia
La distancia que facilita hablar, también puede obstaculizar la sanación. Porque la terapia psicológica no consiste únicamente en describir lo que ocurrió, también implica conectar emocionalmente con la experiencia, darle significado y procesarla. Y muchas personas solo logran acceder a ese universo emocional más profundo cuando regresan a su lengua materna.
De hecho, cuando los psicólogos trabajamos con personas bilingües podemos pasar semanas o meses hablando la segunda lengua cuando, de repente, la persona cambia de idioma. Puede ser una frase, una expresión o a veces simplemente una palabra, pero es suficiente para que algo cambie radicalmente. Entonces la voz se quiebra y las emociones se desbordan porque el relato deja de ser una narración y se convierte en una experiencia profundamente personal.
Obviamente, eso no significa que toda terapia deba hacerse obligatoriamente en la lengua materna. No existe una regla universal, pero es conveniente que te preguntes: ¿en qué idioma te sientes más tú? A veces, una segunda lengua ofrece la distancia necesaria para abordar experiencias dolorosas sin sentirse desbordado. Otras veces, sin embargo, es precisamente esa distancia la que impide acceder al núcleo de lo que duele y procesarlo adecuadamente.
Al fin y al cabo, la psicoterapia no consiste únicamente en encontrar las palabras adecuadas para explicar lo que nos ocurre, sino en usar aquellas que nos permitan sentirlo, comprenderlo y transformarlo. Y para muchas personas, esas palabras siguen siendo las mismas del idioma en el que aprendieron a nombrar el miedo, el amor, la pérdida y la esperanza, mucho antes de imaginar que algún día necesitarían hablar de ellas en una consulta.
Referencias:
Harris, C.L. et. Al. (2006) When is a first language more emotional? Psychophysiological evidence from bilingual speakers. In: Pavlenko, A. (ed.), Bilingual Minds. Emotional Experience, Expression and Presentation. Clevedon: Multilingual Matters.
Marian, V. & Kaushanskaya, M. (2004) Self-construal and emotion in bicultural bilinguals. Journal of Memory and Language; 51: 190–201.
Harris, C. L., Ayçiçeği, A., & Gleason, J. B. (2003) Emotional reaction to taboo words and reprimands in native and foreign language. Applied Psycholinguistics; 24(4): 561–579.
Greenson, R.R. (1950) The mother tongue and the mother. International Journal of Psycho analysis; 31: 18–23.



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