
Hay momentos en la vida en los que sentimos que, hagamos lo que hagamos, nada cambiará. Es como si nuestras acciones fuesen gotas de agua en el océano: insignificantes e inútiles. En algunos casos, esa sensación puede ser fruto del cansancio o la frustración por no avanzar, pero en otras ocasiones se debe a un fenómeno psicológico conocido como la ilusión de futilidad.
Cuando el control es real… pero no lo vemos
En 2011, un grupo de psicólogos de las universidades de Harvard, Carnegie Mellon y California llevaron a cabo una serie de experimentos en los que se preguntaron: ¿y si la ilusión de control dependiera, justamente, del grado real de control que tenemos?
En los experimentos, los participantes realizaban una tarea en la que podían influir en el resultado con dos niveles distintos de efectividad:
- Bajo control: solo un 15 % de probabilidad de éxito.
- Alto control: un 85 % de probabilidad de éxito.
Cuando el nivel de control era bajo, los participantes sobreestimaban su influencia, cayendo en lo que se conoce como ilusión de control. Sin embargo, lo sorprendente fue que cuando su control real era elevado, tendían a subestimarlo, lo que se conoce como ilusión de futilidad.
Los investigadores explican que cuando nuestro nivel de control es bajo, tendemos a exagerarlo como una estrategia para compensar la incertidumbre o para alimentar la esperanza. En cambio, cuando tenemos un nivel de control elevado, no solemos ser plenamente conscientes de hasta qué punto realmente podemos influir en los resultados o simplemente nos asusta pensar que todo depende en gran medida de nosotros.
El problema de fondo: aprendemos a no esperar nada
Esta subestimación conduce, inevitablemente, a la desmotivación, la inacción y, por ende, a la confirmación de la profecía inicial: no sirve de nada intentarlo.
Por ejemplo, imagina que estás buscando empleo. Te inscribes a dos ofertas y como no recibes respuesta, concluyes que “el mercado está fatal, da igual lo que haga, nadie me va a contratar”. Pero lo cierto es que cuantos más currículos envíes, mayores serán las probabilidades de que te llamen para una entrevista y te contraten. En ese caso, tienes un buen margen de control sobre la situación, pero si caes víctima de la ilusión de futilidad, tirarás la toalla rápidamente.
Lo mismo ocurre con la salud: sabemos que hacer ejercicio mejora el bienestar físico y mental, pero muchos abandonan a las dos semanas porque no ven resultados. O con las finanzas: entendemos que cada pequeño gasto cuenta, pero seguimos comprando por impulso pensando “total, son solo cinco euros…”. Son ámbitos en los que nuestras acciones marcan la diferencia, pero no lo percibimos así. ¿Por qué?
En realidad, nuestro cerebro no está tan interesado en la objetividad como en la protección. Cuando algo nos frustra repetidamente, aprendemos a disminuir las expectativas. Es una especie de mecanismo de defensa: si no espero nada, no me decepciono. Pero esa resignación es peligrosa, porque transforma los márgenes de acción en desidia crónica.
Lo preocupante es que la ilusión de futilidad puede convertirse en una narrativa general que apliquemos a la vida y nos lleve a pensar que todo esfuerzo es inútil. Y una vez instalados en ese creencia, cuesta mucho levantar cabeza. Nos volvemos pasivos, cínicos y desconectados. Es como apagar una luz que funciona, solo porque creemos que está rota.
Cuando caemos en la ilusión de futilidad, no es que no podamos hacer nada por mejorar nuestra situación, es que creemos que no vale la pena intentarlo. Hay una brecha entre el control real que tenemos y el control percibido, y es precisamente en esa brecha donde se instala la futilidad.
¿Cómo combatir la ilusión de futilidad?
La sociedad moderna, con su ritmo acelerado y su foco en los resultados instantáneos, no ayuda precisamente a valorar los cambios que se gestan a fuego lento. Sin embargo, para evitar caer en la ilusión de futilidad podemos tomar algunas medidas:
- Toma conciencia de tus márgenes reales de acción. No se trata de pensar que eres Superman o Superwoman, sino de identificar las áreas en las que realmente puedes marcar la diferencia. ¿Puedes mejorar tu currículum? ¿Puedes ahorrar aunque sea una pequeña cantidad al mes? ¿Puedes caminar 20 minutos al día aunque no corras una maratón? Si es así, hazlo.
- Celebra los efectos acumulativos. Muchos de los beneficios de nuestras acciones no son visibles a corto plazo. Pero eso no significa que no existan. Comer bien un día no transformará tu salud, pero la mejorará si lo haces durante todo un año. El cambio no se ve enseguida, pero se está gestando.
- Desconfía del “da igual”. Cada vez que pienses “no sirve de nada” o “es lo que hay”, detente y pregúntate: ¿esto es una evaluación racional o una reacción de desánimo disfrazada de certeza? Spoiler: muchas veces es lo segundo.
- Busca retroalimentación externa. Habla con alguien de confianza sobre lo que estás haciendo. A menudo, desde fuera es más fácil ver el progreso que uno no percibe. Un observador externo también podría darte ideas sobre lo que podrías hacer para alcanzar tus objetivos.
- Recuerda tus logros pasados. ¿En qué momentos hiciste algo que parecía inútil y terminó dando frutos? Tener memoria emocional de nuestras victorias nos protege de la ilusión de futilidad porque nos recuerda que a veces cuando nos esforzamos, podemos lograrlo.
No todo está perdido… aunque a veces lo parezca
La ilusión de futilidad es un espejismo peligroso: nos hace creer que no vale la pena actuar justo cuando más cuenta hacerlo. Es un sesgo que nos desconecta de nuestro poder, nos empuja a la pasividad y nos impide construir cambios positivos en nuestra vida.
Reconocer este fenómeno psicológico nos permite recuperar el control en esos momentos en los que realmente podemos marcar la diferencia, aunque a priori no nos lo parezca. Así que la próxima vez que pienses “esto no va a servir de nada”, recuerda: puede que no estés viendo el impacto real de tus acciones… pero existe. No tires la toalla demasiado pronto.
Referencia Bibliográfica:
Gino, F. et. Al. (2011) Keeping the illusion of control under control: Ceilings, floors, and imperfect calibration. Organizational Behavior and Human Decision Processes; 114(2): 104-114.



Deja una respuesta