
¿Alguna vez has dicho algo en un momento de enfado o frustración y, al minuto siguiente, has querido tragarte tus palabras? Nos ha pasado a todos (sí, incluso a los psicólogos).
Puede haber sido un comentario desafortunado fruto de la frustración, una recriminación injusta en medio de una discusión acalorada o una generalización demoledora en un momento de tristeza o angustia. La impulsividad verbal es uno de nuestros enemigos.
El desafuero que luego lamentamos
La impulsividad es un mecanismo automático del cerebro. Cuando nos sentimos atacados, frustrados o nerviosos, nuestro sistema límbico (la parte emocional del cerebro) se activa y toma la delantera. La corteza prefrontal, que es la zona responsable del razonamiento y el control de impulsos, queda temporalmente en un segundo plano. Sufre lo que se conoce como “secuestro emocional”. Traducción: hablamos primero, pensamos después.
Cuando estamos demasiado involucrados emocionalmente, nuestra percepción se estrecha: vemos amenazas donde no las hay, exageramos los errores ajenos y el sarcasmo se nos escapa, blandiéndolo cual si fuera una espada para defendernos. Al día o al minuto siguiente, la frase que soltamos nos parece ridícula o incluso hiriente.
Si a la intensidad emocional le sumamos el estrés y la fatiga cotidiana, se vuelve aún más probable que digamos cosas de las que después nos arrepintamos, simplemente porque nos cuesta más contenernos para responder de manera reflexiva y serena.
En ese estado, nuestro cerebro tiene menos recursos disponibles para considerar las consecuencias de nuestras palabras. Lo confirma una investigación llevada a cabo en la Universidad de Kyushu en la que se constató que, efectivamente, los estados emocionales intensos provocan una menor activación de las áreas prefrontales, empujándonos a actuar impulsivamente.
El peligro de las palabras dichas en caliente
Las consecuencias de estas explosiones verbales es doble. Por un lado, podemos herir a los demás, a veces de manera bastante profunda. Por otro lado, dañamos nuestras relaciones, en ocasiones de manera irreversible.
Las palabras dichas no se borran, por lo que resulta muy difícil retractarse. Podemos pedir perdón, pero la herida de una frase hiriente puede quedarse grabada con fuego y a menudo supura en otras discusiones, saliendo a colación en forma de reproches, rencor o desconfianza.
Además, la impulsividad verbal suele generar un efecto bola de nieve muy difícil de contener. Cuando decimos algo desagradable, la otra persona se defiende y nosotros volvemos al ataque. Como resultado, lo que podría haber sido un pequeño desacuerdo acaba convirtiéndose en una discusión de proporciones épicas.
Lo confirma un estudio realizado en la Universidad de St Andrews según el cual, el aumento de las emociones negativas incrementa las probabilidades de caer en la impulsividad verbal, lo que genera a su vez una respuesta defensiva en el otro. Y todo por no haber respirado un par de segundos antes de hablar.
Por consiguiente, decir las cosas sin filtrar puede hacer que las discusiones escalen y causen heridas emocionales difíciles de sanar. Y eso no solo sucede en la pareja, sino también en el trabajo, con los amigos y en la familia.
¿Cómo controlar la impulsividad verbal con una simple pregunta?
Existen mil y una técnicas psicológicas para controlar la ira y la impulsividad, desde asumir una distancia emocional aplicando el «tiempo fuera» hasta intentar convertirnos en un observador externo. Sin embargo, cuando las cosas están a punto de desmadrase, hay un atajo más sencillo y eficaz que consiste en detenerte y preguntarte: “¿diría esto estando en calma?”.
- Haz una pausa y respira. Parece simple, pero respirar profundamente antes de responder te da el tiempo necesario para que la corteza prefrontal vuelva a estar al mando. Incluso un par de segundos pueden marcar una gran diferencia porque tranquilizan al cerebro y reducen la impulsividad.
- Repite mentalmente lo que vas a decir. Antes de hablar, repite en tu mente lo que estás a punto de decir y pregúntate con sinceridad: “¿Podría repetir eso mañana cuando esté calmado?” Si la respuesta es negativa, será mejor que lo reformules.
No se trata de convertirnos en monjes tibetanos ni de callarnos todo lo que pensamos, pero sí de aprender a responder en vez de reaccionar, eligiendo con más cuidado las palabras que usamos, siendo conscientes de su impacto. A la larga, eso se traducirá en más ecuanimidad y paz interior, por lo que es un cambio que realmente vale la pena.
Referencias:
McCurry, A.G. et. Al. (2024) Both partners’ negative emotion drives aggression during couples’ conflict. Commun Psychol; 2(73): 10.1038.
Sohn, J. H. et. Al. (2015) Effect of emotional arousal on inter-temporal decision-making: an fMRI study. J Physiol Anthropol; 34(8): 10.1186.



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