
¿Lees un artículo y cuando llegas al final no recuerdas prácticamente nada? ¿Lees un libro y al apenas se te quedan tres ideas generales cogidas con pinzas?
No eres el único. Todos hemos caído en esa lectura rápida, distraída y automática alguna que otra vez. Nuestros ojos pasan por las palabras, pero las palabras no pasan por nosotros. Sin embargo, cuando esa forma de leer convierte en la norma tenemos un problema. Y no es precisamente pequeño. Me refiero a la lectura zombie, un mal cada vez más extendido que no tiene visos de ceder.
¿Qué es la lectura zombie exactamente?
La lectura zombie no es un término técnico, sino más bien una metáfora para describir una experiencia cada vez más común en la que la lectura se despoja de la atención plena y, como resultado, no hay inmersión en el texto ni comprensión profunda y mucho memos recuerdo.
Se refiere a un fenómeno cognitivo que nos empuja a consumir rápidamente el contenido para luego olvidarlo a la misma velocidad. Es una forma de leer en la que avanzamos rápido, consumiendo las palabras como si fueran calorías, pero en realidad no “digerimos” lo que leemos.
La comprensión lectora, crónica de una muerte anunciada en la era de la velocidad
Para mí, la lectura no es solo una ventana al conocimiento, siempre ha estado revestida de un halo de placer. Estar a solas con un libro, degustar quedamente las palabras y luego repasarlas para construir algo nuevo sobre el andamiaje que han ido construyendo en mi mente es un proceso muy satisfactorio.
Por desgracia, cada vez hay menos personas que encuentran satisfacción en la lectura y, por ende, es una habilidad (y un placer) que se va perdiendo.
El último informe Evaluación de Competencias de la Población Adulta 2023 de la OCDE reveló que en muchos países las competencias en comprensión lectora de la población adulta han disminuido considerablemente o se han estancado durante la última década.
En España, por ejemplo, el 31% de los adultos obtuvieron una puntuación correspondiente al nivel 1 o inferior, lo que significa que su nivel de competencia lectora es extremadamente bajo. En Italia esa cifra ascendió al 35% y en Estados Unidos fue del 28%. En países como Nueva Zelanda, Korea, Polonia y el propio Estados Unidos, la caída en la comprensión lectora superó con creces los 10 puntos, en comparación con el año anterior.
Para tener una idea de la magnitud del problema baste saber que el Nivel 1 implica que las personas solo comprenden textos breves y listas organizadas y no son capaces de extraer una información si no está claramente indicada. O sea, no son capaces de hacer inferencias y conectar ideas medianamente complejas o que no sean expresadas de una manera muy simple.
Si miramos al otro extremo del espectro encontramos que solo el 12% de los adultos son capaces de comprender y evaluar textos largos y densos de varias páginas, captar significados complejos u ocultos y utilizar sus conocimientos previos para comprender el contenido. En pocas palabras, nos estamos encaminando hacia una sociedad de analfabetos funcionales.
Particularmente, hace años que vengo constatando ese deterioro en la comprensión lectora. Ya nadie lee un correo de tres párrafos (los de toda la vida) y menos aún un artículo largo. Desde hace un par de años tengo que escribir con viñetas bien diferenciadas y oraciones cada vez más cortas y aún así, cuesta que los lectores aferren la idea y el contenido. De hecho, no es casualidad que la IA escriba desgranadamente y uno termine pareciéndosele, es que ese es prácticamente el único formato que puede llegar al gran público, salvo honrosas excepciones.
Más allá de este paréntesis catártico, el caso es que entender cada vez menos lo que leemos implica una pérdida de profundidad que acaba influyendo en nuestras decisiones cotidianas. La comprensión lectora no es una simple habilidad académica, es una herramienta de pensamiento crítico. Si tienes una buena comprensión lectora no solo entenderás lo que dice un texto, sino que serás capaz de evaluar argumentos, detectar contradicciones y conectar ideas en diferentes contextos. Sin esa competencia, el pensamiento crítico se empobrece y la capacidad para tomar buenas decisiones se resiente.
La lectura zombie, ¿por qué aparece justo ahora?
Durante siglos, leer fue sinónimo de contemplación. Nos deteníamos en las palabras, reflexionábamos, volvíamos atrás, subrayábamos y conectábamos ideas. Sin embargo, el auge de los medios digitales y la infoxicación han modificado radicalmente ese ritual.
Por un lado, estamos bombardeados continuamente de información, mucha de ella de escasa calidad, que solo apela a nuestras emociones y no invita a la reflexión sino al clic fácil y la opinión impulsiva. Por otro lado, mientras leemos tenemos que lidiar con los estímulos incesantes de las pantallas: timelines interminables, notificaciones que parecen urgentes, vídeos que llaman más la atención que la palabra escrita…
En ese mundo hipersaturado e hiperdemandante, caemos en los brazos de la multitarea con la esperanza de ser más eficientes. Obviamente, podemos hacer varias cosas a la vez (pero no podemos hacerlas bien). Un cerebro que salta entre apps, chats y noticias tiene dificultades para detenerse y comprender un texto más extenso y complejo.
A la larga, ese “estar en todo” reduce nuestra atención y afecta nuestra capacidad de concentración, que son los “ladrillos” con los cuales construimos la comprensión y el pensamiento crítico. Cuando dejamos de dialogar con el text, la lectura se convierte en un hábito de consumo automático, como cuando nos desplazamos por la galería de fotos del móvil sin detenernos en ninguna.
Como la economía de la atención ha terminado imponiéndose en nuestra sociedad, premiando lo inmediato y castigando lo lento, nuestros hábitos cognitivos se han ajustado. Por ende, en vez de leer para comprender, leemos para “certificar” que hemos leído, lo que se traduce en una lectura sin asimilación.
En este sentido, el periodista Nicholas Carr ya avisaba en 2011 en su libro The Shallows (obra que recomiendo) que la web (y las redes sociales en especial) nos entrena para la superficialidad, moldeando nuestra atención de forma que la lectura profunda se vuelve menos natural y más exigente, hasta el punto que la desechamos.
Esa lectura zombie acaba dañando nuestra capacidad de concentración y contemplación, causa un déficit en la capacidad de almacenamiento de los hechos en la memoria y afecta irremisiblemente el procesamiento de la información; o sea, nuestro pensamiento.
Ya no se trata de leer, sino de entender
Durante mucho tiempo hemos creído que la velocidad es un valor en sí mismo y que avanzar rápido es sinónimo de progreso. Queremos trenes más rápidos, Internet a la velocidad de la luz, entregas de paquetes en cuestión de horas y respuestas inmediatas. Pero en la lectura, como en la vida, eso puede ser una falacia peligrosa.
Ir rápido puede significar no detenerse a pensar, cuando el pensamiento es precisamente lo que distingue a un lector zombie de un lector consciente. La lectura profunda requiere paciencia, atención y reflexión. No hay atajos.
Leer sin comprender, de manera descuidada con la mente en otro sitio, es habitar un lenguaje sin sentido, como caminar sin saber hacia dónde nos dirigimos. Por desgracia, una vez que hemos caído en la lectura zombie, toca reconfigurar el cerebro. Y eso requiere mucha paciencia y perseverancia.
Necesitamos reaprender a conectar con las palabras en silencio y estando plenamente presentes, evitando que otros estímulos nos distraigan. Al mismo tiempo, debemos hacer una pausa, en vez de saltar directamente a otra cosa cuando terminemos de leer porque es en ese espacio en el que procesamos y hacemos nuestro el contenido.
Y es que la lectura profunda no es un lujo ni un capricho académico, es esencial para nuestra mente. Reconocerlo, en un mundo que celebra la velocidad y la superficialidad, es el primer paso para dejar de ser un lector zombie y recuperar la lectura como un acto de atención, reflexión y sentido en el que aprendemos y crecemos.



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