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Mantener la calma está (muy) sobrevalorado: ¿Por qué es mejor que dejes de tragarte lo que sientes?

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Mujer cometiendo un error
¿Y si mantener la calma no fuera siempre lo mejor? [Foto libre: Pexels]

Nos han enseñado que mantener la calma es sinónimo de madurez. Que ante una crítica, lo mejor es respirar hondo. Que si alguien nos hiere (incluso con saña y alevosía), debemos contar hasta diez. Que perder los nervios es señal de debilidad, falta de control e inmadurez emocional. En definitiva, que debemos ser un monje zen – o al menos parecerlo.

Los estoicos fueron unos de los primeros en abrazar la ecuanimidad como meta y los psicólogos nos hemos hecho eco de esa idea, de manera que poco a poco hemos ido interiorizando un mensaje muy claro: sentir intensamente está mal; mostrarlo, aún peor.

Pero lo cierto es que, en muchas situaciones, mantener la compostura no solo requiere un enorme esfuerzo, sino que además puede ser contraproducente y muchas veces ni siquiera vale la pena. Y es que ser capaz de mantener la calma puede ser un súper poder en algunas ocasiones, pero no siempre, sobre todo si tenemos que fingir.

La presión por ser “emocionalmente correctos”

La gestión emocional se ha convertido prácticamente en un mandato. Expresiones como “responde con calma”, “no te lo tomes a la tremenda” o “sé racional” resuenan por doquier, como si fueran la única forma válida de relacionarnos con los demás y con lo que sentimos. La intención es buena. No se puede negar. Prometen ayudarnos a evitar conflictos, promover el autocontrol y preservar las relaciones.

Sin embargo, en la práctica, eso puede conducir a una autoexigencia emocional constante y desmedida. Como si sentir rabia, tristeza o frustración fuera un fallo que debemos corregir lo más rápido posible y que, obviamente, no debemos atrevernos a mostrar.

La idea de base es que cualquier emoción intensa debe ser filtrada, suavizada o incluso silenciada antes de salir al exterior. Y todo eso en nombre (supuestamente) de la asertividad. Pero en realidad eso no es asertividad, sino represión emocional. Y en algunos casos hace más daño que bien.

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De hecho, mantener la calma no siempre es sinónimo de equilibrio. A veces, simplemente es una forma sofisticada de desconectarnos de nosotros mismos, sobre todo cuando para responder con “serenidad” ante situaciones que nos afectan profundamente, nos obligamos a reprimir lo que sentimos realmente.

Las personas que nunca se enfadan, no se alteran y siempre responden con calma no son, necesariamente, las que saben regularse mejor. A veces, simplemente han aprendido a esconder lo que sienten. Y eso, a largo plazo, suele conducir a la frustración, el resentimiento y un gran desgaste emocional.

A fin de cuentas, no somos robots. Sentir no es el problema, el verdadero problema es no ser capaces de expresar adecuadamente esas emociones. Y «adecuadamente» no significa reprimirlas ni esconderlas.

El valor de expresar lo que sentimos

Las emociones son señales que debemos escuchar, pistas interiores que nos ayudan a orientarnos en el mundo, indicándonos lo que nos agrada y hace felices pero también lo que nos daña o disgusta. El enfado suele avisar de que algo nos ha parecido injusto o invasivo. La tristeza aparece para decirnos que hemos perdido algo importante.

Cuando alguien hace un comentario que nos ha resultado humillante, lanza una crítica destructiva, opina sin tener idea de nuestra vida o pasa olímpicamente de nuestras necesidades, no es necesario que escondamos nuestra frustración, decepción o enfado detrás de una máscara de serenidad.

De hecho, las emociones también son señales externas que usamos desde hace siglos para comprender el impacto de nuestras acciones y poder ajustar nuestro comportamiento en consecuencia. Eso significa que en las relaciones, no solo importa lo que decimos, sino cómo lo decimos.

No es casual que procesemos más rápido las emociones que las palabras. Las Neurociencias han demostrado que las respuestas emocionales son más rápidas que las cognitivas y se procesan en áreas del cerebro que operan de forma bastante independiente, respondiendo antes que la corteza prefrontal, que es la principal encargada de la razón.

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Tampoco es casual que el contenido cargado de emoción supere significativamente al contenido neutral en velocidad de difusión y cobertura. Eso significa que las emociones aportan matices, contexto e intención al mensaje, llamando más la atención y dotándolo de un poder superlativo.

Cuando alguien percibe que estamos dolidos, enfadados o afectados de alguna manera, entiende mejor la importancia de lo que está ocurriendo y, con un poco de buena suerte, no volverá a repetirlo. Por eso, a veces un gesto serio, un tono firme o incluso un silencio cargado de emoción dicen más que cualquier argumento perfectamente estructurado.

La diferencia entre expresar y desbordarse

No obstante, el hecho de que no tengas que tragarte todo lo que sientes no te da carta blanca para gritar, humillar o reaccionar de forma impulsiva. Una cosa es expresar lo que sentimos y otra muy diferente es desbordarse. Lo primero es autenticidad, lo segundo es descontrol puro y duro.

La clave, como todo en la vida, radica en encontrar un punto intermedio. Puedes permitirte expresar la emoción sin dejar que tome el control absoluto sobre tu comportamiento. Puedes decir “eso me ha dolido” con gran tristeza o frustración sin necesidad de atacar al otro o perder los estribos.

Eso es asertividad real: no eliminar la emoción, sino integrarla para reforzar el mensaje que queremos transmitir. Si algo te dolió, irritó o entristeció, no tienes que esconderlo fingiendo ser invulnerable. Paradójicamente, esa claridad suele prevenir conflictos mayores porque evita malentendidos y muchas veces comunica los límites de forma más directa y clara que las palabras.

Referencias:

Cao, S., & Cao, N. (2025). How does emotion affect information communication: A multidimensional perspective. arXiv.

Phelps EA, LeDoux JE. (2005) Contributions of the amygdala to emotion processing: from animal models to human behavior. Neuron; 48(2): 175-187. 

LeDoux, J. E. (2000) Emotion circuits in the brain. Annu Rev Neurosci; 23: 155-184. 

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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