
“No es para tanto”. ¿Cuántas veces te han dicho eso o te lo has dicho a ti mismo, intentando restarle dramatismo a lo que te preocupa y te quita el sueño? Probablemente demasiadas veces, muchas más de las recomendables.
Así, poco a poco y con la mejor de las intenciones, acabas minimizando lo que sientes. Aprendes a restarle importancia a tus heridas, a ignorar tus sentimientos y fingir que no pasa nada. Aprendes a callar. A aguantar. A decir que estás bien cuando en realidad no lo estás.
Y todo eso, porque muchas personas a tu alrededor no entienden lo que te ocurre. Pero al decirte que no es para tanto, terminas creyendo que es cierto. Minimizas tus emociones, escondes tu sufrimiento bajo la alfombra y haces oídos sordos a las señales que te indican que algo no va bien.
El problema no es (solo) lo que te pasa, sino cómo te obligas a vivirlo
Cada quien vive las experiencias desde su biografía, su sensibilidad, sus expectativas y su contexto. No puede ser de otra manera. Y eso significa que lo que para alguien es una “tontería”, a otra persona puede causarle un impacto profundo. Ambas vivencias son perfectamente válidas.
Sin embargo, vivimos en una cultura que, de cierta forma, jerarquiza el sufrimiento. A veces, da la sensación de que existe una escala oficial del dolor según la cual, tu situación casi nunca acumula puntos suficientes como para darte permiso de llorar o simplemente sentirte mal. Un ejemplo fehaciente es cuando tu mascota enferma o muere.
Siempre hay gente que, en el intento de animarte, te dirá: “hay cosas más graves”, “no exageres” o “eso no es nada, yo pasé por algo peor”. Y aunque muchas veces lo digan sin mala intención, esas palabras invalidan el malestar y el sufrimiento, hasta el punto que empiezas a dudar de ti y comienzas a preguntarte si eres demasiado sensible, si realmente estás exagerando o si eres débil.
Por supuesto, cuestionarse y poner en tela de juicio nuestra visión de las cosas es sano y conveniente, pero de ahí a minimizar lo que sentimos e ignorar lo que nos preocupa solo porque los demás no lo entiendan hay un trecho enorme. Y en ese trecho habita nuestro bienestar emocional.
La ciencia lo confirma: minimizar las emociones daña
A inicios de 1990, la psicóloga Marsha Linehan alertó de que crecer o vivir en entornos donde se ignoran, ridiculizan o minimizan las emociones aumenta el riesgo de sufrir ansiedad, depresión, desregulación emocional e incluso desarrollar un trastorno limite de la personalidad.
Las personas cuyas emociones no son validadas no solo se sienten incomprendidas, sino que a menudo se avergüenzan de sus estados afectivos y acaban desarrollando comportamientos que las dañan.
Estudios más recientes sobre la regulación emocional indican que cuando alguien aprende a reprimir o cuestionar constantemente lo que siente, activa un patrón de estrés crónico. Como resultado, no debería extrañarnos que la supresión emocional se asocie con un peor bienestar psicológico, más síntomas depresivos y un deterioro en las relaciones.
En otras palabras, callar lo que sientes no te hace más fuerte, te vuelve más frágil por dentro porque es una forma de abandono o negligencia emocional. Cuando caes en la invalidación emocional, te haces lo mismo que otros te hicieron. No te escuchas, sino que te dices que no mereces atención ni cuidado. Y eso te va distanciando de ti mismo, vas construyendo una relación interna muy dura en la que te exiges resistencia a ultranza y no te permites descansar porque te convences de que no es para tanto.
Con el tiempo, eso genera un profundo agotamiento emocional, alimenta un resentimiento silencioso contigo mismo y extiende una sensación constante de vacío existencial.
No necesitas permiso para sentir lo que sientes
Uno de los aprendizajes más importantes y liberadores consiste en comprender que no necesitas justificar tus emociones. En la vida, quizá tengas que explicar tus creencias, fundamentar tus ideas o argumentar tus opiniones, pero no tienes que disculparte por lo que sientes.
No tienes que demostrar que lo que te duele fue “suficientemente grave”.
No tienes que convencer a nadie de lo que sientes o dejas de sentir.
Y tampoco tienes que compararte con los demás.
Lo que sientes es una experiencia profundamente personal. Puedes estar triste, enfadado, herido o decepcionado. Y todo eso es válido, aunque los demás no lo compartan ni lo entiendan.
Obviamente, eso no significa victimizarte ad infinitum, regodearte en el dolor ni instalarte en el drama. Simplemente significa reconocer lo que te pasa, ser consciente de lo que te afecta y permitirte sentirlo, simplemente porque es importante para ti, aunque para los demás no lo sea.
Curiosamente, las personas que son capaces de validarse y que no minimizan sus emociones suelen recuperarse antes, simplemente porque no gastan tanta energía en luchar contra lo que sienten. Y es que cuando aprendes a escucharte, validarte y tratarte con compasión, dejas de depender de que los demás legitimen tu dolor y empiezas a apoyarte en tus propios recursos. A la larga, eso no solo te hará más fuerte sino que también te ayudará a vivir más en paz, esa paz increíble que nace de vivir en sintonía contigo mismo.
Referencias:
Gross, J. J. & John, O. P. (2003) Individual differences in two emotion regulation processes: Implications for affect, relationships, and well-being. Journal of Personality and Social Psychology; 85(2): 348–362.
Linehan, M. M. (1993) Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. Guilford Press: New York.



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