
La muerte de un ser querido, la ruptura de una relación o incluso despedirnos de una etapa significativa de nuestra vida, implica sumergirnos en un territorio emocional complejo donde la linealidad se pierde entre los vericuetos del dolor.
Aunque hayas oído hablar de las etapas del duelo, un modelo que va desde la negación y la ira hasta la negociación, la depresión y finalmente la aceptación, lo cierto es que muchas veces ese proceso se despliega más como un río, con corrientes que nos arrastran hacia adelante y hacia atrás, con remolinos inesperados y zonas de calma que duran solo un instante.
Podemos sentirnos en paz y con todo superado cuando, de repente, un pequeño desencadenante nos devuelve al centro del dolor con punzadas tan intensas como los primeros días. Es importante ser conscientes de que no se trata de un fallo personal ni un retroceso, es tan solo la constatación de que nuestro sistema emocional está vivo, procesando la pérdida, ajustando la memoria y reorganizando nuestra vida interior.
El duelo no sigue un proceso lineal
Conocer las etapas del duelo es importante, pero también es fundamental saber que ese esquema no siempre describe de forma fiel la experiencia real de quienes sufren una pérdida. De hecho, en algunos casos incluso puede generar cierta ilusión de control o una presión por no “involucionar”, cuando lo cierto es que el sufrimiento rara vez sigue un calendario pautado. Lo habitual es que nos sorprenda con olas de tristeza, momentos de alivio que parecen traición y recuerdos que reaparecen cuando menos lo esperamos.
Experimentar esa montaña rusa de emociones a menudo genera confusión o culpa. Muchas personas sienten que “deberían” estar más adelante en su duelo o que ya tendrían que haber aceptado lo ocurrido y sentirse menos tristes. No obstante, esas expectativas rígidas solo sirven para añadir una presión innecesaria en un momento de extrema vulnerabilidad emocional.
El duelo es un proceso profundamente personal y único donde la combinación de emociones y pensamientos suele dar pie a cambios en nuestra identidad. La fluctuación entre dolor, nostalgia, ira, alivio y amor por lo que se fue no es signo de debilidad ni de retroceso, sino de adaptación y resiliencia en acción.
El modelo de procesamiento dual del duelo
El modelo de procesamiento dual del duelo indica que lo habitual es alternar entre enfrentar directamente la pérdida y centrarnos en reconstruir nuestra vida. Margaret Stroebe explica que en algunos momentos nos enfocamos en experimentar, expresar y dar sentido a la pérdida, lo que nos conduce a un estado de introspección.
Poco a poco van apareciendo pequeños episodios más orientados a la reconstrucción en las diferentes áreas de la vida que tienen el objetivo de canalizar hacia el exterior ese dolor experimentado durante la etapa de duelo más agudo.
Es por eso que a veces nos encontramos llorando por recuerdos o preguntándonos por qué ocurrió; otras, estamos ocupados en tareas cotidianas, en reconectar con amigos o en retomar proyectos que nos devuelven cierto sentido de control. Este vaivén es natural y necesario. No existe un orden fijo ni un tiempo determinado para ninguna de estas experiencias. La mente y el cuerpo necesitan moverse en estas olas aparentemente dicotómicas para poder integrar lo que ha cambiado.
Obviamente, la memoria juega un papel importante en ese tránsito por el duelo. Algunos días un olor, una canción o un gesto casual puede abrir una puerta a la tristeza, como si el pasado se colara en el presente. En otros momentos, esa misma memoria puede traer consuelo, recordándonos la profundidad del vínculo que tuvimos. Reconocer esta ambivalencia es clave para no juzgar nuestras emociones ni intentar apresurar un proceso que, por su propia naturaleza, no se deja apresurar.
Autocompasión, la clave para lidiar mejor con el sufrimiento
A menudo, las personas intentan buscar soluciones rápidas a su dolor. Quieren borrar la tristeza, acelerar la aceptación o simplemente olvidar para buscar refugio del sufrimiento. Sin embargo, intentar controlar cada emoción o evadir la pena generalmente solo prolonga la incomodidad y genera más ansiedad porque esas emociones se siguen cociendo en el inconsciente.
La experiencia clínica y la investigación muestran que la aceptación no significa ausencia de dolor, sino más bien reconocerlo, permitir que fluya y aprender a convivir con él. El duelo se integra cuando se le da espacio, no cuando se lo fuerza.
En vez de intentar presionarte para intentar cumplir un itinerario social, es mejor practicar la autoempatía. Reconocer que cada reacción, por inesperada o contradictoria que parezca, forma parte del proceso, nos permite apoyarnos sin vapulearnos. Hablar de lo que sentimos, escribirlo, expresarlo en arte o movimiento, compartirlo con personas de confianza, son todas formas de acompañarnos en ese momento difícil. La validación de la experiencia emocional reduce el estrés y favorece la integración de la pérdida.
De cierta forma, esas expansiones del dolor son un recordatorio de que la recuperación no es un punto de llegada, sino una transformación continua. Aprender a aceptar estas olas sin resistirse permite que el duelo cumpla su función, ayudándonos a adaptar y a construir nuevos significados.
A fin de cuentas, el duelo es un viaje que se recorre entre luces y sombras, con olas que nos mecen, nos estremecen y, finalmente, nos permiten reconstruirnos. Entenderlo como un proceso dinámico, complejo y profundamente humano nos da la libertad de vivirlo sin culpas ni prisas, y nos prepara para integrar la pérdida como parte de nuestra historia, con toda su intensidad.
Referencias Bibliográficas:
Larsen, L. H., Hybholt, L., & O’Connor, M. (2024) Lived experience and the dual process model of coping with bereavement: A participatory research study. Death Studies; 49(6): 743–754.
Stroebe, M. & Schut, H. (1999) The dual process model of coping with bereavement: rationale and description. Death Stud; 23(3): 197-224.



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