
Hace apenas unas décadas, escenas que hoy nos resultan familiares, habrían resultado sorprendente: alguien usando el GPS para llegar a un sitio donde ya ha estado o sacando el móvil para “recordar” un dato. ¿Para qué iba una persona a buscar algo que podemos memorizar?
Hoy, la mayoría de la gente piensa justo lo contrario: ¿para qué memorizar un número de teléfono si puedo guardar cientos en mi teléfono? ¿Por qué devanarse los sesos sacando una cuenta que una calculadora resuelve en segundos? ¿Para qué aprender algo si puedo buscarlo en Wikipedia o preguntarle a la Inteligencia Artificial? ¿O para qué fijarme en los detalles de la carretera si puedo poner el GPS una y otra vez?
Sin embargo, hoy no solo utilizamos la tecnología para buscar información puntualmente, sino que dependemos cada vez más de ella para todo. Esa dependencia tiene nombre: muletas cognitivas.
¿Qué son las muletas cognitivas?
Las muletas cognitivas son estrategias o herramientas que usamos para delegar las funciones mentales en algo externo, ya sea un papel como antaño, un dispositivo como el móvil o un sistema digital como la Inteligencia Artificial. La finalidad es liberar recursos mentales para destinarlos a otras tareas.
Obviamente, este fenómeno no es nuevo, las libretas, las listas de compras o las calculadoras han formado parte de nuestra vida desde hace tiempo, pero la llegada de internet y, más recientemente, de la Inteligencia Artificial, ha elevado esta práctica a niveles sin precedentes.
¿Qué pasa cuando usamos (mal) la tecnología?
El problema no es la herramienta, sino cómo la usamos. Recurrir a un calendario digital para recordar citas no es lo mismo que depender constantemente de un asistente digital a cada paso. Comprobar la fecha exacta de un evento histórico no es lo mismo que no saber qué había ocurrido. Cuando la tecnología deja de ser un complemento y se convierte en sustituto de un proceso mental básico, las consecuencias no se hacen esperar.
En 2011, investigadores de las universidades de Harvard, Columbia y Wisconsin publicaron un artículo en la revista Science el que acuñaron el término “efecto Google” para referirse al hecho de que cuando esperamos que la información esté siempre accesible online, no solemos memorizarla. De hecho, también se le conoce como “amnesia digital”.
Estos investigadores pidieron a un grupo de personas que leyeran varias frases. A la mitad se les hizo creer que las declaraciones se guardarían y estarían disponibles para consultar más adelante, a la otra mitad no. Al tener que escribir las frases, las personas que pensaban que estarían disponibles presentaron peor memoria.
Si vamos adelante en el tiempo, hasta 2025, un estudio experimental llevado a cabo en el MIT Media Lab encontró que personas que utilizaron IA generativa para realizar tareas académicas (como redactar ensayos o responder preguntas) mostraron menor activación neuronal y un rendimiento cognitivo peor que quienes trabajaron de manera más autónoma.
Además, los resultados asociados indicaron una tendencia hacia lo que los investigadores llaman pereza cognitiva: una menor activación en regiones cerebrales implicadas en el razonamiento, memoria y aprendizaje profundo. Los autores concluyeron que “las personas que solo trabajaban con su cerebro mostraron las redes más fuertes y distribuidas. Los usuarios de motores de búsqueda mostraron un compromiso moderado y los usuarios de la Inteligencia Artificial mostraban la conectividad más débil”.
Su conclusión es que “la actividad cognitiva se reduce con el uso externo de herramientas”. Eso no significa que la IA nos vuelva más “tontos” por arte de magia pero plantea una advertencia importante: cuando confiamos demasiado en estos sistemas para hacer el trabajo mental que nos debería corresponder a nosotros, el cerebro deja de ejercitar determinadas habilidades cognitivas. Y eso podría conducir, a medio y largo plazo, a su declive o incluso a su pérdida.
Memoria, pensamiento crítico y muletas mentales
La ciencia sugiere que el uso constante de herramientas externas, ya sea Internet o los asistentes de IA, influye en nuestra memoria y pensamiento, teniendo un efecto real en nuestras conexiones neuronales. En vez de esforzarnos por entender la información y encajarla en nuestro sistema de conocimientos, simplemente pasamos de largo porque sabemos que estará disponible.
Y puede que lo esté, pero confiar excesivamente en la tecnología podría limitar la consolidación de redes neuronales que sustentan la memoria a largo plazo y el pensamiento crítico. Usar muletas cognitivas continuamente suele fomentar un acercamiento más superficial a la información, de manera que no entrenamos procesos cognitivos como el análisis, la síntesis, la generalización o la recuperación de la información.
Obviamente, no se trata de demonizar la tecnología, sino de aprender a usar estas herramientas sin cederles el control. Eso significa recurrir a Internet para aprender, no como mero repositorio externo de información y usar la IA aguzando el sentido crítico. La tecnología no debería (y realmente tampoco puede, por mucho que nos intenten convencer de lo contrario) sustituir los procesos mentales básicos.
Al fin y al cabo, el cerebro humano ha evolucionado para procesar, integrar y crear significado. Delegar funciones puede ser útil, pero siempre y cuando mantengamos un papel activo.
Referencias:
Kosmyna, N. et. Al. (2025) Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task. En: MIT Media Lab. arXiv preprint arXiv:2506.08872
Sparrow, B., Liu, J. & Wegner, D. M. (2011) Google Effects on Memory: Cognitive Consequences of Having Information at Our Fingertips. Science; 333(6043): 776-778.



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