
“Si me animo, podré hacerlo”.
“Si tengo confianza, todo saldrá bien”.
“Si me motivo, lo conseguiré”.
“Si me siento mejor, podré ayudarlo”.
Todas estas formas de pensar encierran una trampa tan común que ni siquiera la vemos: la idea de que primero debemos alcanzar el estado de ánimo adecuado para después actuar. O sea, que para actuar bien, tenemos que sentirnos bien.
Y claro, siguiendo esa lógica, cuando uno no se siente bien, ¿qué hace? Nada. Se detiene. Se justifica. Se enroca. Se siente peor. Trata mal a los demás. Y así empieza un círculo vicioso del que es muy difícil salir.
Hipotecar la acción a las emociones
Vivimos en una época que ha elevado las emociones a la categoría de brújula moral, guía de conducta y medida de autenticidad. En el discurso contemporáneo – alimentado en gran medida por la autoayuda simplista, la cultura del bienestar y el optimismo tóxico – se ha instaurado la idea de que debemos sentirnos bien para hacer las cosas bien.
Como resultado, el estado emocional se ha convertido implícitamente en un requisito para la acción virtuosa, responsable o eficaz. La idea de que la acción depende del estado emocional está tan arraigada que creemos que sentir es la antesala del hacer y lo asociamos a la autenticidad y la coherencia emocional. Si estoy desmotivado, no produzco. Si me siento ansioso, me detengo. Si estoy enfadado, la pago con los demás…
Esta lógica convierte a la emoción en condición sine qua non, lo que puede empujarnos a vivir en un modelo en el que el afecto manda y la conducta obedece. Pero, ¿y si fuera una premisa errónea? ¿Y si actuar bien no dependiera de estar bien? ¿Y si, en muchos casos, actuar bien fuera precisamente lo que nos permite empezar a estar un poco mejor?
A fin de cuentas, ¿qué mérito tiene ser amable cuando todo marcha bien? ¿Qué profundidad tiene ser generoso cuando te sientes pleno? ¿Qué virtud hay en cumplir cuando todo en ti coopera? La verdadera dimensión moral de una acción muchas veces se revela cuando uno elige hacer lo correcto o lo necesario, aunque cueste.
Estar hecho polvo no te impide hacer lo correcto
Desde pequeños nos han inculcado una especie de “lógica emocional inversa”. Primero piensa positivo, luego siéntete bien, y entonces podrás actuar o alcanzar lo que deseas. Nos enseñaron a desarrollar la actitud adecuada y esperar la chispa que lo facilitará todo.
Pero lo cierto es que esa chispa no siempre se prende. Las ganas no siempre aparecen. Las musas no siempre llegan. No siempre estamos motivados y en sintonía con el universo. Entonces tenemos dos caminos:
- Convertir ese estado emocional en una excusa para no actuar, usarlo como justificación para escapar de nuestras responsabilidades y pretexto para quedarnos en la zona de confort.
- Hacer lo que tenemos que hacer, aunque el humor no nos acompañe, aunque no tengamos ganas, aunque nos cueste, simplemente porque podemos y debemos. Simplemente porque es importantes que lo hagamos.
La verdad es que no siempre hay que estar bien para actuar bien. Todos hemos hecho cosas valiosas, justas o necesarias en momentos en que no nos sentíamos “bien”. La madre que cuida a su hijo mientras llora por dentro. El estudiante que se presenta a un examen en medio de una crisis emocional. El profesional que hace su trabajo mientras atraviesa un duelo. Es en esos momentos cuando demostramos nuestra valía – y no solo al mundo, sino también a nosotros mismos.
El justo equilibrio
No se trata de forzar, negar o reprimir lo emocional. Se trata de reconocer que muchas veces hay una distancia entre lo que uno siente y lo que uno hace, y que esa distancia, lejos de ser un síntoma de falsedad, puede ser un signo de madurez.
No somos nuestras emociones – o al menos no solo eso. Las emociones no son el capitán del barco. De hecho, a veces se comportan más como pasajeros ruidosos, intensos e incluso dramáticos que quieren convencernos de que deberían tomar el timón.
Las emociones son brújulas. Son señales internas valiosas que nos informan sobre nuestras necesidades, límites y deseos. Pero no son mandatos. No existen para ser obedecidas, sino para ser escuchadas con inteligencia. Sentirnos tristes no nos obliga a aislarnos. Sentirnos inseguros no nos prohíbe intentarlo. Sentirnos cansados no siempre justifica rendirse.
Aprender a actuar bien en medio del malestar es una de las mayores habilidades que podemos desarrollar como adultos funcionales porque si esperáramos a sentirnos bien para actuar adecuadamente, es probable que no saliésemos de la cama en muchos días, ni cumpliésemos compromisos, ni construyésemos relaciones estables. No haríamos ejercicio, no escribiríamos libros, no pondríamos límites, no cuidaríamos a otros.
Si te preguntas:
- “¿Cómo voy a ir a la cena si no estoy de humor?”
- “¿Cómo voy a ayudar a alguien si yo mismo no estoy bien?”
- «¿Cómo voy a emprender el proyecto si no me siento seguro?«
La respuesta es: porque puedes. Porque ser humano es ser contradictorio. Porque sentir y actuar no siempre van de la mano – y no pasa nada. No estás traicionando tu “yo” más profundo por hacer lo correcto o lo que es necesario Estás practicando algo mucho más maduro: la responsabilidad.
Caminando se hace el camino: El poder de los pequeños actos
Cabe aclarar que actuar bien no es comportarse como si todo fuera estupendamente. No se trata de fingir, ni de adoptar una actitud positiva a ultranza o negar nuestros sentimientos. Se trata de actuar con responsabilidad, intención y sentido.
A veces, actuar bien es pedir ayuda. Otras, es cumplir un deber, aunque pese. En otras ocasiones es simplemente seguir la rutina a pesar del caos emocional. No siempre se trata de grandes gestos. Muchas veces, ese “bien” se traduce en pequeñas decisiones coherentes que no necesitan permiso emocional.
Curiosamente, actuar bien no siempre es un derivado del bienestar emocional, en ocasiones es su precursor. La acción puede tener una fuerza reguladora, estructurante y reparadora que el afecto, por sí solo, no ofrece. De hecho, el término euforia o subidón del ayudante se refiere precisamente a las emociones positivas y la sensación de bienestar que experimentamos tras realizar actos de bondad o ayudar a los demás.
Este fenómeno está vinculado a la liberación de endorfinas, estimulantes del ánimo, y otros neurotransmisores como la dopamina y la serotonina, asociados con el placer y la recompensa. O sea, ayudar a los demás, aunque no estemos bien, puede hacernos mejorar.
Por ese motivo, hacer algo bueno o dar un pequeño paso hacia la dirección en la que quieres moverte puede empoderarte, incentivarte y hacerte sentir mejor que repetirte mil frases motivadoras.
Esos pequeños gestos son muestras de soberanía personal. Le dicen a tu cerebro: “no mandan solo las emociones, también cuentan el criterio, la voluntad, la sensatez o los valores”. En realidad, muchas veces las ganas, la motivación o el deseo aparecen después que empezamos, no antes.
En la terapia de activación conductual, por ejemplo, se intenta aumentar la actividad e implicación de la persona en actividades gratificantes para mejorar su estado de ánimo y reducir los síntomas de depresión, ansiedad y otros trastornos mentales que suelen alimentarse de patrones de evitación, retraimiento e inactividad.
En la actualidad, cultivar la capacidad de actuar bien, aunque no estemos al 100%, es también una forma de resistencia frente a una cultura del bienestar que exige que nos sintamos plenos para ser válidos, frente al hedonismo emocional que equipara malestar con fracaso, frente a la tendencia moderna a posponer la vida hasta que la cabeza se ordene. Porque a veces la cabeza no se ordena del todo. Y mientras tanto, la vida corre.
Aceptar que no siempre hay que estar bien para actuar bien no es un mensaje que reste importancia a la salud mental. Todo lo contrario, libera de la tiranía emocional, devuelve poder a la conducta y nos reconcilia con una visión más amplia y realista de la vida. Una visión en la que el malestar no paraliza, sino que convive con la acción; en la que la tristeza no interrumpe lo importante, sino que lo acompaña; en la que no necesitamos esperar la emoción adecuada para movernos en la dirección correcta. Y eso, vale mucho la pena.
Referencias Bibliográficas:
Dossey L. (2018) The Helper’s High. Explore; 14(6): 393-399.
Jacobson, N. S. et. Al. (2006) Behavioral Activation Treatment for Depression: Returning to Contextual Roots. Clinical Psychology; 8(3): 255-270.



Deja una respuesta