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Pensamiento resiliente, la diferencia entre hundirse o salir a flote

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Pensamiento resiliente

Todos, absolutamente todos, atravesamos momentos duros. Un despido inesperado, una ruptura de pareja, un diagnóstico médico, una traición, una pérdida dolorosa… Y sin embargo, lo curioso es que mientras unos se hunden sin remedio, otros logran mantenerse a flote e incluso salir fortalecidos. ¿Qué marca la diferencia? No siempre es la magnitud del problema. Muchas veces es algo más invisible pero igual de poderoso: el pensamiento resiliente.

¿Por qué algunas personas son más «fuertes» que otras?

Es probable que tu primera respuesta te conduzca a causas externas diciéndote: “tiene más recursos” o “tuvo más apoyo”. Por supuesto, las circunstancias cuentan. Y no podemos obviarlas. Pero hay algo más profundo que influye en cómo reaccionamos ante la adversidad: nuestro sistema de creencias y cómo interpretamos lo que ocurre.

Un estudio clásico de 1979 brindó una de las primeras pistas científicas. Aquellos investigadores compararon la manera en que personas sanas y personas con depresión severa interpretaban los sucesos cotidianos. ¿El resultado?

Como era de esperar, las personas con depresión no tenían una visión objetiva de la realidad sino que la veían a través de un prisma gris. Sin embargo, tampoco quienes tenían un funcionamiento cognitivo sano veían su entorno con objetividad. Estas personas tenían un sesgo optimista, de manera que le daban preferencia al procesamiento emocional de la información de valencia positiva.

El sesgo optimista no es ingenuidad ni negación. No se trata de mirar para otro lado ni de repetir frases vacías como “todo pasa por algo” sino decidir enfocarnos en los aspectos positivos, aunque seamos conscientes de todo lo negativo.

Imagina dos personas que pierden su empleo. Una se derrumba y se siente fracasada. La otra, tras el golpe inicial, lo asume como una oportunidad para replantearse su camino. La diferencia radica en el tipo de pensamiento que activa cada una. Y la buena noticia es que el pensamiento resiliente se puede entrenar a través de técnicas psicológicas como la reevaluación cognitiva.

Reevaluar: el arte de cambiar el guion emocional

La reevaluación cognitiva consiste en darle otro sentido a lo que nos ocurre. No se trata de cambiar el hecho en sí, sino la forma en que lo interpretamos, una transformación que tiene una base neurológica.

De hecho, investigadores de las universidades de Stanford y Massachusetts realizaron un experimento muy interesante en el que mostraron imágenes emocionalmente negativas a una serie de participantes. A algunos les pidieron que simplemente sintieran lo que esas imágenes les provocaban. A otros los entrenaron para “reevaluarlas”, es decir, para reinterpretarlas de forma menos dolorosa.

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Comprobaron que quienes practicaron la reevaluación cognitiva mostraron una menor carga emocional negativa y activaron regiones del cerebro asociadas con la memoria, la autorreflexión y el control emocional. En otras palabras: el cerebro estaba trabajando activamente para amortiguar el golpe emocional.

En el día a día, esa capacidad puede marcar la diferencia entre sentir que el mundo se derrumba o ver una grieta por la que entra un poco de luz.

“Pensar bien” no es “pensar bonito”

En este punto es importante aclarar algo para no caer en las garras del optimismo tóxico. Todo esto no significa que debas forzarte a ver lo bueno en todo o a ponerle una sonrisa a los días oscuros. Hay situaciones duras, injustas e incluso traumáticas que merecen ser lloradas y procesadas. Fingir que todo está bien no es saludable.

No se trata de eso.

Sin embargo, entre negar el dolor y vivir atrapado en él hay un espacio para el pensamiento consciente. Un espacio donde puedes preguntarte: ¿Hay otra forma de ver esto? ¿Qué puedo aprender? ¿Cómo puedo salir fortalecido?

Esa es la verdadera fuerza del pensamiento ante la adversidad. No te convierte en un superhéroe ni te protege completamente del sufrimiento, pero al menos te brinda la posibilidad de tener un papel activo en tu historia, incluso cuando las cosas no salen como esperabas.

¿Cómo cultivar un pensamiento resiliente?

  1. Practica la reevaluación a diario. No esperes a que todo comience a resquebrajarse, cuando algo te moleste o frustre en tu día a día, intenta encontrar al menos una interpretación alternativa que no te haga tanto daño. No tiene que ser perfecta ni optimista, solo más llevadera.
  2. Asume una distancia emocional. Cuando estés atrapado en una emoción intensa, imagina que eres un observador externo. ¿Qué consejo le darías a un amigo si estuviera en tu lugar? Se trata de distanciarte de lo que te ocurre para poder pensar con mayor claridad.
  3. Cuida tu diálogo interno. El lenguaje que usas contigo mismo importa porque puede sumirte en un bucle de negatividad o, al contrario, convertirse en un motor impulsor del cambio. Por consiguiente, intenta cambiar el “esto es un desastre” por un “esto es difícil, pero puedo gestionarlo”.
  4. Evita el catastrofismo automático. Cuando las cosas comienzan a torcerse, es normal que imaginemos los peores escenarios posibles, pero eso no siempre ayuda. Al contrario, muchas veces solo genera una ansiedad innecesaria. Por tanto, cuando pienses “esto va a ir a peor” o “no voy a poder”, pregúntate: ¿Qué evidencias tengo? ¿Es esto 100% cierto? ¿Qué otras cosas podrían pasar? Se trata de que evites caer en el pensamiento catastrófico que no deja margan para más nada.
  5. Entrena tu atención para detectar lo que funciona. En los momentos difíciles, la atención se va directa a lo que falla. Es como si tu mente tuviera un radar exclusivamente configurado para captar amenazas. Pero puedes reprogramarlo anotando tres cosas al final del día que hayan salido bien. Con el tiempo, tu mente se volverá más hábil para detectar oportunidades, recursos y señales de avance, incluso en medio del caos.
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El pensamiento no lo puede todo… pero puede mucho

Afrontar la adversidad no es fácil. Y no todos partimos del mismo punto. Hay heridas del pasado, traumas y contextos que dificultan el camino. Pero así como tomamos nota de todo lo que conspira en nuestra contra, también deberíamos prestar atención a lo que nos favorece.

Eso nos ayudará a tomar conciencia del poder que realmente tenemos. Obviamente, el pensamiento resiliente no evitará el dolor, pero puede reducir su intensidad. No impedirá la caída, pero puede suavizar el golpe. Y, en muchos casos, puede transformarse en la escalera que nos permita volver a levantarnos.

Así que la próxima vez que la vida se complique, recuerda que tienes el poder de transformar el miedo en coraje, la rabia en fuerza y la tristeza en sentido. Entrena esa habilidad porque podría convertirse en tu mejor aliada para salir adelante.

Referencias Bibliográficas:

Ochsner, K. N. et. Al. (2002) Rethinking Feelings: An fMRI Study of the Cognitive Regulation of Emotion. Journal of Cognitive Neuroscience; 14(8): 1215–1229.

Alloy, L. B. & Abramson, L. Y. (1979) Judgment and contingency in depressed and nondepressed students: Sader but wiser? Journal of Experimental Psychology; 108: 441-485.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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