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¿Por qué me cuesta tanto tomar decisiones? La raíz del problema y la única solución real

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Por qué me cuesta tanto tomar decisiones

Cada día tomamos un montón de decisiones. Y cuando digo un montón, es un montón (aproximadamente 35.000 decisiones). Por suerte, el 99,74% de esas elecciones las tomamos de manera casi automática, guiados por nuestro inconsciente o los hábitos que hemos construido.

Sin embargo, el 0,26% restante son decisiones conscientes, esas que nos dan dolor de cabeza, nos angustian y a las que damos vueltas una y otra vez. De hecho, basta ese 0,26% para estresarnos significativamente y ponernos en una disyuntiva de la que nos cuesta salir.

La verdadera razón por la que nos cuesta tanto tomar decisiones

Solemos pensar que nos cuesta mucho tomar decisiones porque el campo de juego está muy nivelado. O sea, los pros y contras están tan equilibrados que no hay nada que incline la balanza hacia un lado u otro.

Esa falta de claridad genera una ambivalencia. Nuestra mente entra en bucle. Vemos lo bueno y lo malo de cada opción, de manera que caemos en un debate interno constante. Una parte dice: “esto te conviene” y la otra advierte: “pero esto otro también”. Y así, damos vueltas en círculo, incapaces de decidir. Caemos en lo que se conoce como parálisis por análisis.

Por supuesto, decidir si vamos a cambiar de trabajo o de ciudad no es precisamente coser y cantar. Tampoco lo es cortar una relación de tiempo o comprometerse con alguien. En esos casos, no se trata simplemente de elegir entre A o B, sino de asumir las consecuencias emocionales que vienen con lo que dejamos atrás y lo que vamos a hacer de ahora en adelante.

Sin embargo, el verdadero estrés proviene no proviene de la disyuntiva, sino de la manera en que vemos las decisiones. Si percibimos una elección como algo definitivo, como una puerta que se cierra para siempre, es natural que sintamos una presión enorme por “no equivocarnos”.

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Desde esa perspectiva, decidir se convierte en una especie de «examen» sin posibilidad de recuperación, un camino de un solo sentido donde no hay vuelta atrás. Y claro, cuando sentimos ese enorme peso sobre los hombros, es más fácil quedarnos inmóviles, mirando la bifurcación, que atrevernos a dar un paso.

¿La solución? Cambiar tu percepción sobre las decisiones

Percepción de las decisiones

El verdadero secreto para decidir sin estresarse tanto consiste en recordar que muy pocas decisiones son verdaderamente irreversibles. Salvo casos extremos o decisiones trágicas (que, por suerte, no tomamos todos los días ni ocurren a diario), lo cierto es que la vida nos da un margen mucho más amplio del que creemos para ajustar, corregir o incluso desandar el camino que ya habíamos recorrido.

La mayoría de las decisiones que tomamos en la vida nos permiten dar marcha atrás o, al menos, corregir el rumbo. Piénsalo un momento: ¿Cuántas veces tomaste una decisión que luego cambiaste? Un trabajo que parecía definitivo pero que dejaste. Una mudanza que revertiste. Una relación que en su momento te parecía “para siempre” y que tuvo fecha de caducidad.

Y no fue el fin del mundo.

Cambiar de opinión, tomar un nuevo rumbo o reconocer que “esto no era lo que pensaba” no es un fracaso, es parte del proceso de vivir con conciencia. De hecho, muchas veces no puedes saber si algo es adecuado hasta que no lo pruebas. La claridad no siempre viene antes de la decisión, a veces aparece después de haberla tomado. En ocasiones, elegir un camino sirve para darte cuenta de que no es el que querías y emprender otro con mayor convicción.

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Ese cambio de perspectiva es extremadamente poderoso, porque le resta dramatismo al acto de elegir. No se trata de tomarte las decisiones importantes a la ligera, sino de salir de esa lógica rígida en la que cada decisión parece una sentencia definitiva. Se trata de dejar de pensar que, si eliges mal, vas a arruinarlo todo o que es el principio del desastre.

También te ayudará comprender que cada decisión, incluso las más importantes, se sustentan en muchas otras elecciones que puedes cambiar en cualquier momento. Puedes cambiar de opinión. Puedes cambiar de prioridades. Puedes cambiar tus deseos. De hecho, es perfectamente normal. Cambiar también es una señal de crecimiento y madurez emocional.

Tomar decisiones desde esa perspectiva más flexible te permitirá salir de ese pensamiento del “todo o nada” y entrar en el terreno de las decisiones reales, esas que se toman con lo que sabes y sientes hoy. Con la humildad de aceptar que mañana, quizá, tengas nueva información u otros sentimientos que te hagan cambiar.

Así que, si te cuesta mucho tomar decisiones y no te atreves a moverte por miedo a “equivocarte”, recuerda que no estás firmando un contrato eterno. Estás eligiendo un camino. Y si más adelante descubres que no es el que quieres, puedes replanteártelo. A fin de cuentas, vivir también es eso: ir afinando el rumbo a medida que avanzas.

Referencias Bibliográficas:

Chen, C. Y. et. Al. (2018) Feeling Distressed From Making Decisions: Assessors’ Need to Be Right. Journal of Personality and Social Psychology; 115(4), 743-761.

Moseley, H. (2017) New research highlights the unlocked potential of the human brain. Lightspeed Research & Huawei.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Soy psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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