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¿Por qué necesitamos justicia para poder pasar página?

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Estatua de la justicia
La sensación de que se ha hecho justicia nos ayuda a cerrar ciclos. [Foto libre: Pexels]

Cuando alguien nos traiciona, nos humilla, nos abandona en el momento en que más lo necesitamos o nos lastima físicamente, aunque el tiempo pase, muchas veces una parte de nosotros sigue atrapada en el pasado, dándole vueltas a lo que ocurrió.

Desde fuera puede parecer rencor o incluso obsesión. Sin embargo, la mayoría de las personas no pasan meses o años rememorando una ofensa o una lesión porque sean masoquistas, sino porque sienten que algo importante quedó sin resolver, en suspenso. Generalmente no buscan venganza, sino justicia.

Una necesidad profundamente humana que nace de la razón (no solo de la emoción)

“La justicia la lleva consigo la causa”, decía Quintiliano hace casi dos mil años. Desde entonces, seguimos preocupados por la idea de la justicia. Tal vez porque, detrás de nuestro deseo de que las cosas sean justas, en realidad se esconde una inquietud más profunda: el temor a sufrir una injusticia, como apuntara François de La Rochefoucauld.

Curiosamente, las investigaciones psicológicas demuestran que nuestro sentido de la justicia no es simplemente una reacción emocional impulsiva, como solemos pensar. Un estudio de neuroimagen realizado en la Universidad de Chicago descubrió que en las personas especialmente sensibles a la justicia se activan regiones cerebrales relacionadas con el razonamiento y la evaluación cognitiva, más que las áreas asociadas a la emoción.

En otras palabras, cuando sentimos que algo es injusto, no nos limitamos a reaccionar automáticamente con rabia por lo sucedido, también realizamos una valoración racional sobre cómo deberían haber sido las cosas, lo cual tiene sentido desde una perspectiva evolutiva.

Los seres humanos somos una especie extraordinariamente cooperativa ya que dependemos los unos de los otros para sobrevivir, trabajar, criar a nuestros hijos y construir comunidades. Por eso, es probable que nuestro cerebro haya desarrollado mecanismos muy sofisticados para detectar cuándo alguien rompe las reglas.

Cuando una persona nos daña o perjudica injustamente, no solo sufrimos una pérdida o lesión concreta, también se rompe una expectativa: la creencia de que las relaciones deberían regirse por las normas del respeto y la equidad. Es precisamente esa ruptura lo que nos resulta tan difícil de aceptar.

El problema más allá del daño

A menudo pensamos que lo que nos duele es el daño, pero no es así (o al menos no del todo). Por ejemplo, el equipo legal de Rosenfeld, que durante casi 25 años ha ayudado a más de 5.000 clientes que han sufrido lesiones graves, explica que muchas veces estas personas lo que necesitan, más allá del resarcimiento económico, es sentir que se ha hecho justicia.

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El problema de la injusticia, más allá del sufrimiento que puede generar, es que quiebra algunas de nuestras creencias básicas, esas que nos sirven para orientarnos en el mundo. Asumimos, de manera más o menos consciente, que existe cierta relación entre las acciones y las consecuencias, por lo que quien actúa correctamente tiene más probabilidades de ser tratado con respeto y si alguien causa un daño grave, debe responder por ello.

Esas creencias nos transmiten una sensación de orden, predictibilidad y seguridad. En cambio, cuando ocurre una injusticia, sobre todo si parece quedar impune, ese marco mental se resquebraja. Por eso, el impacto psicológico suele ir mucho más allá del perjuicio inicial. No solo tenemos que lidiar con las consecuencias directas del daño sufrido, sino también con la inquietante sensación de que las reglas que daban sentido a nuestro mundo han dejado de funcionar.

En ese momento es cuando empezamos a preguntarnos: “¿por qué me ocurrió a mí?”, “¿cómo es posible que no haya consecuencias?” o “¿qué impedirá que vuelva a suceder?”. La herida no se limita al daño físico o emocional, también afecta nuestra visión del mundo y de las relaciones.

Por eso algunas personas continúan esperando durante meses un perdón que nunca llega o se enfrascan en batallas judiciales que duran años. Lo que esperan es reparación, que alguien confirme que no estaban exagerando, que no estaban equivocadas, que lo que vivieron realmente importó y, sobre todo, que sus valores siguen siendo válidos, porque eso restaura su sensación de coherencia y confianza en el mundo y en los demás.

La justicia restaurativa, una perspectiva diferente para sanar

En los últimos años, hemos empezado a diferenciar dos formas de justicia, las cuales responden a necesidades psicológicas distintas.

Por un lado, la justicia retributiva se articula alrededor de una lógica de la proporcionalidad: quien causa un daño debe experimentar una consecuencia equivalente. Esta forma de justicia cumple una función social evidente, ya que establece límites, disuade ciertas conductas y refuerza normas compartidas. Sin embargo, desde el punto de vista psicológico, su efecto sobre la experiencia emocional de la víctima es más limitado.

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Por otro lado, la justicia restaurativa introduce una dimensión distinta. No se enfoca exclusivamente en la sanción, sino en la reconstrucción del tejido psicológico dañado. No se trata solo de “qué debe pasarle al responsable”, sino de “qué necesita la persona afectada para que lo ocurrido deje de reorganizar su vida emocional y cognitiva”.

Desde esta perspectiva, la justicia deja de ser únicamente un mecanismo externo de regulación social para convertirse en un proceso interno de reorganización del significado. Cuando alguien sufre un daño significativo, lo que se altera no es solo su bienestar inmediato, sino su mapa de expectativas. Cambia su visión de cómo funciona el mundo, qué puede esperar de los demás o qué nivel de seguridad es razonable esperar.

Por eso, a veces aunque la justicia retributiva se cumpla, algunas personas sienten una sensación de inconclusión emocional. No porque el resultado sea insuficiente en términos objetivos, sino porque el sistema interno que da sentido a la experiencia no se ha reorganizado. Una instancia externa, como un juez, ha reconocido el daño, pero no lo hemos procesado a nivel psicológico, por lo que no somos capaces de integrar y cerrar esa experiencia.

La justicia restaurativa apunta precisamente a ese nivel más profundo porque no solo prevé la sanción del daño, sino también el reconocimiento de su impacto, lo cual valida la experiencia subjetiva y permite construir una narrativa coherente. Obviamente, eso no elimina el sufrimiento de un plumazo ni borra lo ocurrido, pero puede modificar de forma significativa la forma en que procesamos ese recuerdo.

Quizá una de las lecciones más importantes que podemos extraer de todo esto es que la necesidad de justicia es legítima. No hay nada de malo en querer que las cosas sean justas. Además, no funcionamos solo en base a criterios de proporcionalidad, también experimentamos una profunda necesidad de coherencia, reconocimiento, validación y sentido.

Referencias:

Yoder, K. J. & decety, J. (2014) The Good, the Bad, and the Just: Justice Sensitivity Predicts Neural Response during Moral Evaluation of Actions Performed by Others. Journal of Neuroscience; 34(12): 4161-4166.

Taylor, A. (2009) Psychology at the Cutting Edge: An invited article Justice as a Basic Human Need. New Zealand Journal of Psychology; 38(2): 5-10.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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