
Antes le hacíamos caso al cura del pueblo. Ahora a la Inteligencia Artificial. Si antes bastaba con que el cura dijera que “Dios os castigará” para que todos se echaran a temblar, hoy parece que basta con que una IA afirme algo, aunque sea disparatado, para que la mayoría lo asuma como una verdad absoluta.
Estamos cambiando una religión por otra, aunque nos cueste reconocerlo. A fin de cuentas, una religión no es nada más que aquello en lo que creemos ciegamente sin dignarnos a comprobarlo por nosotros mismos.
Por eso, cada vez que veo a alguien preguntando a la IA: “Grok, ¿esto es verdad?” sobre algo que, evidentemente no es cierto ni real, me hierve la sangre. Literalmente. Y me hierve por la facilidad con la que estamos liquidando la pizca de pensamiento crítico que nos quedaba.
Estamos usando la Inteligencia Artificial como muleta cognitiva para todo. No para inspirarnos o facilitarnos el día a día, sino para delegar el pensamiento, para evitar el esfuerzo que implica atar cabos, analizar y sacar conclusiones por nuestra cuenta. El problema no es que usemos la IA, es que dejamos de usar el cerebro.
El peligro no es la IA en sí misma. El peligro somos nosotros, entregándole nuestra autonomía sin pestañear. El riesgo no está en que la inteligencia artificial “nos controle”, sino en que dejemos de cuestionar, de verificar y de pensar. El riesgo está en que la convirtamos en una especie de religión subrepticia en la que todo lo que dice el algoritmo sea sagrado.
El oráculo digital, ¿el nuevo opio del pueblo?
La historia se repite. El ser humano siempre ha buscado figuras de autoridad que lo liberen del peso y la responsabilidad de pensar por sí mismo. Antes era el sacerdote, después el gurú motivacional y luego el coach de moda. Ahora es un algoritmo entrenado con millones de textos que escupe respuestas con un barniz convincente. Y, aunque esa tecnología puede resultarnos fascinante y novedosa, lo cierto es que mecanismo psicológico que se esconde detrás es el mismo desde hace siglos: creer ciegamente porque pensar por uno mismo da pereza.
Irónicamente, las inteligencias artificiales están diseñadas para sonar convincentes y transmitir una sensación de autoridad, no necesariamente para ser fiables. The New York Times tuvo acceso a un documento interno de Microsoft en el que reconocía que estos sistemas operan con probabilidades y están “diseñados para ser persuasivos, no veraces”. Eso significa que sus respuestas pueden parecer muy realistas, pero incluyen afirmaciones que no son ciertas. Y a esas inexactitudes y tendencia a falsear se les llama convenientemente alucinaciones de la IA.
Pero la mayoría no lo sabe – o no quiere saberlo.
Como resultado, hay personas pidiéndole a la IA que les ayude a resolver conflictos de pareja, como si el algoritmo pudiera entender las dinámicas emocionales únicas que se producen entre dos seres humanos. O padres preguntando a la IA cuál es la mejor forma de criar a sus hijos, como si la respuesta de una máquina pudiese sustituir el criterio, la empatía o la experiencia personal.
Personas que le preguntan a la IA cuál es el verdadero sentido de la vida, como si un algoritmo pudiera responder lo que ni filósofos no científicos humanos han logrado aclarar en siglos de historia. Sin olvidar a quienes preguntan cosas como: “¿Es verdad que beber agua con limón cura el cáncer?” (Spoiler: no, no y no).
Le preguntamos todo a la IA como si fuese la encarnación de la sabiduría: desde cuál es el mejor tratamiento médico hasta qué significa soñar con un gato verde con sombrero. Y poco importa que las respuestas sean una mezcla de probabilidades, recortes de datos robados aquí y allá y fórmulas estadísticas: mientras lo diga “el algoritmo”, parece suficiente. De repente, es como si ya no hiciera falta evidencia, ni sentido común, ni pensamiento crítico. Lo que diga el oráculo digital, va a misa.
Certezas rápidas, pensamiento nulo
La Psicología nos recuerda que el cerebro tiende a buscar atajos mentales. Y la IA es el atajo perfecto: respuestas rápidas, redactadas con apariencia de veracidad y sin esfuerzo. Pero también nos recuerda que los atajos cognitivos suelen ser trampas. Nos hacen sentir que sabemos, cuando en realidad no sabemos nada. Nos hacen creer que pensamos, cuando en realidad estamos creyendo ciegamente en lo que nos han dicho.
Hace poco, investigadores del MIT pidieron a un grupo de personas que escribieran un ensayo por sí solos, usando el motor de búsqueda de Google o con ChatGPT. Al registrar su actividad cerebral, descubrieron que los usuarios de ChatGPT presentaban la menor activación y un rendimiento inferior a nivel neuronal, lingüístico y conductual. Tras varios meses de estudio, también comprobaron que los usuarios de ChatGPT se volvieron más perezosos y sus ensayos eran cada vez más un copia y pega de las respuestas del algoritmo.
Tampoco es que hiciera falta un estudio para darnos cuenta de que preguntarle todo a una IA nos vuelve más perezosos intelectualmente (traducción: más estúpidos), aunque siempre es interesante contar con la confirmación de la ciencia.
No me malinterpretéis: la IA es una herramienta poderosa y puede ayudarnos a ser más creativos y eficientes, pero no puede a ser a costa de nuestra humanidad y nuestro pensamiento crítico. Usar no significa adorar. Una cosa es apoyarse en la máquina y otra muy distinta es convertirla en el sustituto de nuestro juicio. Porque cuando desterramos el sentido común, lo que se vuelve común es el sinsentido.
Antes le hacíamos caso al cura porque nos prometía el cielo. Ahora le hacemos caso a la IA porque nos promete certezas inmediatas. En el fondo, es la misma historia que se repite: preferimos la fe ciega a la duda incómoda y el esfuerzo que implica buscar las respuestas por nuestra cuenta. Si seguimos así, corremos el riesgo de perder lo que nos hace especiales: el pensamiento crítico.
Referencia Bibliográfica:
Kosmyna, N. et. Al. (2025) Your Brain on ChatGPT: Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task. Massachusetts Institute of Technology; arXiv.2506.08872.



Deja una respuesta