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El secreto no está en preocuparte menos, sino en preocuparte mejor

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Ilustración de una persona con gafas en actitud pensativa

“No te preocupes, todo saldrá bien” o “preocuparse no sirve de nada” son frases que seguramente habrás oído o que incluso le habrás dicho a alguien para intentar quitarle hierro al asunto. Obviamente, nadie quiere andar preocupado y echo un manojo de nervios por la vida, pero lo cierto es que la preocupación (por mucho que nos disguste o nos moleste) también cumple una función psicológica.

La preocupación como mecanismo de anticipación y preparación

Nuestro cerebro tiene la misión de ayudarnos a sobrevivir, por lo que dedica una ingente cantidad de tiempo y recursos a detectar amenazas potenciales en el entorno y diseñar planes de acción que nos ayuden a enfrentarlas con éxito.

Sin embargo, cuando no tenemos una hoja de ruta clara, la preocupación se asienta. De cierta forma, es como una señal de alarma que se mantiene activada para recordarnos que tenemos algo en suspenso potencialmente importante a lo que debemos prestar atención.

La preocupación, por tanto, es el cerebro avisándonos de que debemos prepararnos para afrontar posibles escenarios negativos, por lo que nos anima a activar el modo “ensayo mental”. O sea, comenzamos a repasar mentalmente lo que podría salir mal, imaginamos vías alternativas y trazamos un mapa mental de la situación para evitar riesgos y anticiparnos a los obstáculos.

No es casual que neurocientíficos de las universidades de Boston y Harvard descubrieran que la preocupación activa la corteza prefrontal, sobre todo las zonas relacionadas con la planificación y el razonamiento. Eso significa que cuando te preocupas, tu cerebro no solo se pone en “modo alerta”, sino también en “modo análisis”.

Un estudio posterior publicado en Psychological Science también reveló que las preocupaciones activan la ínsula anterior y la amígdala, dos zonas del “cerebro emocional” que a la larga ayudaban a las personas a prestar más atención, ser más precavidas y tomar mejores decisiones.

Nada de eso es negativo. De hecho, nos ayuda a estar más atentos, detectar las señales de peligro, evaluar posibles escenarios y tomar mejores decisiones.

La preocupación como herramienta de autoconocimiento

Suena raro, pero además de ayudarnos a anticipar problemas, la preocupación cumple otra función psicológica importante: nos ayuda a conocernos mejor. Cuando se activa un foco de preocupación en nuestra mente, nos está indicando que eso es relevante y significativo para nosotros, que hay algo en juego que puede poner en riesgo nuestras metas, valores o necesidades.

En otras palabras, la preocupación es una especie de termómetro interior que nos revela qué aspectos de nuestra vida merecen más atención y energía. Por eso, ignorarla o intentar acallarla sería como desconectarnos de nuestra brújula interior, lo que haría que perdiésemos información valiosa sobre quiénes somos y qué necesitamos.

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Al mismo tiempo, la preocupación nos anima a reevaluar nuestras habilidades, recursos y limitaciones. Nos empuja a preguntarnos qué podemos hacer para gestionar lo que nos preocupa o qué necesitamos aprender o mejorar.

Por tanto, aunque las preocupaciones generen cierta molestia, también nos ofrecen una especie de espejo en el cual mirarnos para darnos cuenta de lo que realmente nos importa. Por ejemplo, cuando te descubres dándole vueltas una y otra vez a un error en el trabajo, eso también indica que valoras tu profesionalidad, tu reputación y que quieres hacer bien las cosas.

Asimismo, cuando te preocupas después de haber discutido con alguien, esa inquietud puede ser un indicador de que tienes miedo a perder el vínculo, a decepcionar o a que la relación se deteriore. En el fondo, la preocupación es como un foco que ilumina lo que te importa.

En este sentido, un experimento muy interesante realizado en la Universidad Estatal de Dakota del Norte reveló que los fumadores que estaban más preocupados por los efectos del cigarrillo eran más propensos a dejar de fumar. Eso corrobora que la preocupación es un indicador de relevancia y, al generar incomodidad, se convierte en un aliciente para la acción.

La diferencia entre la preocupación constructiva y la destructiva

No todas las preocupaciones son iguales: algunas nos sirven, otras solo nos desgastan. La preocupación constructiva es la que nos ayuda a prepararnos, planificar y tomar decisiones con mayor claridad. Es específica, se enfoca en un problema concreto y suele ir acompañada de intencionalidad.

En cambio, la preocupación destructiva es como un disco rayado que se repite una y otra vez sin avanzar hacia ninguna solución. Saltamos de un pensamiento a otro, repasando todo lo que podría salir mal, imaginando escenarios catastróficos y sintiéndonos impotentes al respecto. Es una preocupación generalista y difusa, a menudo difícil de controlar. En lugar de prepararnos, nos roba energía, nos arrebata la concentración y aumenta la tensión manteniéndonos atrapados en un bucle de inquietud que nos drena psicológicamente.

Tomemos un ejemplo cotidiano: pensar en cómo llegar a fin de mes. Una preocupación constructiva y adaptativa nos llevaría a revisar nuestras cuentas, ajustar presupuestos y planificar pagos o incluso a plantearnos buscar otro trabajo o fuentes de ingresos.

En cambio, la preocupación destructiva nos mantendría en un estado de tensión constante, nos impediría dormir y nos dificultaría concentrarnos en otras cosas, pero no conduciría a ninguna acción útil para resolver el problema.

PREOCUPACIÓN CONSTRUCTIVAPREOCUPACIÓN DESTRUCTIVA
ENFOQUECentrada en un problema concretoDifusa y generalizada
OBJETIVOBuscar solucionesDar vueltas
CONTROLEs manejableSe percibe como incontrolable
ACCIÓNConduce a solucionesParaliza y bloquea
PENSAMIENTORealista y pragmáticoCatastrofista
IMPACTOMotivaDrena
RESULTADOAumenta la autoeficaciaReduce la seguridad

La clave está en reconocer qué tipo de preocupación estamos experimentando. Una preocupación útil nos impulsa a tomar cartas en el asunto o aporta claridad mental; una preocupación excesiva solo nos deja atrapados en un estado de ansiedad y confusión.

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¿Cómo sacar provecho de las preocupaciones?

La preocupación no tiene por qué convertirse en tu enemigo, solo tienes que aprender a gestionarla inteligentemente.

1. Identifica el problema real

Antes de dejarte arrastrar por las preocupaciones, detente un momento y pregúntate: “¿Qué es exactamente lo que me preocupa?”. Muchas veces sentimos ansiedad por algo vago y pensamos que todo va a salir mal, sin definir el problema concreto. En cambio, nombrar lo que te preocupa te permitirá enfocarte en lo que realmente importa y evitarás que tu mente divague por escenarios catastrofistas que conducen a un callejón sin salida.

2. Diferencia lo que puedes controlar de lo que no

Generalmente la preocupación se vuelva agotadora porque se enfoca en intentar controlar lo que no está en nuestras manos. Como advertía Marco Aurelio: “tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos. Date cuenta de esto y encontrarás la fuerza”. Por tanto, cuando algo empieza a preocuparte, pregúntate: “¿Qué puedo hacer exactamente?”. Y enfócate en ello, dejando fuera de tu mente todo lo demás. Esa simple distinción libera energía mental y reduce la sensación de caos.

3. Transforma la preocupación en acción

La preocupación es más útil cuando genera una acción concreta. Si te preocupa la reunión que tendrás mañana, ensaya lo que vas a decir. Si te inquieta un proyecto, planifica pasos pequeños que te permitan avanzar. La acción transforma la tensión ligada a las preocupaciones en productividad y te aporta una sensación de control, disminuyendo el estrés que surge cuando te quedas atrapado en un bucle de pensamientos negativos.

Por último, es importante recordar que la preocupación, aunque útil, tiene lo que podríamos llamar un “umbral de efectividad” por encima del cual, cuando se vuelve constante, desproporcionada o difícil de controlar, deja de ser funcional y puede afectar nuestra salud física y mental. Por tanto, asegúrate de que se mantenga en niveles manejables.

Referencias:

Samanez-Larkin, G. R. et. Al. (2008) Individual differences in insular sensitivity during loss anticipation predict avoidance learning. Psychol Sci; 19(4): 320-323.

McCaul, K. D. et. Al. (2007) The motivational effects of thinking and worrying about the effects of smoking cigarettes. Cognition and Emotion; 21(8): 1780–1798.

Hofmann, S. G. et. Al. (2005) The Worried Mind: Autonomic and Prefrontal Activation During Worrying. Emotion; 5(4): 464-475.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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