
La palabra “trauma” se ha vuelto casi omnipresente. La escuchamos en conversaciones en la cafetería, en redes sociales y, por supuesto, en las consultas psicológicas. Es un término potente y cargado de significado que en muchos casos puede explicar por qué reaccionamos de cierta manera o cómo nos relacionamos con el mundo. Y, aunque es cierto que su uso se ha sobredimensionado, no es menos cierto que casi todos hemos sufrido algún trauma en algún momento de nuestra vida. Sin embargo, no todos convertimos ese trauma en nuestra identidad.
El trauma como explicación
Un trauma psicológico se produce cuando vivimos una situación que percibimos como amenazante, ya sea a nivel físico o emocional, porque supera nuestros recursos de afrontamiento y nos desestabiliza emocionalmente. Como resultado, nos sentimos sobrepasados y a menudo experimentamos una sensación de indefensión, miedo, confusión y/o impotencia.
La mayoría de los traumas dejan huella, ya sea un trauma infantil o alguna experiencia particularmente difícil más tarde en la vida. Por tanto, nos proporciona un marco para entender mejor ciertas conductas, miedos, reticencias, inseguridades o reacciones exageradas.
Por ejemplo, una persona que fue abandonada en su infancia quizá evite la intimidad en la adultez por miedo a ser rechazada nuevamente. Otra que fue víctima de la violencia podría desarrollar un estado de hipervigilancia o ansiedad, por el miedo a que algo similar le vuelva a ocurrir.
En esos casos, el trauma aporta una explicación psicológica: nos ayuda a entender – sin juzgar – por qué sentimos o actuamos de determinada manera. Esa función explicativa del trauma es importante porque nos permite comprendernos mejor y desarrollar una actitud más compasiva hacia nosotros mismos.
De hecho, entender el impacto de esa experiencia es esencial para procesar el trauma y, eventualmente, integrarlo en nuestra historia vital para que deje de ser un peso invisible que limite nuestro bienestar y siga dictando nuestras decisiones desde lo más profundo del inconsciente.
El problema surge cuando nos aferramos al trauma y lo convertimos en una identidad, de manera que su existencia no sirve para comprendernos mejor y crecer, sino que se convierte más bien en una excusa para seguir por el mismo camino y no abandonar determinados hábitos o comportamientos, aunque nos estén dañando o limitando.
Cuando la explicación se convierte en identidad
Algunas personas, de manera consciente o no, empiezan a identificarse con el trauma. Es decir, el trauma deja de ser una experiencia que le ocurrió en el pasado y pasa a ser una etiqueta para justificar lo que es y lo que hace en el presente. Ya no es una vivencia sino que se convierte en una parte esencial de su personalidad. Así, Ana o Juan dejan de ser Ana y Juan para convertirse en una víctima de la violencia, una víctima del bullying, una víctima de la negligencia de unos padres distantes emocionalmente…
Su identidad y sus respuestas comienzan a orbitar alrededor del trauma, convirtiéndolo en el epicentro de su vida psicológica. Y, si bien es cierto que ciertas experiencias traumáticas son increíblemente dolorosas y moldean nuestra personalidad, quedarnos atrapados en ellas tiene varias consecuencias indeseadas.
- Fijación en el pasado. Cuando el trauma se convierte en una identidad, corremos el riesgo de que nuestra narrativa personal comience a girar en torno al dolor. Cada paso se interpreta a través de la lente de lo que nos ocurrió, por lo que nos volvemos incapaces de proyectarnos al futuro. Podemos quedarnos estancados emocionalmente, incapaces de pasar página, recurriendo al trauma como una excusa constante para no asumir riesgos, cambios o tomar decisiones importantes.
- Dependencia de la victimización. Identificarse con el trauma suele reforzar el rol de víctima. Obviamente, no se trata de negar el sufrimiento, pero reconstruir la identidad alrededor de él termina siendo reduccionista. Nos quedamos atascados en la repetición de esas experiencias dolorosas, sin encontrar vías para el crecimiento. De hecho, imaginarnos solo como víctimas nos impide retomar el control de nuestra vida, por lo que dificulta el desarrollo de la resiliencia y el empoderamiento personal.
- Bloquear la sanación. Cuando el trauma se convierte en una identidad, puede aparecer una resistencia al cambio individual y a la recuperación, simplemente porque “cambiar” implica dejar de ser quien cree que es. De hecho, al identificarnos con el trauma, tendemos a recrear inconscientemente situaciones que confirmen esa narrativa, incluso inconscientemente, lo que conduce a ciclos de retraumatización.
Por estas razones, es clave diferenciar entre lo que nos pasó y quiénes somos. El trauma es solo un capítulo de nuestra historia, no el título del libro.
¿Cómo procesar el trauma sin que nos defina?
Integrar el trauma no significa olvidar lo que nos ocurrió ni minimizarlo, significa incorporarlo a nuestra historia vital de manera que deje de ser una prisión emocional. Si construimos una identidad de víctima, estamos dejando que un hecho del pasado determine toda nuestra vida futura. En cambio, si hurgamos en esa experiencia, podremos comprenderla mejor y volvernos más resilientes, impidiendo que lo que nos pasó siga determinando nuestro futuro.
Un ejercicio útil para diferenciar entre explicación e identidad consiste en preguntarse:
- ¿Estoy usando este trauma para entenderme o para justificar todo lo que hago?
- ¿El trauma está limitando mi vida o estoy trabajando para superarlo y seguir creciendo?
Si tus respuestas tienden a la identificación, es probable que el trauma esté funcionando más como identidad que como explicación. Reconocerlo es el primer paso para transformar esa narrativa personal.
En un segundo momento, es importante separar el hecho traumático de la identidad, lo que implica reconocer que esa experiencia es algo que nos ha ocurrido, pero no tiene que definir cada aspecto de lo que somos o cada decisión que tomamos.
Algunos gestos simbólicos, como un ritual de cambio de ciclo, pueden ayudarnos a pasar del trauma a la integración. Por ejemplo, escribir una carta dirigida a la versión de uno mismo que sufrió la experiencia y luego guardarla, quemarla o sellarla refuerza mentalmente la separación entre el hecho traumático y la identidad actual.
Obviamente, nadie elige sufrir un trauma; y el dolor que sientes, la rabia o la frustración son perfectamente legítimos. Sin embargo, dejar que ese momento defina por completo tu vida implica concederle el control y quedarte atrapado para siempre en lo que te ocurrió.
El objetivo es construir una narrativa donde el trauma explique, pero no controle, convertir lo sucedido en otra etapa de tu vida en una información valiosa para el autoconocimiento, no en una etiqueta que te limite. Algunas personas pueden realizar esa transición solas, otras necesitarán ayuda psicológica para comprender que no somos nuestros traumas, somos la persona que los sufrimos, afrontamos, procesamos y seguimos adelante.



Deja una respuesta