
“El que quiere, puede”, reza una de las frases positivas más compartidas de los últimos tiempos que tiene el objetivo de empoderarnos y animarnos a perseguir nuestros sueños. Fruto directo de la noción de la meritocracia, nos dice que el éxito es producto exclusivo del esfuerzo individual.
La idea de que “querer es poder” nos indica que todos tenemos las mismas oportunidades, de manera que nuestro progreso depende exclusivamente de las capacidades y el trabajo duro cada uno esté dispuesto a realizar. Obviamente, es una idea inspiradora y justa que funcionaría en un mundo ideal (spoiler: no vivimos en un mundo ideal).
El esfuerzo no siempre tiene recompensa – o al menos no la que esperas
Si analizamos esta concepción de manera más profunda, podemos descubrir que a su alrededor se arremolinan una serie de mitos que realmente encubren las desigualdades estructurales y las limitaciones inherentes al sistema social, económico y cultural en el que vivimos.
Esta idea se sustenta fundamentalmente en el mito de que el esfuerzo siempre es recompensado. Por supuesto, no cabe duda de que la perseverancia y el trabajo duro pueden dar frutos, pero no siempre brindan los frutos deseados.
En este sentido, Carl Jung pensaba que la idea de “’donde hay voluntad hay un camino’, no es sólo un prejuicio, sino la superstición del hombre moderno en general”, un mantra que nos repetimos sin cuestionarnos su validez y consecuencias.
En realidad, esa creencia promueve una visión reduccionista del progreso personal. Al convertirnos en una especie de dioses todopoderosos que mueven el mundo con su voluntad, ignora prácticamente por completo los factores externos que influyen en el desarrollo de cada persona y pueden coadyuvar o limitar su progreso.
Por tanto, aunque el esfuerzo personal es condición sine qua non para alcanzar el éxito, no es una garantía del mismo. Y pensar que todo está en nuestras manos, puede conducirnos a un bucle de autoexigencia, recriminaciones, frustración e infelicidad.
La culpa y el peso del fracaso
La concepción de que “querer es poder” también transmite la terrible creencia de que las personas que “fracasan” es porque no se han esforzado lo suficiente. Según este principio de la meritocracia, quienes no han alcanzado el éxito en la vida es porque han flaqueado, ya sea por falta de capacidades o de voluntad.
No cabe duda de que a veces, “más hace el que quiere que el que puede”, como dice el refranero español, pero también hay que contar con los contratiempos, obstáculos y barreras sistémicas que nos pone la vida y que muchas veces escapan de nuestro control.
Las investigaciones sobre la creencia en un mundo justo, por ejemplo, han puesto de manifiesto que solemos pensar que el mundo es inherentemente equitativo e imparcial. Buscamos una razón legítima que explique las cosas malas que ocurren para sentirnos a salvo de ellas, lo que conduce a racionalizar las desigualdades sociales y a la larga nos convierte en personas más insensibles e indiferentes.
En este sentido, el psicólogo Melvin Lerner advertía que “la creencia en un mundo justo puede conducir a desvalorizar a quienes han sido víctimas de circunstancias adversas, justificando su situación como merecida”. Este enfoque culpabiliza a quienes no logran alcanzar los estándares del “éxito”, suponiendo que su fracaso se debe directamente a su falta de deseo o esfuerzo, excluyendo de la ecuación todos los acontecimientos externos que limitan sus oportunidades.
Zygmunt Bauman se sumaba a ese razonamiento, explicando que “la modernidad líquida disuelve las certezas del pasado, creando un entorno en el que no todos tienen las mismas capacidades o recursos para enfrentar los desafíos” y nos alertaba de la difícil – y en ocasiones incluso imposible – misión de luchar individualmente contra las trabas estructurales.
De la fuerza de voluntad a la realidad

Querer no es poder – o al menos no siempre ni en todos los casos. Y estar convencidos de lo contrario minimiza las dificultades reales y los retos colosales a las que se enfrenta la inmensa mayoría de las personas en su vida.
La realidad, como siempre, es mucho más compleja que un eslogan optimista: querer algo y esforzarnos no siempre nos garantiza poder de conseguirlo. De hecho, a menudo la idea de que “el que quiere, puede” nos conduce a un bucle de esfuerzos baldíos y frustración.
Por supuesto, nadie pone en duda que el esfuerzo individual, la dedicación y la autodisciplina sean cruciales para alcanzar nuestros objetivos. E incluso si no los conseguimos, es probable que hayamos aprendido y crecido a lo largo del camino. Sin embargo, también debemos ser conscientes de que todos no partimos con las mismas condiciones y no tenemos las mismas oportunidades. Ni siquiera la fuerza de voluntad es un recurso infinito.
Jung, por ejemplo, definía la fuerza de voluntad como la “cantidad de energía” que el ego tiene “a su disposición”. Consideraba que es “la principal fuerza orientadora y controladora de nuestra vida mental”, la cual nos permite “llevar a cabo lo que nos proponemos hacer”. Sin embargo, también advertía que en muchas circunstancias el ego tiene muy poca energía disponible para apoyar la fuerza de voluntad.
A veces también hay que aprender a dejar ir lo que no puede ser y ser capaces de pivotar en otra dirección. A veces, lo mejor es no obsesionarse – sobre todo con la idea de “éxito” que nos han vendido. A veces, por nuestro propio bienestar y equilibrio mental, es mejor hacer cuentas con la realidad.
Como escribiera Immanuel Kant, “el hombre debe esforzarse en hacer lo mejor que pueda, pero las circunstancias externas pueden limitar su capacidad para alcanzar sus fines”. Sus palabras quizá no sean tan fascinantes como muchas frases motivadoras que puedes leer por doquier, pero son más realistas y pragmáticas.
Referencias Bibliográficas:
Prieto, L. (2024) El que quiere, puede: mitos y verdades de la meritocracia. En: Dialektika.
Wilkins, V. M. & Wenger, J. B. (2014) Belief in a Just World and Attitudes Toward Affirmative Action. PSJ; 42(3): 325-343.
Lerner, M. J. & Miller, D. T. (1978) Just world research and the attribution process: Looking back and ahead. Psychological Bulletin;85(5): 1030–1051.
Lerner, M. J. & Simmons, C. H. (1966) Observer’s reaction to the «innocent victim»: Compassion or rejection? Journal of Personality and Social Psychology; 4(2): 203–210.



Yilmar dice
Me encantó el artículo. Varias veces he discrepado con personas que dicen y creen que «poder es querer» y se ciegan a la realidad de que hay infinidad de factores que hacen que a veces, por más que se quiera y se haga un esfuerzo al máximo de lo que permiten las fuerzas mentales, físicas y de otra índole, recursos disponibles, no se podrá aunque mucho se quiera. No discuto que querer es un gran porcentaje para aumentar las posibilidades de poder, pero no siempre se podrá, por más que se quiera. Hacen falta más cosas que sólo querer para poder.
Jennifer Delgado dice
Hola Yilmar,
En efecto, como dices «no siempre se podrá, por más que se quiera». Y no se trata de ser pesimistas sino de reconocer los límites y obstáculos para poder pivotar en una dirección más adecuada.