
A veces no hace falta que nadie nos diga lo que debemos hacer: basta con mirar alrededor para que, sin darnos cuenta, empecemos a replicar lo que hacen los demás. Nos reímos cuando todos ríen, callamos cuando todos se mantienen en silencio y asentimos con la cabeza incluso cuando algo dentro quiere gritar no.
¿Por qué lo hacemos? Por simple conformismo.
El conformismo es una tendencia colectiva que nos ayuda a encajar. Al formar parte del grupo nos sentimos validados y protegidos. Sin embargo, seguir a los demás también tiene sus “efectos secundarios”, sobre todo cuando no nos limitamos a seguir la corriente, sino que dejamos que esa corriente decida por nosotros.
En una época marcada por la sobreinformación, las redes sociales y las opiniones de masas, pensar con cabeza propia no es solo una virtud, es una necesidad. Dejarse arrastrar por lo que hace o dice la mayoría puede ser cómodo, pero muchas veces nos aleja de lo que realmente creemos, queremos o valoramos. Cuestionar, analizar y decidir por uno mismo se ha convertido en un acto de resistencia cotidiana frente al pensamiento uniforme.
Por suerte, hay un rasgo de personalidad que nos protege de seguir ciegamente a la masa.
Cuando la influencia social anula la individualidad
En la década de 1950, Solomon Asch realizó un experimento muy interesante en el que quería comprobar hasta qué punto las personas se adherirían al consenso grupal, incluso cuando fuera obviamente incorrecto.
En el experimento dio a los participantes dos tarjetas: una con una sola línea vertical y otra con tres líneas de diferentes longitudes. La tarea consistía en identificar cuál de las tres líneas coincidía con la longitud de la línea única que aparecía en la otra tarjeta.

El truco radicaba en que todo el grupo estaba de acuerdo para dar una respuesta incorrecta, poniendo al participante en la disyuntiva de estar de acuerdo con los demás o confiar en su percepción y juicio, yendo en contra de la opinión mayoritaria.
Asch realizó el experimento con múltiples variaciones, pero en todos los casos comprobó que aproximadamente el 75 % de los participantes se conformaba con la respuesta incorrecta de la mayoría al menos una vez.
La clave para no conformarse: abrirse a las experiencias y al mundo interior
A lo largo de los años, este experimento clásico se ha replicado de diferentes maneras. En 2023, psicólogos de las universidades de Bern y Lund lo extendieron a las opiniones políticas e incluso dieron recompensas económicas por las respuestas correctas para evaluar si un premio reducía la conformidad social.
Constataron que solo aproximadamente el 33% de las personas no se conformaban con la opinión del grupo. Tras realizar pruebas para medir la inteligencia, la autoestima y los rasgos de personalidad, comprobaron que las personas que seguían su opinión compartían una característica: la apertura a la experiencia.
La apertura a la experiencia es un rasgo complejo que implica una imaginación activa, cierta sensibilidad estética, la atención a los propios sentimientos, la búsqueda de variedad y la curiosidad intelectual. O sea, no se trata de personas que solo quieren vivir nuevas experiencias sino que también están muy comprometidas con la búsqueda interior y la comprensión de sí mismas.
Los investigadores explican que las personas más abiertas a la experiencia también son menos proclives a dejarse llevar por el grupo y más resistentes al conformismo porque presentan:
- Mayor tolerancia a la ambigüedad. Las personas abiertas a las nuevas experiencias suelen sentirse más cómodas con perspectivas divergentes, lo que hace que sean menos propensas a ceder a la presión grupal solo para encajar. Se sienten relativamente cómodas con la incertidumbre y la búsqueda, por lo que no tienen la necesidad de abrazar respuestas que no las convenzan.
- Pensamiento independiente. Las personas abiertas a las nuevas experiencias también suelen valorar la originalidad y el pensamiento no convencional. Les encanta explorar nuevas ideas y a menudo cuestionan las normas y las expectativas sociales, por lo que es menos probable que se plieguen a una opinión generalizada. Básicamente, su curiosidad intelectual actúa como una especie de escudo protector contra el conformismo.
- Menor necesidad de aprobación social. La apertura a las nuevas experiencias está inversamente relacionada con el deseo de aprobación. O sea, las personas más abiertas suelen ser más autónomas emocional y cognitivamente, lo que reduce su necesidad de alinearse con la mayoría solo para sentirse validadas y aceptadas.
En resumen, una mayor apertura a la experiencia actúa como una protección contra la conformidad emocional e intelectual porque fomenta la exploración, el pensamiento independiente y la disposición a tolerar la diferencia y la incertidumbre. Aunque no nos hace completamente inmunes a la presión social, nos ayuda a resistirla un poco mejor.
Referencias Bibliográficas:
Franzen, A. & Mader, S. (2023) The power of social influence: A replication and extension of the Asch experiment. PLoS One; 18(11): e0294325.
Asch, S. (1951) Effects of group pressure on the modification and distortion of judgments. Groups, Leadership and Men: Research in Human Relations. Carnegie Press: 177–190.



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