
Cuando algo ocupa constantemente tu atención, acaba influyendo en tus decisiones. Por eso, si pasas gran parte del día pensando en la comida, resulta muy difícil no acabar cediendo a los antojos. Ese monólogo interno sobre qué comer o cuándo hacerlo, así como las cavilaciones sobre si deberías empezar la dieta el próximo lunes, si fue buena idea haberte comido aquel trozo de chocolate o cuántas calorías has consumido, genera un ruido mental que juega en tu contra.
De hecho, hace poco una persona que lleva un par de meses usando Mounjaro con el objetivo de perder peso me comentó que, una de las cosas que más le había sorprendido, es que ya no pensaba constantemente en la comida. “Es como si hubieran apagado un interruptor en mi cabeza”, me dijo. Y lo cierto es que no andaba desacertada, porque la tirzepatida, que es el principio activo de este medicamento, puede “hackear” el cerebro para ayudarnos a dejar de pensar en la comida.
El “ruido alimentario” no es solo una metáfora
El “ruido alimentario” no son esos pensamientos fugaces que aparecen cuando tenemos que organizar la cena o el antojo puntual de una tarta de chocolate o una pizza con extra de queso, es un flujo persistente de ideas sobre la comida que se convierte en una presencia mental constante, invasiva y difícil de ignorar.
Eso hace que la alimentación ocupe un espacio desproporcionado en nuestra mente, como si siempre estuviera “sintonizada” en el mismo canal, lo que suele condicionar nuestro comportamiento.
En términos neuropsicológicos, ese ruido mental son procesos neurales que hacen que ciertos estímulos (como un anuncio de comida o pensar en un dulce) activen persistentemente los circuitos cerebrales de recompensa, atención y motivación, aunque no tengamos hambre fisiológica.
Curiosamente, las personas que padecen obesidad, trastornos alimentarios que cursan con pérdida de control (como los atracones o la bulimia nerviosa) o que recurren a la comida para gestionar sus emociones, han reportado niveles elevados de ruido alimentario.
Lo que ocurre es que ciertas regiones del cerebro, principalmente el núcleo accumbens y otras partes del sistema mesolímbico relacionadas con la recompensa, se vuelven altamente sensibles a los estímulos alimentarios, generando pensamientos intrusivos y una fuerte predisposición a responder a ellos de forma impulsiva. En otras palabras: tu cerebro está tan enfocado en la comida que le resulta difícil resistirse.
¿Cómo los medicamentos para perder peso acallan el ruido alimentario?
Al inicio, se pensaba que los medicamentos análogos del GLP-1, como el Ozempic y Wegovy, y los agonistas duales GLP‑1/GIP, como Mounjaro, hacían que el estómago se vaciara más lentamente, de manera que las personas se sentían saciadas más rápido y durante más tiempo. Se creía que la saciedad era la que atenuaba los pensamientos recurrentes sobre la comida.
Sin embargo, todo parece indicar que estos medicamentos van un paso más allá, traspasan la barrera hematoencefálica y realmente actúan sobre diferentes zonas del cerebro.
Hace poco, un estudio pionero publicado en Nature Medicine registró directamente con electrodos la actividad cerebral de tres personas con obesidad severa que tenían dificultades para controlar sus hábitos alimentarios.
Los neurocientíficos descubrieron que los episodios de preocupación intensa por la comida y antojos se relacionaban con señales cerebrales de baja frecuencia (actividad delta-theta) en el núcleo accumbens. También constataron que el consumo de tirzepatida redujo los antojos y los pensamientos sobre la comida al disminuir la frecuencia cerebral delta-theta.
El núcleo accumbens es una zona del cerebro clave en el sistema de recompensa, implicada en la motivación, el placer y la búsqueda de estímulos gratificantes. Si pensamos en la comida y sentimos un fuerte deseo de comer, ese circuito se activa con unos patrones específicos de actividad eléctrica.
Básicamente, la tirzepatida reduce la señalización aberrante en el núcleo accumbens asociada a la compulsión por comer. Traducción: los circuitos neurales que usualmente se activan cada vez que pensamos en la comida no se “encienden” de forma exagerada mientras estamos bajo la influencia del medicamento.
A nivel psicológico, esa acción tiene dos implicaciones importantes:
- Reduce la intensidad de los pensamientos intrusivos. Los estímulos que antes disparaban una cascada de pensamientos automáticos sobre la comida, dejan de monopolizar la atención.
- Mayor control cognitivo. Al disminuir el ruido alimentario de fondo, el cerebro tiene más recursos disponibles para las funciones ejecutivas, lo que significa que podemos valorar si realmente tenemos hambre, elegir opciones más saludables y regular el comportamiento de forma más consciente.
No es una solución mágica – y no dura para siempre
Básicamente, la neurociencia nos dice que el “ruido alimentario” tiene una base biológica real y que, al igual que otras funciones cerebrales, se puede modular farmacológicamente, aunque todavía no comprendamos por completo los mecanismos o la acción a largo plazo de estos novedosos medicamentos para la obesidad.
Este descubrimiento ofrece esperanza, incluso para tratar otros trastornos psicológicos. De hecho, los fármacos contra la obesidad ya se están probando para abordar las adicciones a las drogas, al alcohol y a la nicotina puesto que comparten mecanismos neuropsicológicos similares.
Sin embargo, es importante tener expectativas realistas. Los neurocientíficos también comprobaron que el silenciamiento del ruido alimentario fue temporal. Después de unos meses, la actividad neural regresó a los niveles anteriores, aunque la persona seguía con el tratamiento.
Es probable que, al igual que muchos otros psicofármacos, el cerebro se termine acostumbrando y se produzca lo que se conoce como habituación. Por otra parte, también es fundamental tener presente que, aunque los medicamentos para adelgazar como el Ozempic, Wegovy o Mounjaro pueden alterar las señales cerebrales asociadas con la compulsión por comer, no actúan directamente sobre la raíz de los patrones de pensamiento a largo plazo.
Los fármacos actúan durante cierto tiempo sobre los circuitos de recompensa y motivación, pero los patrones cognitivos profundamente arraigados y los condicionamientos emocionales vinculados a la comida podrían requerir una intervención psicológica para lograr cambios conductuales duraderos.
Particularmente, considero que estos fármacos son una ayuda inicial para las personas a quienes les cuesta comenzar a perder peso porque se sienten atrapadas en un bucle mental de ruido alimentario y malos hábitos dietéticos, pero no como un sustituto de la psiconutrición.
Los medicamentos a base de tirzepatida pueden apagar momentáneamente esa “radio interna” que no deja de hablar de comida, dándonos espacio para pensar con mayor claridad y actuar con más control, pero el viaje hacia una relación equilibrada con los alimentos y con nuestras emociones sigue siendo una tarea que involucra tanto a la biología como a la mente. Y eso significa desarrollar buenos hábitos alimenticios y cambiar la relación con la comida de manera más profunda.
Referencias:
Dhurandhar, E. J. et. Al. (2025) Food noise: definition, measurement, and future research directions. Nutr. Diabetes; 15: 30.
Choi, W. et. Al. (2025) Brain activity associated with breakthrough food preoccupation in an individual on tirzepatide. Nat Med; 31: 4038–4043.
O’Keefe, J. H. et. (2025) Anti-consumption agents: Tirzepatide and semaglutide for treating obesity-related diseases and addictions, and improving life expectancy. Progress in Cardiovascular Diseases; 89: 102-112.
Kalivas, P. W. et. Al. (2023) Intrusive thinking: Circuit and synaptic mechanisms of a transdiagnostic psychiatric symptom. Neuroscience & Biobehavioral Reviews; 150: 105196.



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