
“El sabio solo piensa en sus problemas cuando tiene algún sentido hacerlo; el resto del tiempo piensa en otras cosas o, si es de noche, no piensa en nada”, dijo Bertrand Russell refiriéndose a esa tendencia tan humana a sobrepensar y preocuparse innecesariamente.
Y es que existe una diferencia trascendental entre reflexionar y rumiar. La primera puede ayudarnos a comprender, decidir y actuar. La segunda nos mantiene dando vueltas alrededor del mismo problema, como si mover mentalmente una preocupación de un lado a otro fuera una forma de avanzar.
Y quizá una de las formas más inteligentes de relacionarnos con nuestros problemas sea precisamente aprender a distinguir ambos fenómenos para no quedarnos atrapados en ellos.
Pensar no es sinónimo de hacer (aunque a veces lo confundamos)
Cuando algo nos preocupa, el cerebro tiende a volver una y otra vez al asunto. Es comprensible. Si existe una amenaza, una decisión pendiente o algo que no sabemos cómo resolver, mantenerlo activo en la mente es una estrategia natural para buscar una solución.
El problema surge cuando el pensamiento deja de producir información nueva y comienza a funcionar en bucle con los mismos datos y las mismas preocupaciones.
Puedes analizar durante media hora cómo afrontar una conversación difícil y llegar a una conclusión útil. Pero también podrías pasar dos horas reconstruyendo mentalmente lo que dijiste ayer, imaginando lo que la otra persona podría contestar y anticipando diez escenarios diferentes sin acercarte ni un milímetro a una solución decente.
En ese punto, pensar ya no es una herramienta, sino una acción repetitiva. Por tanto, deberíamos preguntarnos si el pensamiento está produciendo algún resultado.
Si estás tomando una decisión, organizando opciones, aprendiendo de un error o preparando una conversación, probablemente sí. Pero si simplemente estás reproduciendo la misma escena con pequeñas variaciones, probablemente no.
La preocupación, una trampa que nos hace sentir ocupados
Una de las razones por las que resulta tan difícil dejar de pensar es que la preocupación nos engaña generando una curiosa sensación de actividad. Cuando nos mantenemos preocupados, da la sensación de que estamos haciendo algo para solucionar el problema. No estamos sentados sin más, relajados o disfrutando, sino que estamos analizando, anticipando, comprobando, imaginando cosas…
El cerebro suele interpretar esa actividad como una forma de preparación, por eso es tan importante tener claro que preocuparse no equivale a prepararse. Prepararse implica identificar qué depende de nosotros y decidir qué haremos a continuación.
Por eso, ante un problema, puede ser más útil preguntarse: “Qué puedo hacer ahora?”. Si podemos hacer algo, conviene concretarlo, ya sea una llamada, una decisión, una conversación, una búsqueda de información, una tarea pequeña…
Si llegamos a la conclusión de que no podemos hacer nada, seguir pensando probablemente no aporte nada más. En esos momentos, Russell considera que lo más inteligente es hacer otra cosa, destinar nuestra energía a los problemas que sí podemos solucionar o, simplemente, descansar.
Desconectar no es irresponsabilidad
A muchas personas les cuesta descansar cuando tienen algo pendiente porque inmediatamente les atenaza la sensación de culpa. Se preguntan cómo es posible que puedan desconectar o disfrutar cuando tienen ese problema por delante, como si el mero hecho de seguir enfocados en lo que nos preocupa fuera suficiente para solucionarlo.
Sin embargo, las personas inteligentes emocionalmente saben que descansar no implica ignorar un problema, sino reconocer que la mente también tiene límites.
La atención sostenida consume recursos. Y cuando llevamos horas o días intentando resolver algo que no tiene una solución inmediata, podemos terminar tomando decisiones peores, precisamente por estar demasiado inmersos en ello y perder la perspectiva.
A veces necesitamos distancia para ver lo que desde dentro no conseguimos distinguir. Por eso hay problemas que parecen enormes a la una de la madrugada, pero son mucho más manejables a las diez de la mañana. La situación no ha cambiado, hemoscambiado nosotros porque estamos más descansados, menos activados y podemos observarla asumiendo una distancia psicológica.
Las 3 preguntas que pueden cambiar la manera de preocuparnos
La próxima vez que descubras que llevas un rato pensando en el mismo problema, dándole vueltas sin parar, intenta detenerte y hazte estas tres preguntas:
1. ¿Estoy descubriendo algo nuevo?
Si la respuesta es sí, continúa.
2. ¿Existe alguna acción concreta que pueda realizar ahora?
Si la respuesta es sí, hazla.
3. ¿O simplemente estoy repitiendo mentalmente lo que ya sé?
Si es así, quizá haya llegado el momento de hacer algo que no tenga absolutamente nada que ver con el problema.
No porque no importe, sino precisamente porque importa mucho. La madurez psicológica no consiste en tener una solución para cada problema, sino en saber discernir cuándo nuestra atención y esfuerzo están siendo útiles y cuándo los estamos desperdiciando.
Esa es la sabiduría a la que se refería Russell: no necesitamos pensar en nuestros problemas todo el tiempo para tomárnoslos en serio o resolverlos. A veces, la solución exige pensar, pero en otras ocasiones es mejor dejarla en “stand-by” hasta que podamos asumir una distancia, tener nueva información y ocuparnos de ello.
Russell recomendaba: «cuando debas tomar una decisión difícil o preocupante, tan pronto como tengas todos los datos estén disponibles, piensa en el asunto lo mejor que puedas y toma tu decisión. Una vez tomada, no la revises a menos que conozcas algún hecho nuevo. Nada es tan agotador como la indecisión, y nada es tan inútil«.



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