
Vivimos en tiempos de sobreabundancia. Sobreabundancia de opciones, estímulos, información y modelos de vida. Paradójicamente, tener tantas opciones no siempre conduce a la claridad, sino más bien a la confusión.
Y cuando elegir se vuelve agotador, posponer se convierte en la norma. Como resultado, cada vez más personas viven en piloto automático. Se dejan llevar, como si la vida fuera una especie de cinta transportadora. Sin embargo, “cuando no sabes hacia dónde vas, es probable que acabes en un lugar indeseado”, como escribiera el psiquiatra Alexander Elder.
La parálisis ante la elección
A muchas personas les cuesta tomar decisiones, no porque no tengan opciones, sino precisamente porque tienen muchas o porque temen elegir mal. La parálisis por análisis es en gran parte el resultado de una sociedad que sobrevalora el éxito y castiga el error, una sociedad en la que elegir bando se ha convertido en una especie de declaración de principios y una apuesta pública que parece no admitir marcha atrás.
Así, tener que decidir nos paraliza. Postergamos decisiones importantes, nos refugiamos en lo conocido o delegamos – consciente o inconscientemente – nuestras elecciones en los demás.
El problema es que no decidir también es una decisión. Y cuando no decidimos por nosotros mismos, el mundo sigue girando y nos arrastra con él. Todo sigue su curso. Y si no tenemos claro el rumbo que deseamos tomar, lo más probable es que acabemos siendo arrastrados por las decisiones de otros, por simple inercia.
Uno de los mayores peligros de no tener una brújula interna es que terminamos adoptando mapas ajenos. O sea, si no sabes a donde vas, es probable que sigas el camino que tus padres soñaron para ti, persigas el modelo de éxito que venden las redes sociales o aceptes un trabajo que detestas solo porque “tiene futuro” o “da prestigio”.
Pero esos caminos, aunque estén bien pavimentados y sean populares, pueden alejarte de tu esencia. Y cuando esto ocurre, surgen sentimientos de insatisfacción crónica, incluso si aparentemente lo has conseguido todo.
La trampa de fluir sin dirección
La falta de sentido vital no siempre se manifiesta como una crisis existencial dramática. A menudo aparece de forma silenciosa y se manifiesta como apatía, desmotivación, dificultad para tomar decisiones, irritabilidad difusa o esa sensación de que los días pasan sin dejar huella. No hay grandes tragedias griegas, pero tampoco hay entusiasmo.
Esa falta de sentido vital suele derivarse de una desconexión progresiva entre la experiencia interna y las decisiones externas.
En este contexto, muchos abrazan el discurso de “fluir con la vida” porque los exime de la responsabilidad de decidir. Sin embargo, cuando se aplica en ausencia de una mínima brújula interna, “fluir” se convierte en un mecanismo de evitación. No es lo mismo asumir que la vida es incierta y estar dispuesto a capear las adversidades o aprovechar lo que venga que abdicar de toda capacidad de agencia.
Optar por una aparente neutralidad dejando que las cosas “se den solas” ofrece un alivio a corto plazo, pero suele traducirse en insatisfacción a medio y largo plazo. Porque si no sabes a donde vas, si no hay un criterio interno que oriente las decisiones, la dirección la marcarán otros factores (entiéndase: la presión social, las expectativas familiares o incluso las urgencias del entorno).
Esa ambigüedad vital no genera solo incertidumbre, también conduce a un tipo de deriva existencial en la que los compromisos, las oportunidades y los vínculos se aceptan más por inercia que por convicción.
¿Dónde estoy y adónde quiero ir?
Vivir sin dirección no es vivir libremente, es vivir a la deriva. Y cuando el tiempo pasa, podríamos terminar en un sitio – metafórico o literal – que no elegimos realmente.
Si no sabemos qué queremos de la vida, es difícil que la vida nos devuelva algo que nos satisfaga. En cambio, cuando tomamos las riendas y marcamos el rumbo, incluso cuando nos equivocamos, sentimos que la vida es más auténtica.
A fin de cuentas, el sentido vital no es un camino lineal delimitado a la perfección, sino más bien una forma de caminar consciente hacia lo que nos importa. Y en ese viaje, cada decisión cuenta.
Por tanto, si estás en una de esas fases en las que simplemente te estás dejando llevar por la inercia y no tienes claro hacia dónde encaminarte, quizás sea momento de parar, mirar dentro de ti y preguntarte: ¿estoy en un camino que he elegido o estoy siguiendo la ruta de otro? Y si la respuesta no te gusta, recuerda que siempre tienes la posibilidad de dar un giro.



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