
Hay personas que van a terapia buscando herramientas para sentirse mejor, resolver conflictos enquistados o para recibir orientación y consuelo en épocas de turbulencia. Y luego están los que entran van al gabinete del psicólogo esperando que encima haya escondida una bola de cristal por alguna parte.
¿Debería dejar a mi pareja?
¿Es normal que odie a mi madre?
¿Qué carrera debería estudiar?
La lista de preguntas es tan larga y variopinta como personas, pero todas tienen un punto en común: buscan a alguien que les diga qué hacer con su vida. A este fenómeno lo llamo el síndrome del “psicólogo oráculo”.
Spoiler: la terapia no funciona así.
La tentación de que otro piense y decida por nosotros
La figura del “psicólogo oráculo” no es nueva. En el pasado, grandes reyes y líderes consultaban a los oráculos, casi siempre encarnados en las figuras de los sacerdotes, sibilas o pitonisas. Creso, el rey de Lidia, le preguntó al oráculo si debía ir a la guerra contra Ciro el Grande. Y Alejandro Magno lo consultó durante su conquista de Egipto.
Ya lo advertía Kant en su célebre ensayo “¿Qué es la Ilustración?”: la mayoría prefiere seguir siendo menor de edad en el ámbito intelectual, que significa delegar en los otros el peso de pensar y decidir. Porque pensar por uno mismo, decía el filósofo, es incómodo. Implica asumir riesgos, cargar con las consecuencias de nuestras elecciones y abandonar la protección tranquilizadora de quien nos dice qué hacer.
La autonomía y la libertad no siempre seducen, a menudo asustan, como también advertía Erich Fromm en “El miedo a la libertad”.
En la actualidad, esta tentación se ha multiplicado. En un mundo donde nos venden soluciones instantáneas para casi todo, desde aplicaciones que eligen por ti la película perfecta hasta entregas a domicilio a la velocidad de un rayo, no sorprende que muchos esperen que el psicólogo también les diga qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo.
Pero delegar sistemáticamente nuestras decisiones tiene un precio: nos vacía de sentido. Nos convierte en consumidores pasivos y espectadores de nuestra propia historia, esperando que alguien más repare nuestro mundo interior. Así, lo que parecía alivio se convierte en dependencia.
Obviamente, la vida es compleja. Las emociones duelen. Tomar decisiones es arriesgado. Y pensar en profundidad cansa. Por eso, la tentación de delegar el conflicto existencial en un profesional es fuerte. A veces, por puro agotamiento emocional. Otras veces, por simple pereza.
El terapeuta no tiene una fórmula mágica, pero puede ayudarte de otras maneras
Sin embargo, un psicólogo nunca te dirá lo que debes hacer por mil razones diferentes. Una de ellas, es porque cada quien debe tomar sus propias decisiones y asumir la responsabilidad por sus consecuencias. El psicólogo solo puede acompañarte en el viaje y arrojar luz, pero no puede recorrerlo en tu lugar.
Un psicólogo no está para ordenar tus líos, sino para ayudarte a encontrarles un sentido. No te va a decir si tienes que separarte, mudarte, cambiar de carrera o dejar de hablarle a tu tía Teresa. Te va a ayudar a que entiendas por qué te estás planteando eso, qué emociones hay detrás, qué valores están en juego, qué opciones has pasado por alto y cómo tomar una decisión más alineada contigo.
Te ayudará a entender por qué repites ciertos patrones o por qué sientes lo que sientes. Será tu acompañarte mientras exploras tu historia personal y tus heridas emocionales para ayudarte a escucharte y entenderte mejor, sin tanto ruido mental.
La “magia” de la terapia no está en las respuestas que da el psicólogo, sino en las preguntas que logra que te hagas tú. Preguntas que remueven, y a veces también incomodan, pero te sacan de esa postura pasiva y te obligan a mirar la realidad.
El problema de convertir al terapeuta en un oráculo es que te quita poder. Te deja como un mero espectador de tu vida. Y eso, más que sanar, paraliza. La terapia no está para decirte qué hacer, sino para activar tus recursos internos y devolverte la posibilidad de elegir y seguir adelante.
Aunque no tenga una bola de cristal, el psicólogo sí puede darte algo muy valioso: un espacio sin juicio. Un lugar donde puedas decir lo que no te atreves a contarle a nadie, pensar en voz alta, llorar sin pedir disculpas y cuestionarte sin miedo. Eso, que parece poco, es muchísimo. Porque a veces, cuando uno se atreve a hablar, encuentra sus propias respuestas.



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