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Vivimos en una sociedad esquizofrénica

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Sociedad esquizofrénica

¿Últimamente tienes la sensación de que, no importa cuánto te esfuerces, lo que hagas o cuán bien sigas las instrucciones implícitas de la sociedad porque siempre parece haber algo que no encaja del todo?

Vivimos en un mundo que nos empuja en mil direcciones diferentes a la vez. Nos dice que debemos ser libres, pero dentro de unos límites cada vez más estrictos. Que seamos auténticos, pero sin salirnos demasiado del guion. Que descansemos, pero sin dejar de ser productivos.

Ese bombardeo constante de mensajes contradictorios es como una telaraña invisible que nos atrapa, por lo que no es extraño que acabemos sintiéndonos agotados, ansiosos o con la sensación permanente de estar haciendo algo mal.

La teoría del doble vínculo, un cortocircuito mental que nos atrapa sin salida

En la esquizofrenia, la persona no es capaz de responder adaptativamente porque ha perdido el contacto con la realidad. Por tanto, sus pensamientos, emociones y comportamientos son percibidos como anómalos. De hecho, etimológicamente la palabra esquizofrenia significa “mente escindida”.

Algunos psicólogos y psiquiatras han intentado explicar el origen de la esquizofrenia a través de la teoría del doble vínculo.  En 1972, el científico social Gregory Bateson planteó un tipo de comunicación sin salida que nos atrapa en una situación ambigua y paradójica creada por dos mensajes contradictorios entre sí.

Se hipotetiza que cuando una persona pasa gran parte de su vida atrapada en una relación de doble vínculo, sobre todo desde edades tempranas, es probable que esas contradicciones permanentes terminen afectando su capacidad para entender los mensajes y procesar la realidad, lo que conduce a las respuestas desadaptativas propias de la esquizofrenia.

Hoy vivimos, en gran medida, en una sociedad que envía constantemente mensajes y plantea demandas imposibles de satisfacer al mismo tiempo. Un ejemplo típico es el imperativo “¡sé espontáneo!”, donde la orden en sí impone ejercer cierta forma de control sobre nuestras acciones. Si me obligo a ser espontáneo, ¿cuán espontáneo soy realmente?

Esa dinámica genera confusión y ansiedad, porque nos vemos obligados a elegir entre opciones que siempre nos ponen entre la espada y la pared, generando una experiencia alternada de contradicciones emocionales y cognitivas que puede tener efectos muy negativos a largo plazo. De hecho, quizá no sea tan casual que nacer en una ciudad aumente el riesgo de sufrir esquizofrenia.

Un juego imposible: ¿cómo nos enreda la sociedad en paradojas sin solución?

En la época contemporánea, tan esquizofrénica en su externalización, el doble vínculo se ha convertido en un leitmotiv, sobre todo a partir de la popularización del positivismo a ultranza, la publicidad ubicua y las expectativas irreales que difunden las redes sociales.

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Un ejemplo típico se esconde tras el imperativo: “¡disfruta de la vida!”. Pero para disfrutar realmente de la vida primero debemos cubrir nuestras necesidades básicas, lo que significa que necesitamos dinero. Y si trabajamos todo el día para ganar dinero porque los empleos son cada vez más precarios, no tendremos tiempo – ni fuerzas – para disfrutar de la vida.

Otro ejemplo de doble vínculo muy común en nuestros días es el deseo de preservar el medio ambiente, pero por otro, hacer crecer la economía y preservar nuestro elevado nivel de vida basado en el consumismo, exigencias que se neutralizan entre sí.

La sociedad occidental moderna, tal y como está construida – con sus contradicciones y demandas imposibles de satisfacer – conduce estructuralmente a cortocircuitos cotidianos. Esa forma generalizada de comunicación nos empuja a abdicar de las exigencias de la lógica, haciendo que nos rindamos, exhaustos, ante tantas demandas discordantes.

Cuando nos vemos atrapados en un doble vínculo perenne y percibimos que el mundo es demasiado complejo, dejamos de usar la razón y, al igual que los esquizofrénicos, construimos un universo paralelo. Fragmentamos la realidad para que sus contradicciones no nos golpeen con tanta fuerza. Nos convencemos de que el problema no es tan grave, elegimos qué parte del discurso aceptar y cuál ignorar, o simplemente flotamos en un estado de indiferencia aprendida.

Así construimos burbujas cognitivas, mundos internos en los que todo encaja porque hemos decidido dejar fuera lo que no cuadra. El problema es que estas burbujas no nos protegen, sino que nos aíslan. Vivimos rodeados de narrativas que nos dan una falsa sensación de control: el optimismo forzado que nos dice que todo depende de nuestra actitud, la mercantilización del bienestar que nos vende soluciones exprés y la hiperestimulación digital que nos mantiene distraídos.

En lugar de afrontar la disonancia, la sorteamos, refugiándonos en discursos simplistas que nos ofrecen un alivio momentáneo. Pero la realidad sigue ahí y, tarde o temprano, la factura llega. Así acabamos atrapados en un bucle, cada vez con menos herramientas psicológicas para afrontar asertivamente la realidad.

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Para salir del laberinto hay que recuperar el pensamiento propio

La exigencia de ser todo a la vez – exitoso pero relajado, sociable pero independiente, ambicioso pero humilde – nos atrapa en una dinámica de tensión constante. Es como si el mundo se hubiera convertido en un laberinto donde cada camino te lleva de vuelta al mismo punto: la duda, el agotamiento y la sensación de que algo no está bien.

Cuanto más intentamos encajar, más difícil resulta entender qué se espera realmente de nosotros. Es una paradoja cotidiana: estamos hiperconectados, pero solos; sobreinformados, pero confundidos; más “libres” que nunca, pero con una extraña sensación de estar atrapados en una coreografía que no hemos elegido.

¿Dónde está la salida?

Una historia zen nos da una pista.

Un maestro zen le dijo a sus discípulos: “Si dices que este palo es real, te pegaré. Si dices que este palo no es real, te pegaré. Si no dices nada, te pegaré”.

Parecía que no había escapatoria posible.

Sin embargo, un discípulo avispado encontró la solución cambiando el nivel de comunicación. Se acercó al maestro, agarró el palo y lo rompió.

Para romper el bucle del doble vínculo no debemos buscar respuestas fáciles, sino plantearnos mejores preguntas. Como decía Albert Einstein, “no podemos resolver un problema usando el mismo nivel de conciencia que lo creó”. Eso significa que debemos elevar nuestro nivel de razonamiento.

En lugar de resignarnos a las reglas contradictorias del juego, podemos cuestionarlas: ¿Por qué aceptamos exigencias imposibles? ¿De dónde vienen estos imperativos? ¿A quién benefician?

La salida no está en la evasión, la aceptación ciega o la indiferencia apática, sino en un proceso consciente de reconstrucción de nuestro criterio. Aprender a tolerar los diferentes tipos de incertidumbre sin rendirnos a discursos prefabricados nos permite recuperar la capacidad para elegir de forma consciente. Solo así podremos salir del laberinto del doble vínculo sin caer en una nueva trampa.

Referencias Bibliográficas:

Bateson, G. (1972) Steps to an Ecology of Mind. Collected essays in anthropology, psychiatry, evolution, and epistemology. Nueva Jersey: Jason Aronson Inc.

Bateson, G. et. Al. (1956) Toward a theory of schizophrenia. Journal of the Society for General system Research; 1(4): 251-254.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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