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La sociedad ineducada: sola, violenta y enganchada a las pantallas

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Actualizado: 17/05/2025 por Jennifer Delgado | Publicado: 18/12/2024

Sociedad ineducada

El otro día, mientras paseaba por una acera muy estrecha, un adolescente ensimismado en su móvil, chocó conmigo – a pesar de que me había detenido para cederle el paso. Alzó la vista durante un milisegundo y en su cara se leía una sensación de molestia y enfado por el incordio. Como si yo fuera un poste eléctrico, no se dignó a disculparse. Sus padres, unas personas de mediana edad, hicieron como que no había pasado nada. Fue una anciana, aparentemente la abuela, quien se disculpó por el comportamiento distraído y maleducado del adolescente.

La historia podría ser banal. Completamente intrascendente. Si no fuera porque se repite a diario en todas partes, dejando entrever una absoluta falta de interés por los demás. Esa historia es tan solo la punta de un iceberg mucho más aterrador que crece bajo la superficie de una sociedad cada vez más sola, desconfiada, malhumorada, apática y dependiente de la tecnología. Una sociedad donde la violencia se está volviendo cada vez más molecular, llegando a nivel de calle, mientras los vínculos humanos se convierten en una reliquia de viejas generaciones que están a punto de dejarnos.

Y todo eso nos conduce a un punto controvertido que parece haberse convertido en un tabú moderno: la educación. La culpa no es de la tecnología, de los móviles o las redes sociales – esos cómodos chivos expiatorios en los que intentamos delegar nuestra responsabilidad. La culpa es de que vivimos en lo que el filósofo Marcello Veneziani calificó como una “sociedad ineducada”.

La sociedad ineducada, el fruto ¿imprevisto? de un cómodo laissez faire

La educación positiva ha ido demasiado lejos – aunque sería más correcto decir que la hemos malinterpretado y manoseado hasta convertirla en un cheque en blanco, un cómodo laissez faire con el que los adultos también se liberan de sus responsabilidad como guías y educadores de las nuevas generaciones a las que han dado vida.

Partiendo de la idea errónea de que todos somos autónomos, autosuficientes y racionales desde una edad temprana, cualquier intento de educar se ve como una imposición inconcebible, una especie de coerción deleznable contra la libertad y una falta de respeto hacia la personalidad del niño o adolescente – personalidad que, dicho sea de paso, todavía está en formación y que seguirá cambiando a lo largo de la vida.

Sin embargo, así como no se nace sabiendo, tampoco se nace educado. Y a menudo la autoeducación o lo que aprenden los niños con la cara metida en los móviles dista mucho de ser suficiente para moverse en el complejo océano de las relaciones sociales. Como resultado, tenemos una sociedad cada vez menos educada, inculta e ignorante – no incipiente, que implica no saber, sino una sociedad que practica la ignorancia motivada, el acto voluntario de cerrar los ojos para no ver lo que no se quiere entender o resulta incómodo.

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La sociedad ineducada desborda información, pero adolece de conocimientos. Reclama derechos, pero olvida sus deberes. Quiere ser vista y oída, pero no observa ni escucha. Quiere ser inclusiva, pero acaba excluyendo. Levanta como estandarte la libertad, pero solo la propia. Se piensa educada, pero es inculta.

Convertida en una paradoja andante, la sociedad actual se cree educada porque sabe cómo «funcionar», pero ha olvidado cómo relacionarse. Sabe resolver problemas técnicos, pero no conflictos humanos. Sabe cómo crear algoritmos complejos, pero no sabe cómo mirarse a los ojos y conectar. Esta sociedad, tan segura de su progreso, ha olvidado lo esencial: que sin empatía, sin escucha y sin propósito, de poco sirven los conocimientos que hayamos atesorado a lo largo de los siglos.

El individualismo extremo y la cultura del “porque yo lo valgo”

La educación es la gran ausente en la actualidad. Es como si ya nadie sintiera el deber, el derecho, la obligación, el deseo y la necesidad de educar y mucho menos de ser educado.

El acto de educar parece haberse convertido en una práctica arcaica, en gran parte porque han desaparecido los principios compartidos. Y es que la educación no es solamente un perímetro de reglas a cumplir o un cúmulo de conocimientos a aplicar, sino sobre todo una serie de valores de referencia del que emana un compromiso constante e inequívoco con el crecimiento y desarrollo de las nuevas generaciones.

No obstante, «la paciencia para educar y ser educado se ha agotado«, como escribiera Veneziani. Imbuidos en una cultura del privilegio, las nuevas generaciones lo quieren todo y ya. Reclaman sus derechos mientras escapan de sus deberes.

Y es que cuando no se educa en el respeto, en la civilidad y en las buenas costumbres, cuando no se educa en la empatía, en la responsabilidad afectiva, en el saber estar y el saber ser; es fácil desarrollar una mentalidad egocéntrica.

La idea del “yo primero” o el “todo me lo merezco” sienta casa muy pronto, impidiendo que los más jóvenes se deshagan de ese natural egoísmo inicial para ampliar su vista a quienes los rodean. En ese desarrollo miope, los otros se vuelven sombras borrosas por las que no se siente empatía y con las que no se logra conectar emocionalmente.

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Por ese motivo, no debe extrañarnos que los índices de violencia juvenil estén aumentando de manera alarmante en gran parte del mundo, a la par de los casos de trastornos mentales a edades cada vez más tempranas.

Adiós al “nosotros”: vivimos en una sociedad ineducada y no queremos reconocerlo

Históricamente, los principales educadores han sido: la familia, la comunidad, la escuela y los medios de comunicación. Sin embargo, últimamente su peso y roles han cambiado. Mientras la comunidad prácticamente ha desaparecido, la escuela se ha reducido a instruir; o sea, brindar un manual de instrucciones para adquirir unos conocimientos mínimos que sirvan para desarrollar una profesión. Los medios de comunicación, por su parte, se han convertido en un parque de diversiones donde, más que informar y educar, se entretiene.

La familia, en lo que le concierne, ha desistido de su rol de educar para limitarse a proteger. Muchos padres ya no educan a sus hijos para que maduren, asuman responsabilidades, sean respetuosos, acepten sus límites y se superen a sí mismos. En cambio, se esfuerzan por sobreproteger a sus hijos, blindarlos de los problemas a toda costa y culpar a los demás por lo que salga mal.

El rechazo a aplicar cualquier forma de autoridad, límites o severidad – conceptos que no son necesariamente negativos sino imprescindibles en su justa medida – desemboca en niños malcriados y consentidos. Esos niños luego se convierten en jóvenes más vulnerables que carecen de las herramientas psicológicas necesarias para afrontar la vida y relacionarse de manera asertiva.

Confundir la idea de que cada quien debe construir su propio camino con una “barra libre de comportamientos” donde todo está permitido es tentador por su comodidad en unos tiempos en los que todos nos sentimos agotados, pero desemboca en una permisividad inaceptable. Porque cuando no se ponen límites, lo que crece ilimitadamente es el egocentrismo. Y a todos los niveles, desde ese joven que se lleva por delante a una anciana o a un niño porque miraba el móvil mientras conducía hasta esa multinacional que arrasa con todos los recursos naturales simplemente porque nadie se lo impide.

Particularmente, preferiría una sociedad donde todos podamos mirarnos a los ojos, conectar y hablar. Donde todos respetemos las diferencias y los límites. Donde seamos conscientes de que cada quien vale tanto como el otro. Donde asumamos responsabilidades y nos esforcemos por subsanar nuestros errores. Donde comprendamos que la clave radica en el equilibrio. Una sociedad humana, en definitiva. Aunque quizá sea mucho pedir.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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