
En el imaginario popular, la terapia psicológica suele verse como una opción circunscrita a quienes atraviesan una crisis o tienen problemas emocionales. Sin embargo, ir al psicólogo no solo sirve para afrontar los momentos más complicados, también nos ayuda a conocernos mejor o a desarrollar estrategias que nos permitan afrontar con mayor serenidad el día a día.
No siempre hace falta una crisis para necesitar un espacio de reflexión
Vivimos inmersos en una cultura de la inmediatez, eminentemente orientada a resolver urgencias. Solemos prestar atención a nuestra salud cuando aparece un síntoma evidente y, con frecuencia, hacemos lo mismo con nuestro bienestar psicológico. Como resultado, muchas veces esperamos hasta que la ansiedad resulta insoportable, el agotamiento se convierte en incapacidad para seguir trabajando o un conflicto acaba deteriorando una relación importante.
De hecho, una encuesta realizada por la Organización Mundial de la Salud Mental en más de una decena de países constató que las personas con ansiedad tardaban entre 3 y 30 años en consultar a un especialista y hasta 14 años quienes sufrían un trastorno del estado de ánimo.
Curiosamente, el principal motivo para no acudir a consulta no es económico, sino pensar que “no es para tanto”, según reveló otra encuesta llevada a cabo por la Organización Mundial de la Salud. El 63,8% de las personas con problemas psicológicos creen que pueden solucionarlo solas y no consideran que su caso sea suficientemente grave como para pedir ayuda psicológica (hasta que lo es).
Desde Psiconervión, una red de centros de psicología sanitaria con un equipo con una amplia experiencia, explican que la salud mental no funciona como un interruptor que pasa de “estar bien” a “estar mal”. Existe un amplio abanico intermedio donde suelen aparecer dudas, conflictos internos o dificultades que no constituyen un trastorno psicológico propiamente dicho, pero afectan nuestra calidad de vida. De hecho, estos psicólogos ayudan a patrones emocionales, mejorar la gestión del malestar y construir herramientas psicológicas más ajustadas a la vida cotidiana.
Tal vez te cueste decir “no” sin sentirte culpable, llevas tiempo sintiéndote vacío por dentro aunque aparentemente todo vaya bien, notas que el estrés está haciendo mella en tu estado de ánimo o descubres que siempre acabas involucrándote en relaciones tóxicas. Nada de eso significa que exista un problema grave, pero son señales que indican que deberías detenerte para comprender qué está ocurriendo y evitar que ese malestar siga creciendo.
Más vale prevenir que curar
Uno de los grandes beneficios de la terapia es que no se limita a aliviar síntomas. También ayuda a comprender los procesos psicológicos que los generan. Detectar la ansiedad, la tristeza, la frustración o el estrés es relativamente fácil, entender su origen y función, así como las formas de pensar o hábitos que los sostienen, es mucho más difícil.
De hecho, si solo nos limitamos a ir a una clase de yoga o a tomarnos unas vacaciones, podemos aliviar la tensión y el estrés momentáneamente, pero es probable que las causas y los patrones aprendidos que lo alimentan sigan en su base.
Estos patrones no siempre son evidentes porque forman parte de nuestra manera habitual de tratarnos y relacionarnos o porque nos los inculcaron cuando éramos pequeños, por lo que resulta difícil identificarlos sin ayuda externa.
Por ejemplo, una persona puede creer que está estresada porque es muy perfeccionista, cuando en realidad quizá haya aprendido desde pequeña que cometer errores suponía perder la aprobación y el cariño de los demás. Otra puede pensar que tiene “mala suerte” en sus relaciones hasta que descubre en la terapia que está repitiendo ciertos patrones emocionales que la empujan a entablar ese tipo de vínculos, aunque le hagan sufrir.
La terapia ofrece un espacio para explorar esas conexiones con calma y observarlas con otra perspectiva. El psicólogo aporta una visión externa que ilumina nuestros puntos ciegos. Por eso, el objetivo no suele ser simplemente sentirse mejor, sino conocerse mejor. Ambos procesos no siempre van de la mano. Al inicio, aceptar ciertos aspectos de uno mismo puede resultar incómodo, pero suele abrir la puerta a cambios más profundos y duraderos.
Aprender habilidades que sirven para la vida
Existe otra idea equivocada sobre la terapia: pensar que solo es útil mientras dura el problema. En realidad, un buen proceso terapéutico no solo ayuda a superar una dificultad puntual, también permite desarrollar habilidades que siguen siendo útiles mucho después de que hayamos dejado la consulta.
A lo largo del proceso terapéutico muchas personas desarrollan una mayor conciencia emocional, comprenden por qué reaccionan de cierta manera y logran reconocer las situaciones que activan determinadas reacciones. Ese nivel de autoconocimiento se convierte en una herramienta que las acompaña en nuevas etapas de la vida y las ayuda a lidiar con diferentes desafíos.
De hecho, la terapia suele proporcionar recursos prácticos que podemos usar en nuestro día a día, desde aprender a poner límites sin sentirnos culpables hasta comunicar con mayor asertividad, gestionar mejor el estrés, tolerar mejor la incertidumbre o afrontar los conflictos interpersonales con más serenidad.
Todas esas competencias mejoran la calidad de vida incluso cuando las cosas marchan bien porque no son estrategias pensadas únicamente para momentos de crisis, sino habilidades para desenvolvernos con más seguridad y equilibrio.
De hecho, muchas personas descubren que el mayor beneficio de la terapia no es únicamente resolver el motivo por el que acudieron a consulta, sino sentirse más preparadas para afrontar lo que venga después. En cierto sentido, la terapia también puede entenderse como una inversión en bienestar a largo plazo.
A fin de cuentas, lo único seguro es que la vida seguirá trayendo cambios, pérdidas, decisiones importantes o periodos de incertidumbre, pero contar con más recursos psicológicos hace que esas experiencias resulten menos desbordantes y más manejables.
Cuidar la salud mental también es una forma de prevención
No deberíamos esperar a encontrarnos completamente desbordados para pedir ayuda. La terapia puede convertirse en un espacio para hacer una pausa, revisar prioridades, comprender patrones que llevamos años repitiendo y desarrollar recursos que nos permitan afrontar con mayor equilibrio los desafíos futuros. No porque algo vaya mal, sino porque seguimos cambiando a lo largo de toda la vida.
Conocernos mejor no eliminará los problemas, pero puede cambiar profundamente la manera en que los afrontamos. Y, en muchas ocasiones, esa diferencia basta para vivir con más libertad, tomar decisiones más coherentes con quienes somos y construir relaciones más saludables con los demás y con nosotros mismos.
Referencias:
Andrade, L. H. et. Al. (2014) Barriers to mental health treatment: results from the WHO World Mental Health surveys. Psychological Medicine; 44(6): 1303-1317.
Wang, P. S. Et. Al. (2007) Delay and failure in treatment seeking after first onset of mental disorders in the World Health Organization’s World Mental Health Survey Initiative. World Psychiatry; 6(3): 177-185.



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