
“Mira cómo me he puesto por tu culpa”.
“Me has arruinado el día”.
“Siempre me haces sentir mal”.
“Me haces perder la paciencia/enfadar”.
Estas frases son el pan nuestro de cada día. Se cuelan en las conversaciones cotidianas sin reparar en su implicación psicológica profunda: externalizan la gestión emocional, atribuyendo a otra persona el origen y la responsabilidad por lo que sentimos.
A este fenómeno lo denomino “tercerización de la gestión emocional”, una tendencia bastante frecuente en las relaciones interpersonales y que tiene un impacto significativo en nuestra vida ya que afecta nuestro bienestar psicológico.
¿Cómo se produce la tercerización de la gestión emocional?
La tercerización es una práctica empresarial cada vez más habitual que consiste en contratar a una empresa o a un profesional externo (llamado “tercero”) para que se encargue de algunas de las actividades, procesos o servicios que antes se realizaban internamente. De esta forma la empresa aligera su carga de trabajo.
En el ámbito emocional se produce un fenómeno similar (muchas veces sin darnos cuenta), a través del cual culpamos al otro por lo que sentimos y esperamos que se encargue de gestionar nuestras emociones, generalmente plegándose a nuestros deseos para “calmarnos” o hacernos sentir mejor.
Por supuesto, todos podemos recurrir a los demás cuando nos sentimos desbordados emocionalmente. Y un estudio realizado en la Universidad de Sídney reveló que también tenemos la tendencia a ofrecer apoyo afectivo cuando notamos que los demás no se encuentran bien, ejerciendo lo que se conoce como regulación emocional extrínseca.
Sin embargo, la tercerización de la gestión emocional es otra cosa y se distingue por:
- Renuncia a la responsabilidad personal. La persona no asume su cuota de responsabilidad en la gestión emocional, sino que la cede a otro.
- Intento de manipulación emocional. Culpa al otro por lo que siente, generalmente con el objetivo de manipularle para que cambie su comportamiento y satisfaga sus necesidades.
Cabe aclarar queen muchas ocasiones ese proceso de tercerización no se produce de manera consciente. O sea, a veces el resultado de un patrón emocional aprendido en etapas tempranas de la vida y en otras ocasiones se debe a una incapacidad para gestionar las propias emociones.
En cualquier caso, así como una empresa no puede externalizar sus procesos si no hay un tercero dispuesto a asumirlos, una persona tampoco puede delegar la gestión de sus emociones si no hay alguien dispuesta a “seguirle el juego”.
Las consecuencias de la tercerización emocional
Externalizar la gestión de las emociones puede tener efectos positivos inmediatos: nos sentimos aliviados porque ubicamos la causa y la solución del malestar fuera de nosotros. Sin embargo, el coste a medio y largo plazo es significativo.
- Reducción de la autonomía emocional
Cuando atribuimos a otros la causa de nuestras emociones, minimizamos nuestra capacidad de regulación. Eso crea una dependencia emocional en la que nuestra estabilidad queda a merced de las acciones o palabras de alguien más. Si nos acostumbramos a ceder el control, es probable que cada vez seamos menos capaces de gestionar nuestras emociones simplemente porque vamos perdiendo esa capacidad.
- Ciclos de conflicto y desgaste relacional
Responsabilizar a otra persona por nuestras emociones suele generar reacciones defensivas que a menudo desencadenan discusiones en torno a la culpabilidad. Por ejemplo, un comentario duro culpando al otro por lo que sentimos puede hacer que esa persona se ponga a la defensiva. Así la situación puede degenerar rápidamente, desembocando en una discusión sobre quién tiene la culpa, en vez de enfocarse en buscar una solución.
- Frustración y resentimiento
La tercerización de la gestión emocional alimenta expectativas poco realistas en las relaciones porque esperamos que la otra persona sepa cómo hacernos sentir bien. Cuando estas expectativas no se cumplen, la frustración se intensifica, la desilusión va sentando casa y la relación se va desluciendo. Si creemos que alguien debería haber actuado de otra forma para evitar nuestro sufrimiento, podemos acabar acumulando mucho resentimiento.
Por último, conviene recordar que las dificultades para modular nuestras emociones están asociadas con problemas como la impulsividad, la ansiedad o una rabia intensa y desproporcionada a la situación, como comprobó un estudio de la Universidad de Singapur.
Y es que al externalizar la gestión emocional, nos enfocamos tanto en lo que el otro hizo o dejó de hacer, que olvidamos que la responsabilidad última de gestionar nuestra respuesta emocional solo recae en nosotros. A la larga, eso nos privará de la posibilidad de desarrollar habilidades de regulación que fortalezcan nuestra resiliencia y bienestar general.
Asumir la responsabilidad de nuestras emociones
Aceptar que nuestras emociones son nuestra responsabilidad – y de nadie más – es el primer paso para desarrollar una adecuada gestión emocional. Eso implica ser conscientes de que, aunque las circunstancias externas influyen en lo que sentimos, somos nosotros, en última instancia, quienes elegimos cómo reaccionar.
- Reconocer el origen interno de las emociones. Antes de atribuir un estado emocional a otra persona, siempre recomiendo preguntarse: “¿Cómo estoy interpretando esta situación?” y “¿Qué pensamientos están contribuyendo a que me sienta así?”. Identificar esos componentes internos nos devuelve el control sobre nuestro estado emocional.
- Aceptar las emociones. La tercerización emocional suele ser el resultado de una incapacidad para aceptar las emociones incómodas. Ese malestar nos empuja a proyectarlo hacia el exterior, esperando que alguien más lo alivie. En cambio, para retomar el control necesitamos aceptar que experimentaremos emociones que no son agradables, pero que así como llegaron, se irán. Debemos aprender a sentirnos relativamente cómodos en la incomodidad.
- Pasar de la tercerización a la corregulación. Las emociones de los demás son contagiosas. De eso no cabe dudas. Pero eso no significa que debamos culparlos por lo que sentimos. Una estrategia más madura consiste en pasar de la tercerización a la corregulación, de manera que podamos encontrar en el otro una ayuda para comprender y gestionar lo que sentimos, sin ceder la responsabilidad por su regulación.
¿Y si alguien pretende culparnos por sus emociones?
En ese caso, conviene detenerse y revisar con honestidad nuestras conductas, valorar si realmente hemos actuado de forma inapropiada y asumir la parte de la responsabilidad que nos corresponde – si es que existe.
Sin embargo, asumir no significa cargar con emociones que no nos pertenecen: cada persona es responsable de cómo interpreta y gestiona lo que le ocurre.
Por eso, además de la reflexión personal, es fundamental establecer límites y dejar claro que podemos hacernos cargo de nuestros actos e intentar reparar el daño, pero que no estamos dispuestos a asumir la regulación emocional de nadie más.
Referencias:
Double, K. S. et. Al. (2024) Regulating others’ emotions: An exploratory study of everyday extrinsic emotion regulation in university students. Personality and Individual Differences; 226: 112687.
Chan, K. et. Al. (2023) Emotion dysregulation and symptoms of anxiety and depression in early adolescence: Bidirectional longitudinal associations and the antecedent role of parent–child attachment. British Journal of Developmental Psychology; 41(3): 291-305.



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