
Cuando la vida nos golpea sin contemplaciones, se reactiva una vieja frase consoladora: “el tiempo lo cura todo”. La escuchamos cuando perdemos a un ser querido, cuando rompemos una relación significativa o cuando sufrimos una profunda decepción. Y a fuerza de escucharla, terminamos repitiéndonosla, con la secreta esperanza de que, tarde o temprano, ese dolor lacerante desaparezca.
Sin embargo, la realidad es mucho más compleja: el tiempo no cura, el tiempo nos permite cambiar para que podamos vivir con esas heridas.
La doble trampa de esperar que el tiempo lo cure todo
La vida está llena de pérdidas irreversibles. La muerte de un familiar o una mascota, una ruptura de pareja traumática, la traición de un amigo en quien confiábamos o incluso la pérdida de un sueño largamente anhelado. Todas esas experiencias dejan huella y marcan nuestra historia vital, por lo que es perfectamente comprensible que nos sintamos abatidos, destrozados o incapaces de seguir adelante.
Sin embargo, la idea de que el tiempo debe curarnos encierra una doble trampa. Por una parte, nos insta a creer que no tenemos que hacer nada más que esperar. Por otra, nos anima a pensar que esa vulnerabilidad es una especie de «error del sistema» que debería desaparecer.
La mala noticia es que esperar pasivamente a que los días pasen no suele bastar para aliviar el sufrimiento. Como ya había explicado anteriormente, el tiempo no cura las heridas, eres tú quien sana a lo largo del tiempo. Si pasamos las jornadas sumidos en la negación, el aislamiento o la autoacusación, lo más probable es que intensifiquemos el dolor y acabemos cayendo en un duelo no elaborado.
Asimismo, pensar que volveremos a ser como antes y que, de alguna forma, «borraremos» lo ocurrido es alimentar una expectativa poco realista. Cuando nos hemos roto por dentro, nos hemos sumido en el dolor o nos han arrebatado algo precioso, no volveremos a ser los mismos de antes. Siempre llevaremos esa cicatriz con nosotros. Y eso no es negativo.
¿Para qué sirve realmente el tiempo?
Básicamente, el paso del tiempo nos permite ir asumiendo una distancia psicológica de lo ocurrido. O sea, nos da el espacio necesario para ir procesando la pérdida y encontrar nuevas formas de coexistir con esa herida y reinventarnos cuando nos falta una parte importante de nosotros. Así logramos integrar el dolor en nuestra narrativa personal. Es entonces cuando se produce el cambio: nos adaptamos y aprendemos a vivir con lo que antes nos paralizaba.
El tiempo nos permite constatar que podemos seguir viviendo, a pesar de esa pérdida. Nos ayuda a recuperar nuestra percepción de autoeficacia y a recomponer los pedazos rotos. Pero la persona resultante ya no será la de antes. Y eso es perfectamente normal.
De hecho, las investigaciones sobre plasticidad cerebral demuestran que nuestro cerebro no borra los recuerdos dolorosos, sino que reconfigura su relevancia emocional. Las conexiones neuronales que antes se activaban con gran intensidad ante ciertos recuerdos comienzan a atenuarse, mientras se van fortaleciendo nuevas conexiones que facilitan la adaptación.
Esto explica por qué, con el paso del tiempo, los recuerdos dolorosos llegan a ser más llevaderos. Esas memorias no desaparecen, simplemente las integramos en nuestra historia vital y aprendemos a funcionar con lo que nos falta.
Aceptar que ciertas heridas emocionales no se «curan» en el sentido más literal del término, sino que nos transforman, nos pone frente a frente con nuestra vulnerabilidad, y ahí reside precisamente su poder transformador. Porque cuando dejamos de luchar para eliminar la cicatriz y aprendemos a convivir con ella, nos volvemos más resilientes.
Finalmente comprendemos que las experiencias vitales no son algo a superar o que debamos dejar atrás sino algo que debemos integrar. Y no es lo mismo, aunque lo parezca.
Ese cambio de perspectiva nos ayuda a ser más pacientes con nosotros mismos, a respetar nuestro ritmo de sanación y a tomar decisiones más conscientes albergando expectativas más realistas. Significa reconocer que el dolor puede acompañarnos durante mucho tiempo, pero no determina nuestra totalidad. Significa comprender que podemos reír, amar, trabajar y crecer, incluso cuando ciertas pérdidas permanecen en lo más hondo de nosotros.
Referencia:
Yoon, S. et. Al. (2017) Recovery from Posttraumatic Stress Requires Dynamic and Sequential Shifts in Amygdalar Connectivities. Neuropsychopharmacology; 42(2): 454-461.



Deja una respuesta