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Wilhelm Reich, psicoanalista: La salud mental es la capacidad de soltar el control, no de mantenerlo

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Persona corriendo libremente
El control excesivo enferma. [Foto libre: Pexels]

Hay quienes viven para controlar. Intentan atar en corto sus emociones, cronometran su agenda, buscan mil confirmaciones antes de tomar una decisión, se anticipan a problemas que no existen e incluso pretenden controlar a quienes los rodean. Estas personas viven con la sensación de que, si sueltan el control, todo se vendrá abajo.

Ni siquiera es culpa suya. Vivimos en una sociedad que enaltece el control y nos lo inculca desde que nacemos. En el colegio, se premia al que se mantiene tranquilo y sigue las normas. En el mundo adulto, la capacidad para “tenerlo todo bajo control” se convierte en sinónimo de éxito. Admiramos a quien no pierde la compostura.

Desde fuera, esas personas parecen responsables y fiables, pero nadie habla del coste invisible de esa exigencia porque, por dentro, suelen estar agotadas. Y es que, según Wilhelm Reich, intentar controlarlo todo acaba haciendo mella en la salud mental. Este psicoanalista sostenía que la estabilidad psicológica no proviene de la capacidad de mantener el control, sino precisamente de la osadía de soltarlo cuando sea necesario.

El control como refugio… y como trampa

El control no es el enemigo a ultranza. De hecho, puede ser una herramienta adaptativa que en ciertas circunstancias nos ayude a organizarnos, tomar decisiones más inteligentes y tolerar mejor la incertidumbre. Creer que podemos ejercer cierto control sobre nuestro entorno para lograr lo que deseamos es esencial para cultivar la autoeficacia y el bienestar.

La percepción de control no solo es deseable, sino que es una necesidad psicológica y biológica que llevamos “impresa” en nuestra red corticoestriatal, como demostró un estudio realizado en la Universidad de Columbia.

El problema surge cuando deja de ser una herramienta y se convierte en una necesidad constante. En ese momento, el control deja de ser adaptativo y se transforma en una fuente de malestar psicológico, aumentando el riesgo de que desarrollemos problemas como el trastorno obsesivo-compulsivo, como constató una investigación de la Universidad de Concordia.

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De hecho, Reich sostenía que los síntomas neuróticos, como el propio trastorno obsesivo-compulsivo, eran un intento inconsciente de controlar un entorno hostil. Los catalogaba como una “coraza caracterológica” (charakterpanzer), refiriéndose a patrones repetitivos de comportamiento, habla y postura corporal que servían como mecanismos de defensa.

Y es que, aunque necesitamos cierto grado de control y autocontrol, la vida es caótica e impredecible por naturaleza, de manera que siempre habrá algo que se nos escape, un imprevisto que no podamos anticipar o una pregunta sin respuesta. Si intentamos compensar la inseguridad aumentando el grado de control, estaremos nadando contracorriente. Y eso, a la larga, nos agotará física y mentalmente.

Como resultado, cuanto más intentamos controlar lo incontrolable, más ansiedad nos causamos. Es un círculo vicioso en el que queremos controlar para sentirnos más seguros, pero cuanto más lo intentamos, más conscientes somos de todo lo que se nos escapa y más angustia experimentamos.

La coraza caracterológica y la necesidad de fluir

Para Reich, el control excesivo era tanto un patrón cognitivo como corporal. De hecho, su concepto de “coraza caracterológica” señalaba el mecanismo que se crea como resultado del conflicto entre las demandas instintivas y el mundo exterior frustrante.

Según este psicoanalista, cuando nos damos cuenta de que debemos reprimir muchas de nuestras emociones, deseos e impulsos, desarrollamos ese mecanismo de protección para controlarnos. Sin embargo, eso nos conduce a la rigidez ya que vivimos en un estado de tensión crónica permanente. A la larga, esa tensión emocional se reflejará tanto en trastornos de salud mental como en enfermedades que afectan el cuerpo.

Por eso, consideraba que es imprescindible aprender a fluir con los acontecimientos. El control nos vuelve rígidos y, por ende, incapaces de adaptarnos a los cambios. Cuanto más gruesa sea la coraza que construimos, más limitará nuestra capacidad para experimentar libremente nuestras emociones y responder de manera adaptativa a la realidad.

En cambio, si somos flexibles y no intentamos controlarlo todo, aprendemos a movernos con la corriente. Obviamente, eso no significa que todo saldrá bien, pero se basa en la confianza de que, pase lo que pase, podremos gestionarlo.

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¿Qué significa, en la práctica, abandonar el control?

Fluir no significa dejarse llevar por la corriente sin criterio alguno, sino recuperar la capacidad de autorregulación natural del organismo conectándonos con nuestras necesidades, deseos e impulsos más íntimos. Reich hablaba de la necesidad de descargar la tensión física acumulada, pero también se refería a “la experiencia emocional de perder el ego”. O sea, permitirnos soltar sin miedo.

No se trata de dejar de planificar o de actuar impulsivamente, sino de hacer espacio para la espontaneidad y la flexibilidad en nuestra vida. Se trata de no intentar cronometrarlo todo y no aferrarnos a una única solución, camino o resultado. Es, en definitiva, abrirnos a la idea de que el mundo puede sorprendernos.

Obviamente, nadie pasa de ser una persona hipercontroladora a alguien flexible de un día para otro, pero puedes ir dando pequeños pasos:

  • Deja de anticipar constantemente escenarios negativos.
  • No intentes tener la última palabra en todas las discusiones.
  • Acepta que también puedes disfrutar de planes “imperfectos”.
  • Asume que no puedes controlar cómo los demás te perciben ni sus reacciones.
  • Permitirte sentir emociones sin analizarlas ni intentar corregirlas inmediatamente.

Son pequeños gestos que van entrenando tu cerebro para que deje ir la necesidad de controlarlo todo para creer que estás bien. Es un pasar del “tengo que controlar esto” al “podré gestionar lo que venga”. Y eso, te da mucha más confianza y tranquilidad que un control ilusorio. Te lo garantizo.

Referencias:

Sandstrom, A. et. Al. (2024) What’s control got to do with it? A systematic review of control beliefs in obsessive-compulsive disorder. Clinical Psychology Review; 107: 102372

Leotti, L. A. et. Al. (2010) Born to choose: the origins and value of the need for control. Trends Cogn Sci; 14(10): 457-463.

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Escrito por Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga Jennifer Delgado Suárez

Psicóloga (No. Colegiada P-03324 por el Colegio de la Psicología de Las Palmas) con más de 20 años de experiencia. Agitadora de neuronas y generadora de cambios. ¿Quieres saber más sobre mí?

Revisado por Yiana M. Delgado

Psicóloga Yiana M. Delgado

Psicóloga, especializada en Salud Mental, Desarrollo Personal y Educación con experiencia en el mundo editorial y audiovisual

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