
Cuando alguien nos hiere, duele. Si nos lastiman, es comprensible que nuestra primera reacción sea querer vengarnos y devolverle a esa persona el dolor que nos ha hecho sentir. En lo más profundo de nuestra mente se activa el antiguo “ojo por ojo y diente por diente”.
Sin embargo, en la inmensa mayoría de los casos, la mejor “venganza” es ser diferente a quién causó el daño. Eso creía Marco Aurelio, eso creo yo y eso confirman las investigaciones psicológicas.
La capacidad de no dejarse arrastrar
En sus “Meditaciones”, Marco Aurelio, fiel exponente de la filosofía estoica, recomendaba otra manera de actuar, más allá de la tradicional venganza.
Decía: “no atacar con críticas las expresiones bárbaras, incorrectas o disonantes, sino tener la habilidad de expresar justamente aquello que debería haberse dicho a modo de respuesta, ratificación, reflexión conjunta o alguna otra insinuación armoniosa, sobre al asunto en sí, no sobre la forma de expresarlo”.
O sea, nos animaba a no dejarnos llevar por las formas y las actitudes de la persona que nos ha dañado porque cuando lo hacemos, le cedemos nuestro poder. Cuando dejamos que alguien nos contagie con sus malas maneras, ira, frustración o egoísmo, nos rebajamos a su nivel.
Y de esa espiral descendente no saldrá nada positivo para nadie.
La venganza: comida para hoy, hambre para mañana
La venganza puede aliviar el sufrimiento momentáneamente, pero suele prolongar el conflicto y aumentar el malestar.
Hace unos años, un grupo de neurocientíficos de la Universidad de Zúrich escaneó el cerebro de personas que habían sido perjudicadas durante un juego de intercambio económico. Habían confiado en sus compañeros de equipo para repartir un bote de dinero y descubrieron que estos habían decidido quedarse con el botín.
Los investigadores les dieron la oportunidad de castigar a los avariciosos y mientras lo hacían, registraban su actividad cerebral. La decisión provocó una oleada de actividad neuronal en el núcleo caudado, una zona del cerebro conocida por procesar las recompensas (la misma que se relaciona con el consumo de sustancias adictivas), lo cual reveló que, efectivamente, la venganza puede ser «dulce».
Sin embargo, un estudio anterior de la Universidad Estatal de Ohio había comprobado que desahogarnos y dar rienda suelta a la venganza en realidad aumenta más la ira y la agresión, por lo que su poder catártico y liberador queda en entredicho.
Todo parece indicar que la venganza nos hace sentir peor a largo plazo. Otro experimento llevado a cabo en la Universidad de Colorado Denver comprobó que somos particularmente inexactos prediciendo cuán bien nos sentiremos después de vengarnos.
En esta ocasión, los investigadores crearon una situación en la que las personas podían ser oportunistas y estafar a los demás. Al final, todos se enteraron del comportamiento egoísta de uno de los compañeros, solo que algunos tuvieron la oportunidad de vengarse y otros no.
Los psicólogos comprobaron que quienes se vengaron reportaron sentirse peor y no se sintieron tan satisfechos como esperaban. De hecho, se sentían incluso peor que quienes no se habían vengado y seguían dándole más vueltas a lo ocurrido. Esa rumiación les impedía poner punto final a lo ocurrido.
Por tanto, elegir otro camino, más sereno, consciente y coherente con nuestros valores, nos devuelve el control que la herida parecía habernos arrebatado. Como apuntaba Francis Bacon: “quien estudia la venganza mantiene abiertas unas heridas que de otro modo sanarían”.
El poder de elegir otro camino
No se trata de negar el dolor ni de fingir que no nos ha afectado. Al contrario, reconocer la herida es el primer paso para sanarla. Pero justo después de ese reconocimiento aparece la elección: ¿quiero convertirme en la copia de quien me dañó o prefiero usar esa experiencia como aliciente para crecer?
El verdadero poder radica en elegir no seguir los pasos de quien nos hirió. Porque cada vez que pagamos con la misma moneda, nos atamos más a esa persona y a su forma de ser. Es como si siguiéramos orbitando alrededor de su sombra, en lugar de caminar hacia nuestra propia luz.
El “ser diferente” que proponía Marco Aurelio no significa ser ingenuo ni dejarse pisotear o poner constantemente la otra mejilla. Significa responder sin rencor, aunque con firmeza. Significa recordar que lo que hacen los demás, habla de ellos, mientras que la manera en que respondemos, habla de nosotros.
La mejor “venganza” es vivir de tal manera que el dolor no nos defina. Que nuestras acciones no sean dictadas por la rabia o la frustración de alguien, sino por la claridad interior. Que en lugar de reproducir la cadena del daño, seamos capaces de interrumpirla. Y ahí sí, como decía Marco Aurelio, ser diferentes a quien nos hirió se convierte en un acto de liberación.
Referencias:
Carlsmith, K. et. Al. (2008) The paradoxical consequences of revenge. Journal of Personality and Social Psychology; 95(6): 1316-1324.
de Quervain, D. J. et. Al. (2004) The neural basis of altruistic punishment. Science; 305(5688): 1254-1258.
Bushman, B. J. (2002) Does Venting Anger Feed or Extinguish the Flame? Catharsis, Rumination, Distraction, Anger, and Aggressive Responding. Personality and Social Psychology Bulletin; 28(6): 724-731.



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